Los lunares negros de las fichas de dominó

Si alguna vez han jugado al dominó entre los resoplidos de señores y señoras mayores, sabrán lo que significa la expresión «efecto dominó». Cuando una de esas pequeñas piezas blancas de lunares negros empuja a la vecina, ya todas tienen que empujarse y caen, irremediablemente, sobre la mesa. Lo que, si nos pusiéramos algo dramáticos, el efecto dominó vendría a decir que un solo acontecimiento independiente podría generar una retahíla de hechos en cadena para desembocar en una auténtica catástrofe. Les contaré una historia. Yo soy el lunar negro de la pieza de dominó y el mundo es el resto de la ficha.

Provengo de un sitio pequeño. Mi tierra, donde todos llevamos la misma sangre porque todos venimos de las mismas raíces, es «un sitio de esos». Da igual dónde; no pienso decirles porque no es relevante. Solo pongan en su cabeza «un sitio de esos» y ante todo piensen que allí existen personas de carne y hueso.

Un sitio de esos que siempre han sido como… ¿Cómo explicarles? ¡Vertederos! Sí, esa es la palabra. Un vertedero de kilómetros de tierra donde los chasis destrozados no son los protagonistas sino que, a simple vista, lo que descubres es lo más rastrero de la bondad, los deshechos de la calidad humana vertida por decisiones políticas de los de la estúpida etiqueta de «países desarrollados». Un sitio de esos, sí.

Yo era una de esas niñas que siempre quiso leer pero del sitio en el que vengo cada vez que una niña tenía este tipo de aspiraciones se formaba un huracán en casa, de esos con nombre de señora mayor, y era castigada con el doble de tareas domésticas que una buena mujer tiene que hacer. Mi padre decía que así se me quitaban los pájaros de la cabeza aunque, a día de hoy me pregunto ¿qué hay de malo en tener algo de alas en la mente?

Aprendí a leer por mi cuenta y a escondidas a la edad de seis años y a la de ocho mi padre y mi tío me descubrieron con un libro sobre la historia de Rosa Parks. Se me quedó una fea cicatriz en la espalda y muchas noches sin dormir. Aun así, no dejé de leer y a los catorce años me fui de casa. Mi madre me dijo que lo hiciera a escondidas de mi padre. Ella se encargaría de crear una coartada. Le pregunté por qué lo hacía y me dijo que ella quiso hacer lo mismo pero a mitad de camino unos hombres del barrio la reconocieron, la violaron y la devolvieron a la casa del abuelo que ya había arreglado el matrimonio con papá.

«El mundo tiene sitios donde hay una cosa que se llama libertad y tu vida vale exactamente lo mismo que la de un hombre. Confío en que tú sí llegarás». « ¿Libertad?», objeté. Hasta ese entonces, nunca antes me había parado a pensar en que la libertad era una opción también para mí como lo era para los personajes de las historietas que había leído.

Y sin más, mi madre me dio una dirección de «un sitio de esos» donde las niñas pueden ir a la escuela y donde podría vivir con mi tía, una mujer viuda y sin más compañía que su planta Margarita. Mamá murió a los dos años de haberme marchado.

Nunca pude volver. Me dijeron que de pena aunque… encontraron sangre en casa. Mi tierra es «un sitio de esos» donde las cosas de casa se quedan en casa y la vida de una mujer, especialmente si es esposa, no genera demasiado interés. Nunca sabré qué ocurrió.

Fui la primera de mi clase y me obsesioné con Estados Unidos. Tenía que llegar a aquel sitio donde eso de la libertad existía y así podía darles voz a todas las niñas de mi tierra que vagaban entre el analfabetismo, la explotación, los matrimonios forzados, la violencia sexual, doméstica y la ablación. Mi profesora me habló de la universidad como «un sitio de esos» dónde te enseñan a cambiar el mundo a tu manera. Yo lo decidí cambiar estudiando Derecho.

No fue fácil llegar a Estados Unidos pero una vez que lo hice no se imaginan la calada de aire fresco que entró por mis pulmones. Me sentía a salvo. Por fin estaba «en un sitio de esos» donde podría ser mujer sin tener que dar explicaciones a nadie. Una mujer en América podía caminar libre; podía decidir libre, podía darle la mano a quien quisiera, fuera hombre o mujer. Podía acceder a lo que quisiera, estudiar lo que quisiera, trabajar en lo que quisiera, llegar a las estrellas… si quisiera. « ¿En serio se obsesionan con el paraíso cuando existe la opción de vivir en libertad?», pensé.

Aunque hoy ya no puedo decir lo mismo. Si volviéramos a las fichas de dominó y esa primera ficha que empuja creando el derrumbe del resto fuera una doble blanca, sin ningún lunar de color, la catástrofe podría sentirse en cualquier rincón del planeta. Si esa primera ficha, la que preside el gobierno más poderoso del mundo es machista, racista, homófoba y tirana, el mundo ha dejado de ser un lugar seguro para cualquiera.

Mis sueños se han marchado. La creencia de la libertad que podría conseguir como mujer en Estados Unidos la he perdido cuando este señor que tengo justo delante, al que he dejado de mirar y ni siquiera ya recuerdo su rostro, me presiona con fuerza el cuello, me viola y… lo dice. No… no puedo respirar porque siento la muerte subiéndome por el pecho cuando me recuerda que nunca he sido una mujer libre ni siquiera en América. Lo susurra con desprecio: «negra de mierda».

*Relato ficticio con perspectiva de género motivado por el movimiento «Black lives matter» generado tras la muerte del ciudadano negro George Floyd asesinado por un policía en Estados Unidos. Las últimas palabras de Floyd antes de morir «No puedo respirar» se han convertido en el lema de movimiento para protestar contra la discriminación racial en distintos países del mundo.

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30 de junio de 2020 - 13:50 h

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