El sueño de un joven Charles Darwin: visitar Canarias

Charles Darwin

María Pérez González

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En el siglo XIX, las islas Canarias ocupaban un lugar privilegiado en la imaginación de los exploradores europeos. Antes de convertirse en el autor de El origen de las especies, Charles Darwin ya soñaba con viajar al archipiélago. Como cuenta el propio Darwin en su Autobiografía, los libros que leía entonces le inspiraron un deseo “ardiente de contribuir, aunque sea humildemente, a la ciencia natural”. Llegó a copiar de ellos “largos pasajes sobre Tenerife”.

Transcurre el año 1828 cuando un joven Charles Darwin pasea por los históricos adoquines de la Universidad de Cambridge. Se había inscrito para estudiar teología y convertirse en clérigo, alentado por la opinión de su padre. Sus intentos de estudiar medicina en la Universidad de Edimburgo habían fracasado. Pronto descubrió que se mareaba al ver la sangre y que no podía soportar el sufrimiento ajeno.

Según el historiador John van Wyhe, “Cambridge era una ciudad tranquila” cuya comunidad universitaria era “exclusivamente masculina”. Rodeada de pantanos y marismas, proporcionaba al futuro científico un laboratorio natural inmediato. Como recuerda Darwin en sus memorias, “no hubo otra afición en Cambridge que despertara tanto interés en mí (…) como recolectar escarabajos”.

Entre sus muros, Darwin estudiaba a los autores clásicos mientras soñaba con mundos inexplorados. Leía las obras del naturalista alemán Alexander von Humboldt, en las que relataba sus viajes a tierras exóticas y que despertaron en él un entusiasmo por los trópicos.

Humboldt había visitado Tenerife en 1799 y describió la isla como un enclave privilegiado para el estudio de la naturaleza, destacando el Teide, la riqueza botánica y la singularidad del paisaje volcánico.

Canarias: el paraíso que despertó su curiosidad

Las islas Canarias se convirtieron en un territorio singular para los exploradores de principios del siglo XIX. Para científicos y naturalistas como Humboldt, Leopold von Buch o Sabin Berthelot, el archipiélago ofrecía un espacio único donde observar la transición entre climas, especies y paisajes, y se presentaba como la puerta de entrada al mundo tropical y el escenario ideal para un viaje hacia lo desconocido.

Durante los años que cursó la carrera, Darwin se sumergió tanto en el bullicio de la vida universitaria como en la exploración intelectual. Por las tardes, daba largos paseos con su fiel amigo, el profesor John Stevens Henslow, conocido por sus innovadoras clases de

botánica, quien alentaba al inexperto naturalista a dar sus primeros pasos.

Junto a él, comenzó a planificar el viaje que siempre había soñado: visitar las islas Canarias.

Así se lo cuenta a su hermana Caroline en una carta del 28 de abril de 1831: «Nunca me sentiré tranquilo hasta ver el pico de Tenerife y el árbol drago (Dracaena draco); las deslumbrantes llanuras arenosas y el silencioso bosque sombrío son lo que más alterna en mi cabeza. Trabajo regularmente en mi español; Erasmus me aconsejó decididamente que dejara el italiano. Me he trazado un esplendor tropical».

Su motivación lo llevó a organizar el viaje por sí mismo. Estaba decidido: pagaría las 20 libras del pasaje y se embarcaría hacia Canarias junto a Henslow.

Sin embargo, sus planes se vieron truncados, ya que su compañero debía quedarse en tierra por compromisos personales.

Lo que parecía un obstáculo se convirtió en una gran oportunidad para Darwin. En una carta remitida por George Peacock, profesor de matemáticas, se solicitaba a Henslow que recomendara a un naturalista para embarcarse en el HMS Beagle durante su travesía alrededor del mundo.

El viaje resultaba más ambicioso que el previsto originalmente, pero aun así cumplía el deseo de Darwin de visitar las islas Canarias, su primera parada.

Hacia Canarias: los primeros días a bordo del ‘Beagle’

La partida del barco, prevista para septiembre, se retrasó hasta el 27 de diciembre de 1831. A pesar de su entusiasmo, las primeras semanas de navegación resultaron agotadoras para Darwin, quien se mareaba con facilidad. 

Extracto de la carta a Robert Waring Darwin del 8 de febrero de 1832: “[…] Nos hicimos a la vela, como usted sabe, el 27 de diciembre. […] En el golfo de Vizcaya nos topamos con una mar crecida y prolongada, y la infelicidad que soporté por el mal de mar llegó mucho más allá de todo lo que esperaba. […] No logré que nada me aliviara más que tenderme en mi hamaca. Debo exceptuar su envío de uvas, pues es la única comida que soporta mi estómago».

El 6 de enero de 1832, el HMS Beagle finalmente atracó en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Para su frustración, las autoridades locales impusieron una cuarentena de 12 días, durante los cuales Darwin tuvo que conformarse con admirar las maravillosas vistas del Teide desde la cubierta. 

Extracto de la carta a Robert Waring Darwin del 8 de febrero de 1832: «Quizá pueda usted imaginar nuestra desilusión cuando un hombrecito pálido nos informó que debíamos mantener una estricta cuarentena de 12 días. Hubo un silencio de muerte en el barco hasta que el capitán gritó: “¡Larguen el foque!” y abandonamos este lugar tan deseado».

Aunque Darwin todavía no lo supiera, aquel primer contacto con las islas marcaba solo el comienzo de un viaje capaz de cambiar el rumbo de su vida y el de la historia de la humanidad.

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