La solidaridad de la Reina Sofía: El turismo de causas sociales de la 'beautiful people'
La democracia universitaria no se agota en el instante de una votación. Reducirla al recuento de sufragios es confundir el mecanismo con el principio, el acto administrativo con la legitimidad de fondo. Además, resucita la oposición de dos formas de entender la democracia: la representativa y la participativa. La primera es la preferida por quienes quieren ejercer el control de poblaciones y, la segunda, por los movimientos sociales y las organizaciones cívicas. Pero la cuestión real es qué mecanismos reales existen para influir en decisiones concretas y si se fomenta deliberación o solo ratificación. Que una candidatura obtenga el respaldo mayoritario del claustro no la dota automáticamente de solidez intelectual ni de coherencia simbólica; la mayoría, en materia académica, no es garantía de verdad ni sucedáneo del debate sustantivo. Conviene recordar, además, un dato elocuente: esta es la única candidatura a honoris causa en la historia reciente de esta universidad que no ha logrado la unanimidad. No es un detalle menor. Es un síntoma.
Parece necesario insistir en lo obvio: las universidades no son oficinas de tramitación de expedientes, sino espacios de deliberación crítica. El procedimiento reglado es condición necesaria, pero no suficiente, para la vida universitaria. Sobre todo, cuando lo que está en juego no es una decisión administrativa ordinaria, sino una declaración identitaria de la institución. El honoris causa no es un premio protocolario ni un gesto de cortesía institucional: es el acto mediante el cual la universidad dice públicamente quiénes son sus referentes, qué trayectorias admira, qué valores encarna. Por eso mismo, el debate público sobre su sentido no puede ser descalificado como «deslealtad» o «ruido mediático». Es, sencillamente, cultura universitaria en ejercicio.
Frente a esto, el rector despliega un argumento de eficacia retórica innegable, pero de consistencia conceptual nula: «incluso los más jóvenes están de acuerdo». Habría que preguntarse: ¿y eso qué prueba? ¿Desde cuándo la juventud es un criterio epistemológico? ¿Qué tipo de razonamiento es aquel que sustituye los argumentos por el censo generacional? Ser joven no es un aval de acierto, del mismo modo que ser mayor no lo es de sabiduría. Ni la juventud ni la mayoría —y mucho menos su combinación— pueden ocupar el lugar que corresponde a las razones.
A esto se añade un problema de representación: la presencia estudiantil en el claustro es, por definición, minoritaria y delegada. Pretender que cuatro representantes —elegidos además en procesos con participación desigual— hablan en nombre de “la gente más joven de la Universidad” es, cuando menos, una generalización abusiva. El estudiantado no es un bloque homogéneo, ni su diversidad interna puede disolverse en un porcentaje de votación. La universidad no es una encuesta.
Todas estas cuestiones —la deriva procedimentalista, el recurso a la mayoría como coartada, la confusión entre popularidad y legitimidad, la reducción del estudiantado a una cifra complaciente— merecen atención. Pero, siendo relevantes, tienen menos calado que el problema de fondo. Porque el rector no solo defiende un procedimiento: defiende un criterio. Y ese criterio —que la solidaridad caritativa de una reina sea mérito suficiente para el máximo reconocimiento académico— es el que exige ser examinado con las herramientas del análisis crítico. A eso dedicaremos las páginas que siguen.
Cuando desde una parte de la Universidad se afirma que la reina Sofía merece el doctorado honoris causa por su “compromiso firme con las personas desfavorecidas, la justicia social, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la cultura, la ciencia o la educación”, y se subraya que la iniciativa parte de la Federación Española de Bancos de Alimentos (FESBAL), está poniendo sobre la mesa exactamente el tipo de solidaridad de los ricos y famosos. Y es que el caso de doña Sofía es, en este sentido, ejemplar: no por lo excepcional de su labor, sino por lo paradigmática que resulta dentro del modelo de solidaridad de la «beautiful people». Nuestros argumentos los expresamos a continuación.
Primero: estamos ante un claro ejemplo de turismo de causas sociales. La reina Sofía lleva quince años vinculada a FESBAL. Quince años. ¿Y qué ha hecho? Aparecer en campañas, dar visibilidad, apoyar con su presencia la recaudación de alimentos. Nada que no haya hecho antes, durante y después con decenas de causas. Su implicación no ha consistido en investigar las causas estructurales del hambre, ni en cuestionar las políticas públicas que perpetúan la pobreza alimentaria, ni en exigir a los poderes económicos y políticos una redistribución justa de la riqueza. Su labor ha sido, fundamentalmente, una labor de presencia, de imagen, de representación. Es decir, exactamente lo que denominamos “turismo de causas sociales”: se visita el territorio del sufrimiento ajeno, se posa junto al necesitado, se activan los resortes emocionales del público y, una vez cumplido el acto, se regresa a la vida ordinaria con la conciencia tranquila y el álbum de fotos lleno de buenas intenciones. La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿qué transformación real ha producido la reina Sofía en la vida de las personas desfavorecidas? ¿Qué estructura de desigualdad ha contribuido a desmantelar? ¿Qué política pública ha impulsado? La respuesta es desoladora: ninguna. Su solidaridad es de paso, no de estancia. Es vertical, no horizontal.
Segundo: su solidaridad es pura «imagen de marca». Que sea FESBAL quien proponga su nombre para el honoris causa no es casual. Las organizaciones necesitan rostros visibles para mantener su financiación y su impacto mediático. La reina Sofía es ese rostro. Pero conviene no confundir los términos: una cosa es que una institución utilice estratégicamente a una figura pública para recaudar fondos, y otra muy distinta es que esa figura pública sea, por esa misma razón, merecedora del máximo reconocimiento académico. Lo que está operando aquí es el repertorio interpretativo de la “solidaridad como imagen de marca”. La reina Sofía no es una trabajadora de los Bancos de Alimentos; es su logotipo viviente. No diseña programas, no evalúa impactos, no rinde cuentas ante las comunidades a las que dice ayudar. Su función es simbólica, no operativa. Y el problema no es que existan figuras simbólicas; el problema es que la universidad confunda ese simbolismo con mérito académico.
Tercero: su discurso despolitiza la pobreza. Una parte de la Universidad habla de «compromiso con las personas desfavorecidas» y con la “justicia social”. Pero ¿dónde está, en la trayectoria de la reina Sofía, el más mínimo gesto de interpelación al poder político o económico? ¿Ha cuestionado alguna vez los recortes en políticas sociales? ¿Ha señalado la responsabilidad de las grandes fortunas en la perpetuación de la desigualdad? ¿Ha reclamado una fiscalidad más justa? No. Y no lo ha hecho porque no es su papel institucional, pero también —y esto es lo relevante— porque el tipo de solidaridad que ella encarna es la que despolitiza la pobreza, la convierte en una cuestión de «buena voluntad» personal y no de derechos ciudadanos vulnerados. Esta es la genealogía liberal del siglo XIX que conocen los historiadores: el pobre es socorrido no porque tenga derecho a una vida digna, sino porque el rico ejerce su benevolencia voluntaria. La reina Sofía es la heredera contemporánea de aquella filantropía victoriana que aliviaba conciencias mientras dejaba intactas las estructuras de privilegio. Su «compromiso con los desfavorecidos» es, en el fondo, un compromiso con que sigan siendo desfavorecidos, siempre que sean desfavorecidos agradecidos.
Cuarto: su yo social es de alta monitorización. No nos interesa juzgar la sinceridad subjetiva de la reina Sofía. Nos interesa analizar su comportamiento público. Y desde la teoría de la alta monitorización del yo, lo que vemos es un patrón clarísimo: su implicación en causas sociales es perfectamente adaptativa a las expectativas de su rol institucional. La reina Sofía hace lo que se espera de una reina madre: aparece donde debe aparecer, sonríe cuando debe sonreír, se apiada cuando debe apiadarse. Su solidaridad está perfectamente calibrada para fortalecer su marca personal y la de la institución monárquica. No hay riesgo en esta solidaridad. No hay incomodidad. No hay denuncia. Es una solidaridad higiénica, inodora, incolora y sin ninguna capacidad de alterar el orden establecido. De hecho, lo refuerza: porque cada vez que la reina Sofía visita un Banco de Alimentos, transmite el mensaje implícito de que el hambre se combate con caridad, no con derechos; con donativos, no con impuestos; con buena voluntad, no con justicia redistributiva.
Quinto: comparar a la reina Sofía con Mandela, Menchú u Ochoa es un insulto a la inteligencia. Cuando en una revista como Vanity Fair se dicen estas cosas, hay que recordar que es una publicación de un grupo editorial de lujo y no una revista del corazón de quiosco popular (como ¡Hola! o Lecturas), sino una cabecera premium asociada históricamente al lujo, la alta costura y la fotografía de autor. De modo que situar a doña Sofía en la misma lista que Nelson Mandela, Rigoberta Menchú o Severo Ochoa, es insultante. Porque Mandela pasó veintisiete años en prisión luchando contra el apartheid; Menchú dedicó su vida a denunciar el genocidio de su pueblo y a construir movimiento indígena; Ochoa ganó un Nobel por sus investigaciones pioneras en bioquímica. ¿Qué han hecho? Producir pensamiento crítico, transformar realidades, poner en riesgo su vida y su prestigio en nombre de la justicia y el conocimiento. La reina Sofía, no. La reina Sofía ha representado a la Corona, ha viajado, ha inaugurado, ha posado. Eso no es mérito académico, ni siquiera es mérito social transformador. Es simplemente el cumplimiento de las funciones propias de su posición privilegiada. Y no, no es lo mismo.
Para concluir: no se puede confundir la solidaridad-espectáculo con el saber. Si la universidad concede un honoris causa por «compromiso con los desfavorecidos», está diciendo dos cosas muy graves: primera, que cualquiera que haga voluntariado o done dinero podría merecerlo; segunda, que la función de la universidad no es reconocer el saber, sino bendecir el poder. La reina Sofía no es doctora por su labor en los Bancos de Alimentos; es candidata a doctora porque su imagen pública, cuidadosamente gestionada durante décadas, ha generado una corriente de simpatía institucional que la universidad confunde con excelencia académica o vaya usted a saber con qué más. Pero la universidad no es un programa de telerrealidad ni un concurso de popularidad. No debería serlo. Y cuando lo es, todos perdemos. Porque lo que está en juego no es si la reina Sofía es una buena persona (no lo sabemos, ni es la cuestión). Lo que está en juego es si la universidad sigue teniendo criterio propio para distinguir entre el prestigio heredado y el prestigio ganado, entre la filantropía de salón y la producción de conocimiento, entre el turismo de causas sociales y la transformación real de las condiciones de desigualdad.
Nuestra respuesta, a la vista de los hechos, es que no. Y ese no es un problema de la reina Sofía: es un problema de la universidad.
*PERSONAL FIRMANTE DE LA UNIVERSIDAD DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
Aarón Suárez Pérez, Adoración Rodríguez Torres, Agustín Darias Marrero, Ana Ruth Vidal Luengo, Ángeles Perera Santana, Antares Pérez de Amézaga Torres, Antonio Becerra Bolaños, Arcadia Martín Pérez, Belén Hidalgo Martín, Claudio Moreno Medina, Cristina Carranza Rodríguez, Cristina Fernández Rodríguez, Cristóbal Mendoza Pérez, Daniel Castillo Hidalgo, Elena Lugli, Germán Santana Pérez, Idalmy González González, Inmaculada Carnal Domínguez, Israel Campos Méndez, Jacob Bentejui Morales Mateos, Javier Luis Santos Álvarez, José Antonio Herrera Valladolid, José Antonio Younis Hernández, José Yeray Rodríguez Quintana, Juan Carlos Martín Quintana, Juan Carlos Navarro Díaz, Juan José Caballero García, Juan Manuel Brito Díaz, Juan Manuel Caballero Suárez, Juan Manuel Santana Pérez, Larisa Pérez Flores, Lorenzo C. Quesada Ruiz, Luis Gutiérrez Sanjuan, M. Koldobike Velasco Vázquez, Manuel Ramírez Sánchez, María Antonia Ojeda Zerpa, María Antonia Torres Arbelo, María de los Ángeles Mateo del Pino, María del Carmen Estévez González, María del Rocío Pérez Solís, María Victoria García Vega, Marta García Cabrera, Mercedes Ángeles Rodríguez Rodríguez, Nayra Pérez Hernández, Nereida Díaz Mederos, Noemí Parra Abaúnza, Oswaldo Guerra Sánchez, Paula Morales Almeida, Pedro Francisco Alemán Ramos, Robert Gomes Santana, Roberto Rendeiro Martín-Cejas, Rocío Jiménez Díaz, Sergio Roque González, Sonia Iruela Padrón, Vicente Javier Díaz García, Víctor Jiménez Barrado, Zaradat Domínguez Galván.
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