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El fantasma de la recesión aumenta la demanda de oro

El conflicto comercial entre Estados Unidos y China, el Brexit, los vaticinios del FMI, las caídas generalizadas en bolsa o la bajada de tipo de interés han coincidido con el alza en el precio del metal

El oro se considera un activo refugio al que suelen acudir los inversores en tiempos de incertidumbre económica: este año alcanzó los 1.557 dólares por onza, una cifra que no se registraba desde 2013

“No se invierte en oro para aspirar a ser rico. El mero hecho de no perder lo invertido y tener el material en la mano, es suficiente. Y siempre es vendible”, afirma Juan José Figueroa, asesor financiero que invierte en el metal precioso

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Lingotes de oro.

Lingotes de oro. EFE.

Doce años después de la crisis económica ya hay voces, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o China, e indicadores, como las caídas generalizadas en bolsas mundiales, que auguran el fantasma de una recesión. Uno de los indicativos es la tendencia alcista del precio del oro, que alcanzó los 1.557 dólares por onza, según datos de la London Bullion Market Association (LBMA), una cifra que no se registraba desde 2013. “La demanda de oro ante la amenaza de una recesión económica se produce cuando hay miedo”, afirma Juan Manuel Hernández, asesor de empresa, fiscal, contable, laboral y seguros que lleva 10 años invirtiendo en este metal precioso.

El oro se considera una inversión segura porque tiene valor en sí mismo, es estable y universalmente válido. Un activo refugio, sobre todo al comprar piezas físicas (ya sean onzas o lingotes), al que se suele recurrir en tiempos de incertidumbre o de crisis. Aunque su precio varía en función de la oferta o la demanda, está fijado por la LBMA y no registra cambios bruscos como otros activos. El oro de inversión está exento de impuestos. 

“No se invierte en oro para aspirar a ser rico. El mero hecho de no perder lo invertido y tener el material en la mano, es suficiente. Y siempre es vendible”, afirma Juan José Figueroa, asesor de empresa, fiscal, contable, laboral y seguros que invierte en el metal precioso.

Ante la incertidumbre internacional actual -el conflicto comercial entre Estados Unidos y China, el Brexit o la bajada de los tipos de interés- los inversores se han refugiado en el oro, según afirma Hilario Martín, quien se dedica a la gestión activa de programas de adquisición y gestión de oro de inversión físico en la empresa Silver Gold Patrimony e Invermoneda.

En 2017, el oro ya experimentó una importante subida, superando los 1.300 dólares por onza, una cifra que repitió en los primeros meses del año 2018, según datos de LBMA. Aunque en ese año descendió a mínimos de 1.200 dólares, después del verano ha aumentado progresivamente hasta rebasar los 1.500 dólares por onza, algo que no se producía desde hace seis años, aunque aún lejos de su máximo histórico (1.923 en 2011).

Una encuesta de la agencia de noticias Reuters concluyó que el precio del oro se situará por encima de los 1.400 dólares la onza al finalizar 2019 y cotizará en 2020 por valores superiores a 1.500 dólares. 

Venezuela, primer país en América Latina en reservas de oro

Detalle del mostrador de una tienda, con distintos artículos de oro. EFE.

“Uno hace un seguimiento de cómo está la política mundial y ve cómo China está comprando muchísimas toneladas de oro. Eso conlleva a la seguridad del mineral y da cierta garantía. Yo no me fío de las acciones ni de los bonos, porque no depende de ti, depende de terceras personas. El oro lo puedes tener en tu caja fuerte y la garantía la tienes tú, te da seguridad”, dice Figueroa.

China es el mayor productor mundial de oro, con más de 450 de toneladas en 2016, lejos de los dos siguientes: Australia (270) y Rusia (250). Estados Unidos cuenta con la mayor reserva de este metal, con 8.133 toneladas. Sin embargo, Rusia es el país que más ha aumentado la compra del material en los últimos años. 

En concreto, en 2018, buscando reducir la dependencia del dólar tras las sanciones de Washington, Moscú aumentó exponencialmente la cantidad de oro en su banco central, y se sitúa como el sexto país con mayores reservas áureas, mientras que en 2015 era el séptimo.

“Todos los bancos centrales tienen una cierta cantidad de oro depositada en sus arcas como un valor patrimonial, para, frente a posibles conflictos y crisis económicas, no perder poder adquisitivo y tener una herramienta potente contra la devaluación de las monedas papel”, explica Martín.

Pero no solo se compra en época de incertidumbre, también se vende. Desde 2007, cuando comenzó la crisis económica, hasta 2015, unas quince toneladas de oro y piedras preciosas salieron de Canarias, con un valor cercano a los 500 millones de euros, según datos de la Cámara de Comercio de Santa Cruz de Tenerife.

Patrón oro

Históricamente, el oro ha sido utilizado como valor de intercambio de bienes y servicios. Pero también fue la pieza central del sistema monetario que imperó en el siglo XIX, el denominado patrón oro, que fijaba el valor de las monedas y billetes en función de una determinada cantidad del metal precioso. De esta manera, el dinero estaba respaldado por oro. 

Los acuerdos de Bretton Woods, después de la II Guerra Mundial, establecieron el dólar como moneda de referencia, pero seguía vigente el patrón oro y ambos valores eran intercambiables: 35 dólares por onza.

Monedas de oro en el fondo del mar.

Monedas de oro en el fondo del mar.



Sin embargo, en 1971, tras la guerra de Vietnam y con la economía estadounidense en déficit, el presidente de el país norteamericano en ese entonces, Richard Nixon, canceló los acuerdos de Bretton Woods, suspendiendo la convertibilidad del dólar al oro y abandonando el sistema vigente desde el siglo anterior. A partir de este momento, el dólar pasaba a ser dinero por decreto de un estado, es decir, sin valor intrínseco y basado en la confianza o la solvencia del país. 

Con este nuevo sistema monetario, al no estar el valor vinculado al oro, los bancos centrales pueden imprimir dinero a voluntad o multiplicar los depósitos de sus clientes mediante créditos; lo que también propicia el riesgo de la devaluación de la moneda y, con ella, las consecuencias de inflación o pérdida de salarios y desencadenar crisis económicas.

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