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¿De Madrid al cielo? Según

Los ministros cantan en Semana Santa “El novio de la muerte” con los legionarios. (EFE).

Pancho Guerra diría que Rajoy es un ser que no puede ser. Pero lo es. Pensábamos, recuerden, que ganaría por goleada las elecciones de 2004 y Zapatero lo dejó en la calle y sin llavín. La rasquera le dio combustible para las casi dos legislaturas de presidencia socialista que siguieron antes de que lograra ganar en 2011. Desde entonces ha llevado al Gobierno a tantas mediocridades que no hay por donde cogerlo. Los ministros cantando en Semana Santa “El novio de la muerte” con los legionarios conduciendo al Cristo crucificado dan la medida de semejante caterva, aún en el caso de que fuera un montaje satírico de La Sexta. Les pega, quiero decir. Encima, la oposición no está en la onda de los cambios estructurales propuestos por los expertos; los que poco o nada insisten, conscientes de que esos cambios no convienen a los intereses que el Gobierno defiende. Así, ya se sabe que el proyecto de Presupuestos 2018 carece de referencias a líneas económicas y abunda en “guiños electoralistas”. Mientras la oposición discute quien la tiene más grande, el centro-derecha ocupa el espacio político en lo que prepara el enlucido de fachada con el cambio generacional. Y llama la atención que se diga de Albert Rivera que no se sabe si está con el Gobierno o es oposición. Pura retórica porque la ambigüedad deja de serlo a poco advirtamos que nada ha propuesto o dicho que afecte a la estructura de poder a la que se aferra Rajoy.

La carajera catalana ha hecho que no se sepa ya si es que Rajoy no las ve venir o si lo suyo es la falta de escrúpulos que ya luciera en la infame campaña contra Zapatero, la que inició en 2004 y con la que continúan todavía hoy algunos peperos que lo culpan de la crisis económica. Como si el ex presidente socialista fuera poderosísimo líder mundial capaz de arrastrar al planeta a un desastre a poco se levante de mala tiempla. Las cosas llegaron a tal absurdo que medios adictos al PP llegaron a acusar a Zapatero de haber pactado con ETA el criminal atentado de Atocha para llegar a La Moncloa sin más afán que vengar desde allí a su abuelo, fusilado por los franquistas en la guerra civil. La venganza sería la reforma de los Estatutos de Autonomía concebida para romper España. No creí entonces, como no lo creo ahora, que el PP tuviera que ver con semejantes dislates atribuibles, eso sí, a seguidores pasados de rosca y a los que desde luego no corrigió ya que por aquellos días el ínclito José Manuel Soria llegó a asegurar que Zapatero planeaba quitarle dinero a los pensionistas para dárselo a los catalanes.

De todos modos, fue Rajoy quien dio pie. Porque a él se debe la perversa interpretación de la promesa de Zapatero de aceptar la reforma del Estatut que saliera del Parlament. Quiso expresar que no obstaculizaría políticamente el proceso, no que por decreto fuera a exonerar al texto catalán de cumplir los requisitos legales exigidos en una democracia constitucional. Aquí jugó el PP con la ignorancia de mucha gente que no acababa de distinguir entre la voluntad que Franco imponía sobre todas las cosas y el funcionamiento democrático.

El Estatut aprobado por el Parlament viajó a Madrid, a las Cortes Españolas, donde Congreso y Senado lo “afeitaron” rigurosamente antes de enviarlo de regreso a Cataluña donde fue aprobado en referéndum. Había cumplido con especial vigilancia todos los requisitos legales pero el PP quería tumbarlo como fuera. A Rajoy le tuvo todo sin cuidado con el barrenillo metido de cargarse la reforma. Ya otras veces me he referido a la campaña pepera de recogida de firmas por toda España contra el Estatut; al recurso que elevó al Tribunal Constitucional (TC) que controlaba; y por fin a la sentencia del TC en 2010, favorable al PP, como estaba cantado, origen reconocido de esta nueva reedición del conflicto; y un hito fundamental del proceso de judicialización de la política que tanto ha contribuido al desprestigio de la Justicia con metástasis en el conjunto de las instituciones del Estado, desde las Cortes al sistema de partidos que ha alcanzado un grado alarmante de obsolescencia. Y Fernando Clavijo orgulloso de que Rajoy sea presidente gracias a CC.

Diría como balance de estos años de predominio del PP que la democracia española ha experimentado un grave retroceso del que no sé si se repondrá. Los dos grandes movimientos de masas últimos, la manifestación del 8-M y que se lanzaran a la calle hasta los pensionistas de la generación del 68, sin olvidar el meneo del 15-M de hace unos años, indican hasta qué punto los partidos, no sólo el PP, dejaron de sintonizar y no responden a las demandas y urgencias de la gente. Ya quedaron fuera de juego los sindicatos y ahora vemos a los partidos abocados a lo mismo. Alarma la frivolidad con que se han abordado esas movilizaciones, como si fueran anecdóticas y agitadas por la oposición. No perciben que el plante de las mujeres apunta a un cambio más que presentido que deja chico a Mayo del 68. Tampoco se ha valorado que los pensionistas no se movilizaran sólo por sus pensiones y que quieran asegurar que sus hijos y nietos tengan las suyas en su día. Sorprende, por otro lado, que se hable de las pensiones sólo en términos de cantidad de dinero, de mínimos vitales, de si permiten o no vivir con dignidad, etcétera, y no se insista en que el sistema español es de carácter contributivo mientras en otros países de nuestro entorno, como les gusta decir, las pensiones son factores, mecanismos de esa redistribución de la riqueza que tanto ofenden a las inclinaciones plutocráticas que llevan al Gobierno a actuar en beneficio de los ricos y poderosos. Sigue sin ponerse sobre la mesa la necesidad de un cambio de filosofía, de concepción, de sentido de la solidaridad.

El núcleo de poder de Madrid

La gravedad de la nueva edición del conflicto catalán deriva del uso que han hecho Rajoy y el PP de tan vieja cuestión por un puñado de votos. Y no parece que Ciudadanos, vencedor de las últimas elecciones autonómicas vaya a aportar salida alguna. La actitud esquinada, que se confunde con firmeza, de Arrimadas, que ganó las elecciones y no intentó siquiera formar Gobierno tendrá, supongo, un coste. Eso por un lado. Por el otro, me cuentan de Barcelona que ya se advierte la presencia de grupos ultras dispuestos a provocar violencia en las calles mientras los secesionistas reiteran las llamadas a los suyos para no caer en la tentación porque también en sus filas los hay de a kilo. Las quejas se dirigen a los medios “españolistas” que ocultan las noticias de esta versión actualizada de las históricas “partidas de la porra” afectas a la “dialéctica de los puños y las pistolas”, mientras recogen las acciones atribuibles al catalanismo. Es complicado y bastante inútil discernir en estas situaciones quien miente y quien exagera: lo seguro es que hay gente jugando con fuego mientras Rajoy no parece preocuparle sino que los vascos del PNV se bajen del burro y dejen de exigirle que suspenda la aplicación del 155 para empezar a hablar de presupuestos. Igualito que los nacionalistas canarios, oye. De momento ya han advertido a los vascos que peligran los 3.000 y pico millones del AVE.

Quizá sea oportuno, a la espera de lo que pueda ocurrir en los próximos días y semanas, abordar el asunto desde otras perspectivas, como puede ser la del notario barcelonés Juan José López Burniol quien a principios de 2010 se decía catalanista no independentista y de quien no sé por donde anda ahora con todo lo ocurrido y la consiguiente radicalización de posturas al extenderse el convencimiento entre una buena porción de catalanes de que con España no hay nada que hacer. Mala cosa.

Este López Burniol es, además de notario, profesor de Derecho Civil catalán en la Autónoma de Barcelona y en la Pompeu Fabra, publicista, ensayista y autor de varios libros entre los que figura el polémico España desde una esquina. En enero de 2010, meses antes de la sentencia del TC, publicó en El País un artículo titulado El problema español que me viene al pelo. Dudo que con la actitud actual de este periódico tengan hoy cabida las opiniones de Burniol.

Burniol arranca del señalamiento de las falacias españolistas y catalanistas con las que tratan las dos partes de justificar sus posturas respectivas. De un lado, dice, el Estado español, unitario y centralista, que no consiguió cuajar cuando era tiempo. Y escribe: “Si no logró en la segunda mitad del siglo XIX implantar la unidad de caja -ahí están las cajas de las Diputaciones vascas y la de Navarra-, ni un Código Civil único -ahí están los derechos forales- no puede desconocer ahora la realidad de unas comunidades con voluntad firme de autogobierno”. En cuanto a Cataluña no es menos terminante al recordar que “no conquistó en el siglo XVII -a diferencia de Portugal- su independencia de España. Consecuentemente no puede pretender hoy actuar como si la hubiera alcanzado”. Estamos, pues, ante dos fracasos sufridos por separado. No tuvo España poder suficiente para imponerse ni los catalanes para conseguir su independencia, como sí lo hizo Portugal. Con una consecuencia: los dos han trasferido al resto de España su impotencia. Considera por último que España y Cataluña han de optar entre el federalismo y la autodeterminación, se detiene después a señalar los beneficios para unos y otros de la separación y se declara partidario de la integración de los ciudadanos en la sociedad y en las culturas española y catalana. Una opción de la que el PP no quiere ni oír hablar.

Con todo el interés de sus opiniones, que seguramente han superado la realidad, lo que me hace traerlo aquí son sus referencia a lo que denomina “núcleo de poder político-financiero-funcionarial-mediático” integrado por “mandarines” asentados en Madrid, que no madrileños. Ve ventajas en que España y Cataluña actúen “de consuno”, lo que a su entender exige la existencia de un solo Estado “pero en modo alguno significa que el núcleo de poder de ese Estado se tenga que concentrar en un solo lugar y en un único grupo de personas. Las fórmulas federales están ahí para quien quiera usarlas”.

Este núcleo de poder asentado en Madrid goza, asegura, de la capacidad expansiva del poder ejecutivo que se extiende a todas las esferas con especial incidencia en dos decisivas: los medios de comunicación públicos y privados y la actividad económica. Ésta segunda, la esfera económica, tiene su pie principal en las antiguas empresas públicas que han sido objeto de privatizaciones muy discutidas y olvidadas con la misma en cuanto dejaron de ser útiles para zaherir a los rivales. Burniol no se priva de caracterizar las privatizaciones: “Una privatización controlada a través de unos mecanismos bien afinados, que no están en los libros, pero que se basan en la colocación en los lugares clave de las personas convenientes”.“Una privatización controlada a través de unos mecanismos bien afinados, que no están en los libros, pero que se basan en la colocación en los lugares clave de las personas convenientes”

Pone Burniol, en fin, varios ejemplos. Como los de Telefónica, Endesa y Repsol; o el BBVA que permitió al “mandarinato” central hacerse con el control de la empresa emblemática del capitalismo vasco. Por estos días, ahora mismo, nos estamos enterando de lo que van a costarnos a los españoles las autopistas de Aznar por las que ya pagamos la tira en expropiaciones. Son, en definitiva, un conjunto de operaciones de gran calado, en las que con demasiada frecuencia se detectan corruptelas que sienten especial preferencia por el PP (o al revés, quién sabe) pues genera siempre alrededor del partido político que soporta al Gobierno una elite política y económica que es la que maneja las riendas del poder real y “la que configura las grandes decisiones que nos afectan a todos”, en palabras de Burniol. Las tan vilipendiadas “puertas giratorias” son indispensables en este tinglado.

Los presupuestos, madre

Al fin llegaron los Presupuestos Generales del Estado para 2018 a las Cortes. Pero no estarán listos para ser aplicados hasta junio si no se producen nuevos retrasos. O sea, que funcionarán apenas medio año con lo que, al decir, apenar surtirán los efectos de dinamización económica que se espera de esta ley considerada la más importante de cada ejercicio.

Problema para que salga adelante es que el Partido Nacionalista Vasco (PNV) no está dispuesto ni siquiera a sentarse a negociar su apoyo a la ley presupuestaria mientras el Gobierno no suspenda la aplicación del artículo 155 de la Constitución y devuelva a Cataluña su autonomía. Es mucho lo que el PNV se juega en el envite pero se siente políticamente obligado por una coherencia mínima que, ya ven, le parece mal a Albert Rivera quien ha arremetido por un lado contra el PSOE y tacha de irresponsable a Pedro Sánchez por bloquear los tales Presupuestos. Y al PNV porque nunca han sido para él gente de fiar, no sé si como vascos o como nacionalistas. Según Rivera, los nacionalistas llevan treinta años chantajeando a los españoles y asegura que Ciudadanos “siempre gobernará con constitucionalistas. No con nacionalistas”. Ya veremos si es verdad.

Rivera trata de echarle un capote a Rajoy. Este necesita sacar adelante los presupuestos y no encuentra el modo de hacer lo que más le gustaría en estos momentos, es decir, suspender la aplicación del 155 pero se encuentra con que tampoco le ha funcionado esta medida extrema, la que no puede aparcar sin que parezca que se la ha envainado. Todo depende de que Cataluña logre formar Gobierno antes de que acabe abril. Rajoy necesita sacar adelante los presupuestos para completar la legislatura. Dentro de un año habrá elecciones autonómicas y municipales y en 2020 tocan las generales circunstancia poco propicias para andar con conduermas de acuerdos.

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