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‘Solo cartas de amor’


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En el Barrio de Los Artesanos o Barrio de San Sebastián (también llamado por algunos el Barrio de La Canela gracias a unos poemas de un trovador de la isla que llamó así a esa parte tan pintoresca de Santa Cruz de La Palma), un hermoso barrio lleno de casas y rincones que aún conservan la gracia y la belleza que en otro tiempo diera tanto que hablar a propios y extraños, hace semanas que suceden cosas extraordinarias. Un hombre ha puesto en el buzón que hay en la puerta de su casa (foto de la izquierda, tomada por María Gómez Melini) un letrero escrito a mano que reza: “Solo cartas de amor”. De su puño y letra. La casa es una antigua mansión que no hace mucho los palmeros conocían como La Casa del Portugués o La casa de los Bordados porque en ella se cisnaba y bordaba al más puro estilo de La Palma. Realces, rechis, puntos perdidos, bodoques y otras filigranas adornaban manteles, juegos de cama, sábanas de cuna y otras prendas del ajuar familiar que salían de las manos de quienes allí trabajaban y que eran exportadas al Caribe, Venezuela y países mediterráneos para cubrir mesas en banquetes y servir en bodas, nacimientos y fiestas de guardar. Un heredero del portugués, el Conde de Velhoco, ha venido a suplir tan románticos quehaceres con una intervención ciudadana que está dando mucho que hablar a los habitantes de esa plácida ciudad.

En un pequeño barrio de una pequeña ciudad de una pequeña isla, alguien ha roto de pronto con la monotonía de sus calles y el sopor invernal de sus ciudadanos con un hecho tan simple y tan fuera del tono diario de usos y costumbres, que a mí, particularmente, se me ha vuelto de revés el corazón. Cuando ya casi nadie escribe cartas, cuando nuestro buzón se llena de papeles con anuncios, facturas y baratijas o con sobres procedentes de bancos, ministerios, gobiernos y cobradores de hacienda, este grito de auxilio o de rechazo a lo que nos explota y martiriza, se convierte en un verdadero canto a la libertad y a los sentimientos.

Es una hermosa historia que llena de sentido las lagunas de romanticismo e inquietud literaria que uno tiene y, lo que es más interesante, me cuentan que no cesan de llegarle cartas al dueño de la casa, lo que demuestra varias cosas igualmente extraordinarias: que hay mucha gente solitaria con ramalazos de melancolía; que seguimos creyendo que el amor es una redención; que las cartas llegan a quien las lee y las hace suyas; y que, aunque nadie nos responda, siempre hay alguien ahí afuera dispuesto a abrazarnos en la oscuridad del anonimato. Yo, por si acaso, llevo semanas escribiéndole una.

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