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Por la puerta grande

Juan Capote

Cuando me levanté de la cama el domingo, medio deprimido ante la expectativa de asistir a dos entierros ese día, leí la noticia de la muerte de José Sosvilla. Eso, incrementado por la información que me iba llegando acerca de las circunstancias que rodearon su fallecimiento, fue la gota que colmó el vaso de mi tristeza. La más grande, la más dolorosa.

Jose era elegante. Mientras que algunos amigos vestían con una camisa, un polo o un jersey y otros íbamos aún peor, él habitualmente lucía chaqueta y muchas veces pañuelo al cuello, mientras caminaba con la rapidez y cadencia de un hombre con físico cerebrotónico. Siempre que te encontraba, siempre, una sonrisa en sus labios era la bienvenida. Aunque vinieras de Tenerife, habiendo estado la semana anterior en La Palma, él te recibía como si llegaras después de pasar cuatro meses en China. Y si el encuentro había sido en una fiesta, tú eras consciente de que no muy lejos andaban unas pequeñas maracas, las cuales manejaba con destreza en cuanto aquello subía de calor. Y no era difícil hallarlo en todo tipo de saraos, invariablemente de buen rollo y a veces marcando la diferencia. Como cuando se vestía de niña de Las Dominicas y se identificaba con en nombre de su propia hermana. Ya pronto, en su época de estudiante universitario, destacó como notable carnavalero al participar en los números de las sufragistas o la boda de Lady Di. El de colegiala solía ser un disfraz para los viernes de carnaval, cuando los niños de las escuelas salían en el desfile caracterizados por la Calle Real. Uno de esos días Concha Mendoza y yo lo cogimos de cada mano y, como otros padres cualesquiera, metimos a nuestra dulce dominica en medio de la caravana y así paseamos un buen rato.

Jose era tierno cuando hacía falta, sobre todo ante el sufrimiento de sus amigos, pero no tenía fronteras cuando se trataba del lúdico quehacer. Al enterarse que durante un verano el equipo de la pintura, liderado por el maestro Quico, se iba para Alemania a escuchar a Jorge Perdigón, en aquella época primer tenor de la Ópera de Frankfurt, se apuntó enseguida. En el heterogéneo grupo había personas de edad con las que Sosvi se mostraban muy atento, pero su dedicación no impidió que el recordado tenor palmero Juanera le pusiera por nombre Mr. Tibia, en relación a la delgadez de su cuerpo.

Sosvilla fue algo más que un abogado al que le gustaba el tenderete, afición que afectaba al resto de nosotros, dicho sea de paso. Cuando yo era muy joven, a punto de entrar en la Universidad, pude ver en una de aquellas televisiones en blanco y negro, con solo dos canales, un programa en el que a todos los entrevistados se le hacía la misma pregunta: ¿Para usted que es la felicidad? Como no podía ser de otra manera, las respuestas fueron variadas y yo las seguí con interés, hasta que le llegó el turno a una líder existencialista francesa. “La felicidad es ver una sonrisa en la boca de las personas a quien quiero”, dijo. Esa frase se ha quedado en mí para siempre y ahora tomo conciencia de lo bien que retrataba a nuestro amigo. No solo disfrutaba con las sonrisas de sus amigos. Además, intentaba provocarlas. Una forma inteligente de buscar la dicha.

Jose tenía tan impregnada la elegancia que la llevó hasta sus últimas consecuencias. Cuando el as de espadas empezó a dañarle muy seriamente, coincidiendo con la Navidad, nos lo ocultó para no fastidiarnos las fiestas. Estábamos convencidos de que era una neumonía lo que estaba padeciendo, algo mucho menos insidioso de lo que creíamos en principio. Un mal menor, pensábamos, y al saberse lo que realmente tenía, llamó al grupo de La Sabatina para reconocerlo y decirle que lo iba a rebasar. Realmente tuvimos plena conciencia de lo inevitable solo un día antes. Jose Sosvilla salió de esta vida por la puerta grande, a hombros de su propio coraje.

Adiós amigo Sosvi. En este mundanal ruedo te añoramos los huérfanos de tu sonrisa.

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