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El silencio

Las calles ya no nos pertenecen, los ruidos se alejan, los aullidos y las voces se alejan, desaparecen. Y nos asomamos a nuestra calle, a las ventanas de nuestra casa, a los pasillos de nuestros vecinos, y nada. Nada. Silencio.

Se coloca sobre nosotros como una losa. Se extiende por las calles y entra por nuestras ventanas. No tiene forma alguna. Es sólo eso: silencio. Un silencio absoluto que llena las calles por donde nadie transita; que penetra en nuestra casa y llega hasta nuestras habitaciones y se sienta en nuestro mejor sillón, se acomoda en él y desde él maneja los hilos de nuestra cabeza. ¡Ay nuestra cabeza tan acostumbrada a ruidos, voces, gritos, y tonos agrios! Nuestra pobre cabeza que ha crecido con ellos y a ellos les ha añadido comentarios inútiles, inútiles parrafadas venidas de cualquier lugar, adoptadas y disculpadas creyendo que eso es lo natural, lo que debe suceder. Hasta que un día, por causas que nadie espera, por razones que nadie comprende o no sabe comprender, llega la alarma, el bramido más fuerte de esta selva nuestra, y entonces nos dicen que callemos, que nos ocultemos, que salgamos de las calles que han sido nuestras. Y todo se desvanece. Las calles ya no nos pertenecen, los ruidos se alejan, los aullidos y las voces se alejan, desaparecen. Y nos asomamos a nuestra calle, a las ventanas de nuestra casa, a los pasillos de nuestros vecinos, y nada. Nada. Silencio.

Imagino que la muerte debe ser así de callada. Un silencio perfecto que nos proporciona el descanso necesario. La vida parece ser todo lo contrario, un montón de ruidos por todas partes. Pienso que nacemos con la voz muy alta, que lo primero que escuchamos son voces, miles de sonidos confusos que nos llegan de los cuatro puntos cardinales de nuestra madre y de aquellos que lloran y ríen a su alrededor. Imagino que nadie nos ha educado en el valor del silencio y ahora nos pilla desnudos de esa información. Nunca nos educaron para estar callados. Al contrario, nos educaron en el grito, en la vociferada palabra que cargamos contra los otros y por eso la mayoría de los seres humanos tienen la voz muy alta. Deduzco que para hacerse oír en sus opiniones, sus derechos, sus quejas y peticiones. Pero, ¿y el silencio? ¿Quién nos explicó que era bueno para pensar, para soñar, para pasar por la vida con la serenidad necesaria para hacer la vida más agradable, la nuestra incluida?

Me temo que es tarde para instalarse en un espacio donde reine el silencio. Nadie sabe manejarse en él. Crea un raro sentimiento de vacío. Mi hija pequeña sale a la calle a hacer la compra y vuelve entristecida. “Da miedo” me dice. Las calles solitarias, en silencio. Nadie en la calle, nadie en el mutismo de portales y ventanas cuando ella vuelve. Y me pregunto si no habré sabido explicarle bien las ventajas de la soledad, de la seguridad de pensar y no levantar la voz más que lo necesario para expresar amor. Me pregunto si nos han obligado a gritar para no escuchar a los demás. Me pregunto si nos habrán inculcado ese miedo a oír nuestro corazón o el corazón de los otros cuando sólo sonríen o miran con afecto a nuestro paso sin necesidad de pronunciar una sola sílaba. A veces desearía enseñarle el valor del silencio compartido con el otro, uno de los mejores alcances de la inteligencia humana: hablarnos con un gesto o con el leve movimiento de nuestros brazos.

Por eso hoy, siguiendo el ritmo de los acontecimientos, quisiera hacer una apología del silencio que hoy recorre nuestras calles y nos obliga a querernos un poco mejor gracias a él. 

Elsa López

6º día de confinamiento

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