El Trastero
En el trastero guardamos aquellos objetos, enseres, historias, recuerdos y hasta armazones vitales que nos gustaría conservar para un improbable futuro, aunque momentáneamente se hayan vuelto inútiles, un estorbo, una carga demasiado gravosa por incomprensible, complicada o frustrante. En un primer momento los atesoramos, como hormiguitas el grano, casi amorosamente, a la espera ilusionada de que un día se nos ofrezcan de nuevo a la vista y a la vida, renovados, imprescindibles, necesarios, en una existencia que estúpidamente sentimos a ratos infinita. En el trastero, bajo llave y a buen recaudo, permanecen sepultados bajo mil capas de pensamientos y sentimientos, sin impedirnos soñar, alegrarnos, respirar, caminar.
Durante una etapa los recordamos cotidianos, vívidos. Allí están, localizables en caso de necesidad, resguardados del polvo del tiempo, nos decimos conformistas. Presentes en el desván de una casa, en el altillo de una habitación, en un recodo del alma, en nuestro amnésico cerebro. En nuestro pensamiento nos habitan, huellas ardorosas de nuestro deambular, hasta que con el transcurrir del tiempo se desdibujan, nos vamos acostumbrando a su ausencia, se corrompen y amarillean, hasta marchitarse definitivos. Y aun siendo conscientes de la trayectoria finita de los objetos, de su viaje imparable hacia el mundo de lo inservible, los seguimos trayendo a casa para alojarlos provisionalísimos en un recoveco del corazón.
Pero a ese trastero regresamos un día, armados de plumeros barredores de polvo y de pretéritos, desacostumbrados ya a lo antiguamente querido, para decidir con la mirada fría de un experto anciano taxidermista qué mantener en silenciosa custodia y qué desechar para el basurero del olvido, certificando así su asfixiante esencia caduca. Lo antaño provisional se trastoca por fin en verdadero peso muerto.
En el trastero se agolpa y aborbotona, rebelde a ratos, la vida apresada, paralizada. Pugna por salir al viento e iluminarse bajo la luz del sol todo lo que un día existió, lo que nunca fue ni pudo ser, y lo que fue apenas letra pequeña en un contrato ilegible. Los mismos retazos de vida que se remansarán luego plácidos, mansamente, hasta difuminarse igual que ceniza en el aire impasible de las horas.
mvacsen@hotmail.com
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