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La Sagrada Família, el templo que deslumbra al mundo pero divide desde siempre a los barceloneses

La basílica Sagrada Família, vista desde uno de los miradores de Barcelona, antes de quedar coronada con la cruz de la Torre de Jesús

Pau Rodríguez

Barcelona —
9 de junio de 2026 21:41 h

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Cuando la Sagrada Família era apenas una cripta y un ábside entre solares, sin ninguna de las torres que hoy la proyectan al cielo de Barcelona, el poeta Joan Maragall –abuelo del exalcalde Pasqual– se desvivía para conseguir financiación para las obras. Amigo y admirador de Antoni Gaudí, predecía con sarcasmo el día que el arquitecto saldría a la calle a pedir limosna ante la caída de donativos de la burguesía local.

“He aquí que ahora la obra del templo va a quedar paralizada”, se lamentaba en 1905. “¿No sentís correr por vuestras venas el terror de los presentimientos? ¿O es que no la sabíais, esa solidaridad? No la sabíais, no. Vuestra solidaridad está todavía con el templete y con el palacete y con toda la idealidad mezquina, y con toda piedad pequeña”, regañaba el escritor a unos lectores a los que afeaba falta de ambición. 

Tras 144 años en construcción, y a falta de una década para su prevista culminación, el Templo Expiatorio de la Sagrada Família sigue sin seducir a todos los barceloneses. Los debates arquitectónicos que han rodeado la obra, su complicado encaje urbanístico en la malla del Eixample o la actual masificación turística condicionan la relación de la basílica, admirada en todo el mundo, con los habitantes de la ciudad. 

De los 4,8 millones de visitantes que recibió en 2025, cifra que sigue al alza, el 10,8% eran españoles. Para acercarlo a sus vecinos, la Junta Constructora del Templo Expiatorio de la Sagrada Família cuenta con distintas jornadas de puertas abiertas, programas sociales para visitantes vulnerables y misas sin entrada –con aforo limitado–. También este 2026 ofrece entradas al 50% a los barceloneses. 

Pero la Encuesta anual de la Percepción del Turismo en Barcelona evidencia cómo muchos viven de espaldas a este icono global que es ya el edificio religioso más alto del mundo (172,5 metros con la terminada Torre de Jesús). El 17% de los barceloneses declara evitar directamente la zona debido al exceso de turistas (en 2023 ascendía al 27%). 

“La Sagrada Família genera controversia, es cierto. ¿Pero hay algo en esta ciudad, tan dada al debate, que no la genere?”, se pregunta Maria Buhigas, arquitecta jefa del Ayuntamiento de Barcelona Para esta urbanista, la basílica, que coincide en que suscita opiniones de todo tipo, representa “las contradicciones contemporáneas”. 

Una de ellas es el alzamiento, en pleno siglo XXI y con una sociedad cada vez menos creyente, del mayor monumento religioso de la ciudad. La otra tiene que ver con el turismo y sus consecuencias: quienes viven más cerca de la obra de Gaudí son los que más la sufren. 

Vecinos reparten folletos contra la masificación turística frente a la Sagrada Família, en 2019

Marga Majem vive y trabaja cerca de la Sagrada Família desde hace casi 25 años. Sus torres puntiagudas –se prevén 18– y las grúas que las rodean forman parte de su paisaje más cercano cuando cada día se dirige al Hospital de Sant Pau, otra joya del modernismo, donde ejerce como oncóloga. Y aun así, nunca ha entrado en el recinto. 

“Esta vez traté de coger entradas a mitad de precio para ir antes de Semana Santa, pero en catalán y a los horarios a los que podemos ir los trabajadores, por la tarde, ya estaba lleno”, se lamenta. 

Marjem describe como “distante” su relación con el templo. “Cuando mis hijos eran pequeños íbamos a bendecir la palma, o a la feria de Santa Llúcia, pero entiendo que debido a los turistas genere animadversión en algunos barceloneses”, reflexiona esta vecina, afectada estos días por los cortes de tráfico y los controles de acceso al vecindario. 

Con todo, reconoce que el magnetismo que desprende el que es ya un icono global todavía arrastra a los vecinos de vez en cuando. Por ejemplo, la noche en que encendieron por primera vez la estrella que corona la torre de la Virgen María. “Fue muy bonito, estábamos esperando. Se veía desde casa, pero al final bajamos y participamos”. 

Como escribía Maragall, la controversia acompaña a la Sagrada Família casi desde sus inicios. Aunque Mireia Freixa, catedrática del Departamento de Historia del Arte de la Universitat de Barcelona (UB), autora de libros sobre Gaudí, opina que sigue imponiéndose la admiración. “Creo que los barceloneses siempre han estado orgullosos del modernismo, como rasgo diferencial de la ciudad”, argumenta. 

Esta académica viaja hasta los inicios de la obra para distinguir entre dos fases. “La primera es la de la creación como Templo Expiatorio, muy del siglo XIX, de pecadores y sacrificios. La segunda, a partir de 1905, con la irrupción del noucentisme, es cuando la Sagrada Família se convierte en la catedral de Barcelona”, expone Freixa. 

La historiadora reivindica el templo como “símbolo de catalanidad” durante la dictadura de Primo de Rivera y el franquismo. Cuando ella era una niña, antes de la muerte de Franco, explica que participaba en recaudaciones públicas, por la calle, para la construcción del templo. “¡Íbamos por toda la ciudad y la gente daba dinero!”, rememora. 

Con donaciones como esas se sufragó la fachada de la Pasión. Pero este modelo forma ya parte del pasado. Los 134,5 millones que ingresó la Junta en 2025 procedían en un 97% de las entradas de los visitantes. La mitad, aproximadamente, se destina a la construcción, y el resto a la gestión. 4,5 millones se reservan para su fondo de acción social. 

Una de las imágenes más icónicas de los Juegos Olímpicos de Barcelona '92, tomada desde las piscinas Bernat Picornell. De fondo, la ciudad y la Sagrada Família

Ningún debate ha sido tan encendido en torno a la Sagrada Família como el arquitectónico. Muerto en 1926, ahora hace cien años, Gaudí legó una obra monumental por acabar. Algunos planos y materiales fueron arrasados durante la Guerra Civil

La Junta siguió adelante con las obras, como era voluntad del arquitecto. Pero en 1965 se desató la polémica con una carta de reconocidos arquitectos, artistas e intelectuales que se oponían radicalmente a su continuación. La consideraban desfasada a nivel social y urbanístico, y rechazaban la idea de proseguir con los trabajos de un artista fallecido. 

Entre los firmantes del manifiesto estaban Le Corbusier, Josep Antoni Coderch, Oriol Bohigas, Joan Miró, Antoni Tàpies, Antoni de Moragas (entonces decano del Colegio de Arquitectos), Ricardo Bofill, David Mackay, Jaime Gil de Biedma o Joan Brossa. Algunos, como Òscar Tusquets, se retractaron con el paso de los años. 

El caso más llamativo fue el del escultor Josep Maria Subirachs, que respaldó la carta y años después recibió el encargo de la decoración escultórica de la fachada de la Pasión del templo. En 1990, mientras plasmaba sus figuras expresionistas en la catedral del modernismo, tuvo que enfrentarse a algunas protestas ciudadanas en el exterior.

Aquella disputa, sin embargo, ha llegado muy debilitada hasta hoy. Cierto es que en 2016 el concejal de Arquitectura del Ayuntamiento, Daniel Mòdol (independiente por el PSC), se ensañó al tacharla de “mona de Pasqua”, “pseudoobra de Gaudí” y “gran farsa que arrastramos desde hace tiempo”. Pero ni siquiera con esas palabras se reabrió el debate.

“Está claro que lo que se hace no es la obra de Gaudí como tal, sino una derivada, pero el debate sobre su finalización ha quedado superado por la dinámica de construcción”, concluye Buhigas. Freixa es algo más contundente a la hora de quitar hierro al asunto. “Aquello nos afectó a cuatro chalados. A la gente de la calle le dio igual”.

Fiel a su historia, la Sagrada Família, encajonada actualmente en la retícula del Eixample, no quedará culminada sin desatar un último conflicto, en este caso urbanístico. Gaudí proyectó en la fachada de la Glòria, que da a la calle Mallorca, una monumental escalinata que de acceso a la basílica. Prevista la afectación en el Plan General Metropolitano, para hacerlo realidad habrá que derribar varias fincas e indemnizar a cientos de vecinos, entre los que hay que plantan batalla. 

La Junta Constructora, el Ayuntamiento de Barcelona y las asociaciones de vecinos hace meses que trabajan con discreción en esta nueva fase de la obra. Un capítulo que todo el mundo da por hecho que se abrirá nada más despedir el Papa León XIV.

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