El día más importante del año (y nadie tiene el día libre)
25 de marzo. Abres el teléfono. Nada. Ninguna notificación. Ningún emoji de ángel. Ningún trending topic.
El mundo lleva semanas enloquecido por si tal famoso se divorcia, por si tal político miente, como si fuera novedad, y por si el aguacate sube de precio. Mientras tanto, hoy ocurrió, o más bien, hoy ocurrió hace dos mil años, que en términos teológicos es prácticamente lo mismo, el acontecimiento más radical de la historia del universo conocido y desconocido, y Twitter no ha dicho absolutamente nada.
Esto, señores, es lo que los filósofos llaman una paradoja. Y lo que yo llamo un escándalo de proporciones cósmicas.
El error de Belén (con todo el respeto a los pastores)
Permítanme empezar con una herejía menor, de esas que no queman en hoguera, pero sí irritan en cenas familiares:
La Navidad está sobrevalorada.
Esto no lo digo yo. Lo dice, con más elegancia, la teología católica de siempre. Belén es el estreno. La premiere, el acto público con cohortes angélicas y estrella incluida. Muy bonito todo. Muy fotogénico. Perfecto para tarjetas y para que las marcas te vendan cosas desde octubre.
Pero hoy, 25 de marzo, ocurrió algo incomparablemente más gordo: Dios entró en el mundo sin que nadie se enterara.
Sin fanfarria. Sin cobertura mediática. Sin rueda de prensa. En el vientre de una muchacha judía de una aldea que ni siquiera salía en los mapas importantes. Si hubiera habido periodistas, habrían ido a cubrir otra cosa. Si hubiera habido algoritmos, habrían ignorado la historia por falta de engagement.
El Verbo eterno, por el que fueron hechas todas las cosas, optó por comenzar su existencia humana de la misma forma en que la mayoría de nosotros empezamos la nuestra: completamente invisible, completamente dependiente, y sin la menor capacidad de escribir un hilo explicativo en redes sociales. La ironía es perfecta. Casi sospechosamente perfecta.
Nueve meses. Biología.
El 25 de marzo más el embarazo humano estándar da como resultado el 25 de diciembre. Esto no es numerología new age ni código Da Vinci. Es aritmética básica y afirmación teológica brutal: La Encarnación fue real. Con náuseas matutinas y todo.
El cristianismo es la única religión del mundo que se toma en serio la biología de su propio fundador. Buda apareció iluminado bajo un árbol. Mahoma recibió revelaciones en una cueva. Los dioses griegos surgían ya adultos, ya armados, ya esculturales. Solo el Dios cristiano tuvo el atrevimiento, o la locura, según se mire, de pasar por el primer trimestre.
Esto escandaliza a los gnósticos, molesta a los demasiado espirituales, y tiene a los materialistas sin argumentos, porque resulta que el materialismo más extremo del universo lo inventó la Iglesia Católica: Dios se hizo materia. No energía cósmica. No vibración universal. No metáfora poética para gente sensible. Carne. Huesos. Dentición de leche.
El mismo día muere. Y aquí empieza el vértigo.
Ahora viene la parte que pone nerviosos a los que prefieren la religión decorativa. La tradición antigua, esa que estudiaban los que pensaban de verdad antes de que pensar se volviera opcional, consideraba que el 25 de marzo también fue el día de la muerte de Cristo. Alfa y Omega. Principio y fin. El mismo día en que Dios entra en el mundo es el mismo día en que el mundo intenta, sin éxito notable, quitárselo de encima.
Si esto fuera una novela, los críticos literarios dirían que la estructura es demasiado perfecta. Demasiado circular. Demasiado deliberada. Tienen razón. Lo es. Lo cual dice algo sobre quién escribió la historia.
El escándalo supremo: Dios pidió permiso
Y aquí llegamos al corazón del asunto. Al punto que hace que el cristianismo sea o la cosa más verdadera que existe, o la más absurda. Sin término medio. Sin posición cómoda para agnósticos de salón. María podía haber dicho que no. Mediten esto. No durante cinco segundos mientras esperan que cargue el siguiente vídeo. Piénselo durante cinco minutos.
El Dios omnipotente, creador del tiempo y del espacio, de los quarks y de las galaxias en espiral, de la fotosíntesis y del jazz, se presentó ante una adolescente de Nazaret y esperó su respuesta. No la programó. No la manipuló. No actualizó sus parámetros de respuesta para garantizar el resultado deseado. Esperó. Como espera cualquier persona que pide algo importante a alguien que importa.
Esto destruye por completo la imagen del Dios tirano que tanto gusta a los ateos de catálogo y a los creyentes mediocres por igual. El Dios del 25 de marzo no es el jefe que da órdenes. Es, si me permiten la imagen, el enamorado que llama al timbre sin saber si le van a abrir la puerta. Y ella abrió. Sin garantías. Sin manual de instrucciones. Sin saber exactamente en qué se estaba metiendo. Con un ángel delante que, siendo ángel, tampoco debía de ser exactamente tranquilizador.
Tolkien lo sabía. Y usted probablemente también, aunque no lo recuerde.
Tolkien era católico de los de verdad, de los que van a misa los martes sin que nadie los vea, y construyó su mitología entera sobre esta intuición: el mundo no se salva mediante el poder que aplasta, sino mediante la decisión pequeña que persevera. Frodo no derrota a Sauron. Frodo solo acepta el camino. Sam solo sigue a Frodo. Y eso basta. María no reorganiza el cosmos. María solo dice sí. Y eso basta.
Hay algo en el alma humana, incluso en la de los que juran no tener alma, que reconoce este patrón como verdadero. Las mejores historias que hemos contado desde que somos humanos tienen esta forma. No el héroe invencible que arrasa con todo. Sino la persona ordinaria que, en el momento decisivo, elige bien, aunque tiemble. Si eso es propaganda religiosa, es la propaganda con mejor instinto narrativo de la historia.
Por qué lo ignoramos (y lo que eso dice de nosotros)
Seré directo, y me parece un buen modelo a seguir: ignoramos el 25 de marzo porque nos resulta incómodo. La Navidad es fácil. Tiene luces, tiene niño bonito, tiene emoción garantizada y no exige nada. La Pascua también es manejable: hay victoria, hay triunfo, hay final feliz que justifica el sufrimiento previo. Pero hoy no hay nada de eso. Hoy hay una habitación, una muchacha, una pregunta y un silencio que duró lo suficiente como para que el peso del universo lo notara. Hoy es el día de la incertidumbre radical. Del riesgo sin red. De la decisión irreversible tomada sin ver el resultado. Hoy es, en otras palabras, exactamente el tipo de situación que nuestra época ha decidido hacer todo lo posible por evitar. Vivimos en el tiempo del me lo pienso, del ya veremos, del depende de cómo me sienta. Un mundo que ha convertido la no-decisión en virtud cardinal no puede celebrar el día en que una decisión partió la historia en dos. Y por eso, naturalmente, lo ignoramos.
Conclusión (o más bien: el problema que le dejo a usted)
Dentro de nueve meses será Navidad. El mundo entero lo celebrará. Habrá villancicos en los supermercados desde octubre, polémicas sobre si el Papa dijo algo raro, y esa conversación familiar sobre qué poner de segundo plato que siempre termina igual. Todo eso tiene su origen aquí. En este día. En ese sí. Si la Encarnación es verdad, y si lo es, es la verdad más grande que existe, entonces hoy es más importante que Navidad, que Pascua, que cualquier aniversario político o cultural que figure en su calendario.
Y si no es verdad, entonces es la ficción más bien construida que ha producido la imaginación humana, y merece al menos el mismo respeto intelectual que dedicamos a otras ficciones fundacionales. En cualquier caso: ignorarla porque no tiene hashtag oficial me parece, con todo el respeto del mundo, una forma particularmente triste de perderse algo. Hoy no es un día bonito. Es el día en que alguien apostó todo sin ver las cartas. Y ganó. O ganamos. Depende de cómo usted responda a la misma pregunta.
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