La agonía de Seri, separada de su hija por llegar tarde a la patera

Seri, la mujer de Costa de Marfil que fue separada de su hija al subir a la patera

Efe / Eloy Vera


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Seri tuvo la mala suerte de llegar a la neumática cuando ya no cabía nadie más dentro. Minutos antes su hija, de 15 años, y su sobrina habían conseguido subir a la embarcación. Desde la orilla vio cómo el mar de África la separaba de su hija y más tarde cómo las trabas de Europa le impedían verla, a pesar de vivir a escasos kilómetros una de la otra. 

Durante casi dos meses acudió cada día a la playa de El Aaiún, en el Sahara, a la espera de una neumática que le permitiera continuar el viaje que inició tres años antes en su país, Costa de Marfil, y, sobre todo, reencontrarse con su hija en Europa.

La mujer, de 34 años, se ganaba la vida como peluquera en la capital, Abiyán, hasta que empezó a escuchar a la familia de su marido hablar de la necesidad de practicar la mutilación genital femenina a la niña. La práctica quedó ilegalizada en 1998 en el país, aunque sigue realizándose en la clandestinidad.

“Fui víctima de la mutilación genital femenina, salí del país para proteger a mi hija porque la mutilación me había provocado muchos problemas de salud”, cuenta a Efe en una plaza de Puerto del Rosario, en Fuerteventura.

Cansada de no poder convencer a nadie, decidió huir junto a su hija, su hijo pequeño, de nueve años, y su sobrina de 16. “Me fui sin decir nada a nadie, la mutilación genital allí es una exigencia, una tradición muy arraigada tanto en mi familia como en la familia paterna de la niña”, asegura.

De Costa de Marfil a Casablanca fue el trayecto que realizó Seri Llegó a Marruecos con la idea de buscar trabajo y empezar una nueva vida en el país, pero no fue posible. 

Cuando se le pregunta por Marruecos suspira, luego cuenta que “fue muy duro, tenía que pedir para poder comer. Hice lo imposible por proteger a mis hijos”. En busca de oportunidades fue recorriendo Marruecos: Casablanca, Agadir hasta llegar a El Aaiún.

Hasta su puerto se acercaba para pedir pescado a los pescadores que cada día llegaban a la orilla después de faenar, también para solicitarles trabajo, pero “como tengo un problema de movilidad en una mano me dijeron que no podía trabajar”, explica.

Un día, un pescador le escuchó y le habló de la posibilidad de coger una embarcación que le acercara a Europa a través de la frontera canaria. Sin otra opción, decidió hacer el viaje junto a su familia.

Primero subieron a la neumática su hija y su sobrina. Ella se quedó rezagada junto a su hijo. Cuando intentaron subir, el capitán les dijo que ya no había más hueco y arrancó.

“Había varios barcos y también muchas personas, pero quien tiene más fuerza entra primero; las dos niñas entraron y yo me quedé cogida de la mano de mi hijo, pero cuando pude acercarme ya estaba lleno”, cuenta.

Estuvo cinco días esperando noticias de su hija. Durante todo ese tiempo se quedó al lado del mar rezando. “Estaba desesperada, sin poder comer y rezando a la orilla del mar a Dios para que mi hija llegara a puerto”, recuerda.

Así, hasta que consiguió el número de teléfono de Helena Maleno de la ONG Caminando Fronteras y pudo contactar con ella, poco después vio en las redes sociales que había llegado una patera a Fuerteventura con dos menores y que coincidía con la fecha en la que había salido. 

Seri siguió yendo cada día a la playa a la espera de una patera que la trajera a Canarias hasta que en octubre logró subirse a una junto a su hijo. El mar les arrastró hasta Lanzarote donde manifestó que tenía una hija menor de edad que había llegado dos meses antes a Fuerteventura.

Días después, la trasladaron a un recurso de acogida para mujeres, gestionado por Cruz Roja en Fuerteventura. Una semana más tarde, pudo visitar a su hija en el centro, “me sentí muy contenta de verla y muy agradecida por haber cuidado de mi hija”, manifiesta.

Con las dos pisando el mismo territorio, empezaba el procedimiento para determinar la filiación, un proceso que suele alargarse en el tiempo ocasionando la angustia y el sufrimiento de padres e hijos y la frustración de las ONG que trabajan con inmigrantes.

En el caso de Seri y su hija no hacía falta someterlas a las pruebas de ADN. La mujer pudo aportar toda la documentación necesaria: los pasaportes de las dos y la partida de nacimiento de la niña, aun así, no se han podido librar de los meses de espera.

Mientras esperaba por los documentos, Seri pudo seguir visitando a su hija en el centro de menores hasta que un día la dirección del recurso suspendió las visitas.

“Un día fui a verla y me dijo que había tenido problemas en el centro, un chico entró en la habitación por la noche e intentó abusar de ella”, explica y añade “cuando me lo explicó me sentí muy afectada”. 

Después de aquella situación, a la niña la han cambiado de centro, pero no han reanudado el régimen de visitas. Madre e hija se ven por videollamada, aunque la cobertura, a veces, no se pone de su parte y se quedan sin poder oírse y verse las caras.

Las dos se sienten mal, asegura Seri. Su hija se encuentra triste por no poder estar con su hermano pequeño y este ha dejado de comer porque también la añora, 

Seri asegura sentirse muy cansada, para evitar que su hijo la vea llorar se esconde en la ducha, “vinimos a Europa porque queríamos estar en un país donde se respetan los derechos de las personas y se protege de la mutilación, ahora, mi hija está protegida de la mutilación, pero a la vez nos están haciendo mucho daño emocional”.

A Seri le hablan de que para poder estar de nuevo con su hija hay que pasar un procedimiento, pero nadie le habla de tiempos, “parece que no hay sentimientos en las personas que están llevando este retraso”, lamenta. 

A mediados de noviembre, el Defensor del Pueblo visitó el recurso de acogida para mujeres que gestiona Cruz Roja en Fuerteventura. Allí, Seri le contó su historia y las ganas que tenía de volver a estar con su hija. 

El pasado 15 de diciembre la mujer envió una carta al Defensor del Pueblo en la que pedía que mediara para recuperar el régimen de visitas en el centro de menores y poder reunirse cuanto antes en la casa de acogida de Cruz Roja. El Defensor ya ha comenzado a mover ficha.

Desde la Dirección General de Protección a la Infancia y la Familia han apuntado a Efe que las visitas a los centros se han restringido debido al aumento de casos de covid-19. Aun así, han informado que la reagrupación familiar se llevará a cabo en breve pues ya han mandado a validar el pasaporte de la niña mientras que Cruz Roja también trabaja ya con la documentación de la madre.

Espera que alguien la escuche y pueda volver a juntarse pronto con su hija y comenzar un futuro en Europa. Quiere que sus hijos vayan al colegio, se formen y lleguen a tener una profesión, a ella le gustaría recuperar su oficio de peluquera, aunque su deseo más inmediato es recuperar la tutela de su hija.

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