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La doctrina Begin: una vieja excusa de Israel para justificar el ataque a Irán

El futuro primer ministro israelí Menahem Begin (centro), en el desierto del Sinaí en 1967, flanqueado por los generales de división Ariel Sharon (izquierda) —que también fue primer ministro posteriormente— y Avraham Yoffe.

Albert Junyent Cebrián (Descifrando la Guerra)

9 de marzo de 2026 22:02 h

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Pese a ser ampliamente conocido que Israel posee armamento nuclear, uno de los vectores de su política regional ha sido la doctrina Begin, centrada en evitar el desarrollo de programas nucleares por parte de países vecinos a los que considere hostiles.

El caso más reciente es el de la República Islámica de Irán. Tel Aviv ha acusado a Teherán de desarrollar armamento nuclear y ha utilizado reiteradamente esta acusación para emprender acciones militares, como asesinatos selectivos de científicos, sabotajes o la guerra que estalló el 28 de febrero de 2026 y en la que también participa Estados Unidos.

No obstante, la doctrina Begin parece ir más allá del propio programa nuclear iraní y funcionar también como una excusa para lograr la rendición o la derrota total de la República Islámica, con el objetivo de consolidar el papel hegemónico israelí en Oriente Medio con apoyo estadounidense. Es decir, la guerra no gira únicamente en torno al programa nuclear, sino a una lógica de poder y competición estratégica.

En cualquier caso, la historia de la doctrina Begin ofrece otros dos precedentes –en Irak y Siria– que ilustran lo que constituye una política de Estado israelí de carácter extraoficial.

Israel y la operación Ópera en Irak

Todo empezó en junio de 1981. Mediante un acuerdo bilateral con Francia, el gobierno del recientemente ascendido al poder Saddam Hussein había obtenido un reactor nuclear, llamado Osirak. Ubicado en el centro de investigación nuclear de Al Tuwaitha, pocos kilómetros al sudeste de Bagdad, en las instalaciones trabajaban conjuntamente científicos iraquíes y franceses. También Italia, aunque en menor medida, brindó cierta cooperación técnica. 

Tal y como cabe esperar de esta amplia y pública colaboración europea, el programa nuclear iraquí y las operaciones del reactor Osirak tenían fines pacíficos y se encontraban oficialmente bajo supervisión del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA). Bagdad también había firmado en 1968 –y ratificado en 1969– el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). 

El visto bueno occidental al desarrollo nuclear iraquí supuso más una preocupación que un alivio para Israel, que no se podía permitir tan estrecha cooperación entre Europa y una potencia regional rival como Irak en una materia tan sensible. Tel Aviv urgió a Washington para que detuviera la venta del reactor francés Osirak, pero sin éxito.

La diplomacia francesa calmó a su contraparte estadounidense asegurando, tal y como revelaría un telegrama secreto publicado años después, que se habían adoptado medidas preventivas, de las cuales los iraquíes no estaban informados, para que fuera imposible la consecución de armamento nuclear con el material enviado. 

La información –tanto oficial como extraoficial– que aseguraba la finalidad pacífica de la infraestructura nuclear iraquí no fue suficiente para evitar el ataque israelí. El 7 de junio de 1981, con aviones de combate F-15 y F-16 de fabricación estadounidense, la Fuerza Aérea Israelí (FAI) atacó la instalación nuclear de Al Tuwaitha, causando la muerte de 10 científicos iraquíes y un técnico francés. Israel trató de minimizar las bajas occidentales realizando el ataque en domingo, sin percatarse de que, al encontrarse en un país islámico, los franceses también tenían su día de descanso semanal el viernes.

El mensaje que transmitió Tel Aviv fue inequívoco: no haría distinción entre fines pacíficos y militares, y cualquier intento de desarrollo nuclear en la región, independientemente de su propósito declarado, tendría que enfrentarse a una respuesta preventiva contundente

La conocida como operación Ópera, de gran dificultad operativa, marcó el nacimiento de la doctrina Begin, llamada así por el primer ministro israelí Menachem Begin, bajo cuyo gobierno se ejecutó el ataque. Este contribuyó de forma decisiva a su reelección pocas semanas después. El contexto en que se manifestó por primera vez la doctrina Begin –que, aunque nunca fue formalmente codificada en el marco político-jurídico del Estado israelí, ha sido una constante en su política exterior– resulta especialmente revelador de su naturaleza.

El programa nuclear iraquí, aún poco desarrollado y con fines oficialmente pacíficos, se hallaba bajo estrecha supervisión de actores occidentales. El mensaje que transmitió Tel Aviv fue inequívoco: no haría distinción entre fines pacíficos y militares, y cualquier intento de desarrollo nuclear en la región, independientemente de su propósito declarado, tendría que enfrentarse a una respuesta preventiva contundente. 

La narrativa oficial israelí del momento, como otros muchos de los aspectos de esta operación Ópera –la forma en que esta contribuyó al cierre de filas en torno al primer ministro de turno, el uso de operaciones aéreas de largo recorrido, etcétera– remite inevitablemente a las hostilidades entre Israel e Irán de junio de 2025 y a las de 2026. Y es que el Estado hebreo se justificó alegando que, pese a su fachada exterior, el reactor Osirak estaba diseñado para el desarrollo de una bomba nuclear a la cual apenas le quedaban unos meses para entrar en su fase activa. 

Lo que no guarda paralelismos con la crisis actual son las reacciones internacionales a la operación Ópera. Tanto Francia como Estados Unidos condenaron oficialmente la acción. Incluso las autoridades estadounidenses suspendieron brevemente el envío de F-16 a Israel.

La indignación internacional también se hizo sentir en un comunicado de la OIEA y en la resolución 487 (1981) del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, aprobada por unanimidad, que condenaba enérgicamente el ataque y pedía a Israel que se abstuviese “en el futuro de cometer actos de esa clase o amenazar con cometerlos”.

La eficacia de la operación fue tácticamente óptima, pero estratégicamente dudosa. Y es que, ciertamente, el reactor Osirak quedó completamente inoperable, pero la voluntad del gobierno iraquí de desarrollar su programa nuclear permaneció intacta. En años posteriores, el régimen baazista trató de desarrollar infraestructura nuclear, pero esta vez en secreto e incluyendo planes para la elaboración de bombas nucleares.

Si estos planes no prosperaron fue por la coyuntura político-histórica del Estado iraquí, enzarzado primero en la guerra contra Irán (1980-1988) y, más tarde, en las dos Guerras del Golfo, que llevarían finalmente a su caída.

El primer ministro israelí, Ehud Olmert, y su ministro de Defensa, Amir Peretz, se reúnen con la cúpula del Ejército en plena guerra del Líbano en 2006

La operación Huerto en Siria

Pasarían casi 30 años para la segunda gran manifestación de la doctrina Begin. La Operación Huerto –también conocida como Orchard o Outside the Box en inglés– se produjo el 6 de septiembre de 2007 en la Siria de Bashar al-Asad, previamente al inicio de la guerra civil. En este caso, el reactor nuclear atacado se llamaba Al-Kibar, ubicado en una infraestructura nuclear cerca del río Éufrates, en la región de Deir Ezzor al noreste de Siria. Ocho aviones F-15 y F-16, operados por la FAI, sellaron su suerte.  

El contexto del ataque fue sustancialmente distinto. El gobierno sirio, probablemente influido por el destino del reactor nuclear iraquí de Osirak, optó por desarrollar su programa nuclear en secreto. La estrecha colaboración de Corea del Norte en la construcción y posible puesta en marcha del reactor, revelada por informes de inteligencia estadounidenses en 2008, contribuyó a la decisión de mantener encubierto el avance de estas capacidades nucleares. 

El gobierno sirio, probablemente influido por el destino del reactor nuclear iraquí de Osirak, optó por desarrollar su programa nuclear en secreto

La aplicación de la doctrina Begin también varió. Ehud Olmert, primer ministro israelí del momento, que ya había pedido, sin éxito, al presidente estadounidense George W. Bush que atacara la infraestructura, optó por no reclamar la autoría del ataque. Israel acababa de salir, no especialmente victorioso, de la Segunda Guerra de Líbano, consistente en una incursión en el país del cedro a la que Hizbulá había resistido e incluso salido reforzado, mejorando su imagen en el mundo árabe. 

Tel Aviv no necesitaba, por tanto, otro frente de guerra. Lo que sí necesitaba urgentemente —y más después del trauma vivido en 2003, cuando el coronel libio Muamar Gadafi reveló que había estado forjando en secreto un programa de armamento nuclear— era abordar la proliferación nuclear en su país vecino. 

Acertadamente, el oficialismo israelí calculó que, si no reclamaba la autoría, Siria, al tratarse de un programa nuclear secreto, tampoco alzaría la voz. Así fue, y en parte también por no mostrar debilidad militar, Damasco no protestó. La cuestión no se llevó al Consejo de Seguridad, ni se tomaron represalias; simplemente se construyó encima del lugar del ataque, y la República Árabe Siria siempre negó cualquier tipo de colaboración con Corea del Norte en materia nuclear. 

Este silencio sepulcral no fue impedimento para que, ya entonces, se interpretara el ataque como un aviso dirigido a Irán. Esta lectura se intensificó años después, cuando en 2018 Israel reconoció formalmente su autoría, movido por el objetivo de presionar a sus aliados para que adoptaran una postura más dura en las negociaciones nucleares con Teherán.

El gobierno israelí no dudó en recurrir al miedo como herramienta de disuasión, recordando que la región de Deir Ezzor —donde se encontraba el reactor bombardeado de Al-Kibar— cayó posteriormente en manos del Estado Islámico.

La aplicación de la doctrina Begin al caso iraní

Durante los últimos años se ha especulado mucho sobre la posible aplicación de la doctrina Begin al programa nuclear iraní. El caso persa presenta una situación paradigmática para Israel, ya que es el más peligroso —esto es, el más avanzado— desde su perspectiva y, a su vez, el más difícil de atacar. 

Parte de esta dificultad proviene de la lejanía. Los ataques aéreos israelíes sobre Irán, tanto en 2025 como ahora en 2026, han constituido la segunda operación de mayor alcance de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF, por sus siglas en inglés), solo por detrás de la Operación Pata de Palo, que golpeó la sede de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) establecida en Túnez en 1985.

Este factor geográfico tiene un añadido consistente en la necesidad de sobrevolar el espacio aéreo de terceros países. Sin embargo, ha quedado demostrado que, en el contexto político-militar regional actual, esta circunstancia no supone grandes problemas para la FAI. 

Otra parte de las dificultades proviene del conocimiento que el régimen iraní acumula después de más de cuatro décadas de aplicación de la doctrina Begin. Los aprendizajes de las operaciones Ópera y Huerto llevaron a las autoridades iraníes a tomar medidas como esparcir su infraestructura nuclear a lo largo de su territorio para dificultar y mitigar los daños de un ataque. Esto ha obligado a las IDF a atacar diferentes infraestructuras de forma simultánea.

Adicionalmente, se aprovechó la abrupta orografía del país persa y las instalaciones nucleares se construyeron a varios metros bajo tierra, para evitar así los posibles daños derivados de los ataques aéreos israelíes. Ejemplo de ello es la instalación nuclear de Fordow, construida a decenas de metros bajo la superficie.

Los aprendizajes de las operaciones Ópera y Huerto llevaron a las autoridades iraníes a tomar medidas como esparcir su infraestructura nuclear a lo largo de su territorio para dificultar y mitigar los daños de un ataque

Pese a que hemos repasado las operaciones de mayor envergadura de la doctrina Begin, hay que apuntar también que no todo se resume en tres grandes ofensivas aéreas. Ya desde los años anteriores a la operación Ópera –cuando varios científicos nucleares iraquíes fueron misteriosamente asesinados– son varias las operaciones de inteligencia israelíes, de autoría más o menos confirmada según el caso concreto, que han tratado de torpedear los programas nucleares de terceros países. 

El programa nuclear de Irán, debido precisamente a la dificultad —finalmente sorteada— de llevar a cabo un ataque aéreo, ha sido víctima reiterada de este tipo de operaciones. Así, fue en 2010 cuando se detectó una sofisticada ciberarma llamada Stuxnet en las instalaciones nucleares de Natanz. 

Integrantes de la Media Luna Roja actúan en las calles de Teherán tras un bombardeo

El virus, considerado en su momento un salto cualitativo en la guerra cibernética, tenía un objetivo claro: sabotear la planta nuclear. Y lo logró. Tomó el control de 983 centrifugadoras y las reprogramó para que se autodestruyeran. Según informes posteriores, por el nivel de sofisticación y los recursos técnicos y financieros empleados, el ataque solo pudo haber sido obra de un Estado. O de dos: varias fuentes coincidieron en que fue una operación conjunta entre Israel y Estados Unidos. 

Más allá del ámbito cibernético, las operaciones también han tenido como objetivo la integridad física de los científicos nucleares iraníes. Un ejemplo –entre los varios disponibles– bastante sonado fue el caso de Mohsen Fajrizadeh, importante figura del programa nuclear de Irán, que fue emboscado y asesinado en el año 2020. 

Por otro lado, durante estos años, la red de infraestructura nuclear iraní registró varias explosiones sospechosas. Este fue el caso cuando, en una fecha tan reciente como 2023, unos drones cuadricópteros oficiosamente atribuidos a Israel atacaron un complejo militar cerca de Isfahán.

A menudo, este tipo de ataques no solo endurecen la voluntad del Estado afectado de alcanzar armamento nuclear, sino que además incrementan el secretismo en torno a sus programas

Así, y teniendo en mente que la Guerra de los 12 Días y la actual contienda han supuesto un enorme salto cualitativo, la doctrina Begin lleva siendo aplicada a Irán durante muchos años. Sin embargo, si algo está claro de esta doctrina, tal y como reconoce el propio Instituto Nacional de Estudios de Seguridad de Tel Aviv, y como es particularmente visible en el caso de Irak, es que las operaciones que la conforman solo tienen capacidad de dilatar el proceso. 

La destrucción deliberada de capacidades nucleares puede, por un lado, retrasar el avance técnico del régimen atacado; pero, por otro, reforzar su determinación de continuar con el desarrollo nuclear en el futuro. A menudo, este tipo de ataques no solo endurecen la voluntad del Estado afectado de alcanzar armamento nuclear, sino que además incrementan el secretismo en torno a sus programas. 

Esa ha sido precisamente la deriva observada en Irán. Israel, plenamente consciente de este patrón, parece entender que la aplicación más eficaz y definitiva de la doctrina Begin no pasa únicamente por destruir infraestructuras, sino por provocar la caída, rendición, capitulación o cambio de régimen del actor político capaz de impulsar de forma sostenida un programa nuclear. En el contexto actual, ese actor es la República Islámica de Irán, y la cuestión nuclear vuelve a emplearse como justificación para el ataque.

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