¿Cuántos blancos quedan por venir?
Después de soñar con lobos, mientras fumaba su cachimba, el jefe Diez Osos, preguntó a Dunbar cuántos hombres blancos quedan por venir. Dunbar agachó la cabeza y sus ojos se extraviaron imaginando la cantidad de imbéciles que en los organismos de turismo promocionaban las Islas Canarias con postales de paraísos imposibles ocultando una realidad de hacinamiento y colonización. Pensó en los aeropuertos a rebosar de turistas colonos dispuestos a emborracharse con la camisa por fuera y a comprar alguna parcela en la reserva. El jefe preguntó para dimensionar el colonialismo que sufrían y calcular la cuota soportable de colonos para no desaparecer como pueblo. Dunbar, que ya se sentía uno más de la tribu, aunque no lo era, bajó la cabeza sin saber cómo no asustar y deprimir al anciano. Su silencio auguraba un futuro incierto y peligroso para el estilo de vida y el bienestar físico y mental de las comunidades originarias.
En la reserva nadie se explicaba por qué todo el mundo quería venir a vivir a las islas sin praderas. La promoción no agotaba toda la respuesta, las guerras solo una parte, quizás la facilidad que los gobernantes y las leyes otorgaban a las rentas más altas del hombre blanco para invertir se aproximaba a una respuesta más fidedigna. Quizás porque muchos de los fondos europeos que se concedieron a mansalva a finales de los 90 y principio de los 2000 se gastaron en cemento sobre suelos costeros, agrícolas y patrimoniales recalificados. Eran buenas respuestas, qué duda cabe, pero debía haber una razón más poderosa para semejante barbaridad en la afluencia y en los asentamientos de guiris. Porque ya no son turistas, sino asentamientos de colonos que se apropian y resignifican el espacio, desplazándonos y entristeciéndonos. Resultaba claro que el turismo es una consecuencia del colonialismo clásico…“ hace veinticinco años, la actividad dominante que daba forma a la cultura mundial era el movimiento de capital institucional y de turistas a las regiones más remotas, y la preparación de la periferia para la llegada de éstos; por supuesto, como continuación de trescientos años de preliminares por parte de exploradores, soldados, misioneros y antropólogos” (McCannel, 2017).
Diez Osos consideró que para tener una idea más cabal de la envergadura del problema deberían indagar con encuestas. Así que dijo: ¡Dunbar! acércate a los hoteles y pizzerías, y pregúntale al primer italiano que veas, y también al primer alemán, inglés, español, o sudamericano, ¿asunto de qué se vienen a vivir aquí? Pregúntales también si no les da reparo el deterioro físico y sociocultural que causan. Dunbar le contestó que no portaban armas, solo tarjetas de plástico fino, que ya no estaban solo en hoteles, que están por todos lados, y que tenía dudas sobre su carácter colonial. Entonces, Diez Osos le soltó la siguiente cita de memoria: “(…) un debate sobre el neocolonialismo nos permite pensar en términos de la existencia de varios colonialismos, en oposición a una forma única y omniabarcante, y explorar las diversas e innumerables formas en las que se expresa el poder en un mundo a las que se les da el calificativo de ”postcolonial“ (Nicholas Thomas, 1974, en Salazar N. 2006). Por lo tanto… y largó otra cita: ”La ocupación turística se hace evidente en las reconfiguraciones centro periferia que siguen dominando la geopolítica del turismo en la actualidad y que dependen de rutas, flujos y lugares coloniales: lo que hace que el turismo sea en sí mismo una herencia colonial“ (Ojeda, D. 2023). No hay más que hablar. ¿Oíste?, pregunta también en la oficina de gestión de la Reserva Aborigen si están de acuerdo con nuestras preocupaciones. Dunbar, rápidamente, dijo que le extrañaría mucho. Que el gobierno canario de la Reserva Guanche está alquilado por quienes solo piensan en amasar dinero con los guiris. Tenemos pocos aliados en las altas esferas, de ellos no podemos esperar nada bueno. Todo lo contrario. Hacen lo posible por colonizarnos aún más si cabe, facilitan la entrada de cientos de miles de europeos que dejan de ser turistas y se convierten en colono-residentes. 500.000 en los últimos 25 años. Promueven proyectos ilegales, dinero para las aerolíneas y entrada masiva de barcos gigantescos. Para ellos y para la UE somos su periferia vacacional, una periferia del ocio y del placer donde se consume mano de obra y territorios baratos, donde solo les servimos para acumular fortunas desposeyéndonos de lo nuestro (Harvey, D.); en definitiva, que han convertido nuestra casa en un NO lugar que diría Marc Augé (2000). Lugares modulares, todos iguales y anónimos donde nadie conoce a nadie. Franquiciados.
El jefe, mosqueado, ordenó poner una pancarta de advertencia en el Roque más alto. Ya, repuso Dunbar, pero nos acusarán de destrozo medioambiental. El principal destrozo es el de ellos, contestó Diez, Las pancartas al viento son biodegradables, el cemento y el capital no.
A ver, prosiguió, resúmeme la conclusión de las encuestas. Pues lo que parece más evidente es que abrir las regiones como lugares que merecen ser visitados sugiere que son excelentes para vivir en ellas, y trabajar en ellas (Lash y Urry, 1998), es decir, que la economía turística actúa como atracción de visitantes, colonos, asalariados pobres que trabajan para ellos, especulación inmobiliaria, mafias de todo tipo, hacinamiento, infinidad caballos de hierro, etc., o sea; la raíz del problema está en los gestores de la reserva aborigen. ¿Pues qué hacemos? Preguntó Diez Osos, visiblemente envenenado. Dunbar, eludiendo el rostro por miedo a su reacción, dijo que hay que ver de qué manera limitamos y decrecemos en turistas y alojamientos, no permitirles que invadan nuestras tiendas de dormir, y limitar la residencia a todos los blancos a partir de ahora. El cómo, ahí está la cuestión, no es fácil, pero deberíamos consensuar que así no podemos seguir viviendo, ni nosotros ni nuestros descendientes. Hay que protestar en la oficina de la reserva, luego ir a Washington, aumentar el consenso y ampararnos en el artículo 349 del Tratado de las Regiones Ultraperiféricas, exigir competencias para que no acampe más nadie en nuestra reserva. Y, aun así, remató Dunbar, no creo que con eso alcancemos: los hombres blancos llegarán en cantidades «como las estrellas en el cielo» y la única forma de espantarlos es prepararse para combatir. Sacar las pinturas de guerra, afilar algunas flechas y tensar los arcos. ¡Pues venga, vamos! clamó Diez Osos. Sí, pero hay un problema, masculló Dunbar, el problema es la comida, ya no hay búfalos que cazar, el hombre blanco nos los vende congelado. Para la guerra solo tenemos un poco de gofio.
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