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Belén María, anatomía de un asesinato

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Por si alguien cree que el escoramiento de muchos jueces hacia la extrema derecha y los poderosos es algo nuevo, les voy a contar una historia del verano del 80. En aquellos tiempos, la sociedad entera luchaba mucho, muchísimo, el activo y unido movimiento obrero canario no dejaba pasar una. La transición no había concluido. Las grandes navieras, Pinillos, Boluda, Contenemar, etcétera, decidieron que el muelle era de ellos y querían privatizarlo. Se aliaron con el Gobierno Civil y la Policía para amedrentar a la clase obrera y destruir la Organización de Trabajos Portuarios (OTP), una organización autónoma de trabajadores que gestionaba los muelles, y despedir a toda la plantilla para contratarlos de uno en uno. En sus locales nos criamos muchos hijos e hijas de estibadores.

Allí, en el sindicato del muelle de La Luz y de Las Palmas, esperábamos a que nuestros padres soltaran de trabajar y nos recogieran, allí teníamos nuestro médico de la casa del marino, había unos patos y un bar que hacía unos bocadillos de pescado alucinógenos increíbles con un refresco Baya Baya. Nuestros padres se echaban los rones y las tapitas. Allí pasaban lista todas las madrugadas los estibadores, hombres duros como riscos, los hombres valientes del muelle grande que dice la canción. La huelga se alargaba demasiado y nuestras madres se encerraron en la iglesia del Carmen en La Isleta para defender el puesto de trabajo. El gobernador civil amenazó a los obreros si pisaban la calle; así que los hijos e hijas decidimos caminar en pequeña manifestación pacífica por la rotonda de entrada al muelle. Un muelle fuertemente custodiado y armado por la Guardia Civil y antidisturbios. Esa rotonda, hoy, lleva el nombre de Belén María. Nuestros padres estaban en la rotonda, salvo dos vehículos de ellos que nos custodiaban en la parte trasera de la pequeña marcha de protesta. Nadie salía ni entraba del puesto de control de los picoletos. Fue al peso del mediodía, hacía calor, en el muelle siempre hace calor. Todos éramos unos chiquillos, los más viejos, Feluco y yo, con 19 años. El resto rondaban entre 14 y 17, Belén solo 16.

De repente, la barrera policial se abrió y salió un Alfa Romeo verde oscuro con un chófer con gafas ray ban verdes oscuras de esas que, en la época, solo usaban los cuerpos y fuerzas de seguridad. Situó su coche en nuestra cola, delante de los dos estibadores y el grupo manifestante. Fue una movida extraña. Unas niñas me llamaron. Yo iba en medio, megáfono en mano, mientras Feluco animaba y coreaba las consignas. Las niñas dijeron que un conductor quería pasar y estaba alterado. Fui a hablar con él y le dije que esperara un minuto a que cogiéramos la curva de la rotonda, y pudiera seguir para El Sebadal. Pero me insistió nervioso. ¡Tranquilo hombre! Ahora pasas, le dije. Los 15 o 20 pibitos y pibitas que estábamos nos juntamos en la conversación (Corujo, Rafa, Javier y Carlos Machín, Toñi, Enrique, Belén María, Argelia, Martorell, Rafa Avero, mi hermano Roberto, Tomasín, etcétera). Entonces, el chófer sube en su vehículo, mete la primera y acelera con el embrague pisado. Las ruedas chirriaron, salió humo y soltó el embrague. Nos arremetió y nos mató sin tiempo a reaccionar. Belén quedó atrapada entre la rueda y el chasis, yo solo pude saltar encima del capó y agarrarme al limpiaparabrisas. La mayoría cayó al suelo por el impacto. Mientras aceleraba conmigo en el capó, golpeé sin éxito el cristal con el megáfono, luego lo boté para agarrarme con las dos manos. Vi el pelo negro de Belén al viento por mi derecha. Transcurridos 94 metros, en dos frenazos con giros bruscos salí despedido contra la carretera. No morí porque tenía 19 años y me levanté como un resorte. Al caer noté los pies de Belén. Ella no pudo zafarse…, la siguió arrastrando más de 120 metros hasta el estadal de la acera dirección El Sebadal. Cuando un estibador la recogió en sus brazos destrozada por el impacto, pidiendo una ambulancia, venían varios guardias civiles caminado tranquilamente diciéndonos que no había pasado nada, mientras los obreros clamaban que siguieran al coche y que cerraran La Isleta por el istmo de la Plaza del Puerto. Pero no lo hicieron. Y allí se armó la revolución. Se armó un abuso que hasta hoy nos martilla la cabeza. Nos dispararon botes de humo y pelotas de goma rastreras a quemarropa. A un obrero le reventaron un ojo. Belén nunca debió morir.

El juicio se celebró cuatro años más tarde. Allí, en los juzgados de Vegueta, se concentraron miles de personas de la familia portuaria y gente solidaria e indignada, nuestros queridísimos abogados nos reunieron a los testigos principales en un local cercano para preparar las intervenciones. Allí, pudimos contemplar la indignación de nuestro entrañable abogado Pedro Rodríguez QPD, nuestro hombre tranquilo y abogado Enrique Araña, y nuestro activista preferido Fernando Pérez, el poeta. También estaban los miembros del comité de empresa Remigio Vélez, Manolo Perdomo y Pedro. Nos dijeron que actuáramos con dignidad y con la verdad de lo que vivimos, pero que, lamentablemente, nos dejaron caer, la sentencia ya estaba decidida, al asesino no le iba a pasar nada. Efectivamente, en el juicio, hablamos los hijos y algunos portuarios presentes, pero para el juez y el fiscal no éramos testigos, sino culpables de antemano. Y se ensañaron con nosotros amparados en sus togas. Me preguntaron insistente y agresivamente por qué razón portaba el megáfono. Y así uno detrás de otro, los representantes de la justicia se mofaron incluso hasta de la forma de expresarnos. Y se reían entre ellos. Nos maltrataron por defender la causa de los estibadores, por ser del pueblo llano y sencillo, por no tener enchufes en las alturas, por no tener apellidos ilustres, por ser sospechosos de izquierdas, de la UPC en esos momentos. Al asesino solo lo sentenciaron a cuatro meses por imprudencia temeraria.

Cuento esto porque nunca se me quitará la rabia, porque me llamaron para que explicara lo sucedido en un programa de radio, y porque, en un documental de hace unos años que emitió la RTVC sobre los muertos de la transición canaria: Antonio González Ramos, Bartolomé García Lorenzo, Javier Fernández Quesada y Belén María, intencionadamente se omitieron algunas cosas relevantes que dije. Por ejemplo, que, desde mi punto de vista, las empresas y el Gobierno Civil de la época quisieron romper la huelga a toda costa, escarmentar al movimiento obrero y a una izquierda poderosa en barrios y empresas, escarmentar a un nacionalismo soberanista emergente, y no dudaron en actuar con las mañas al uso. Creo que aquel atropello fue premeditado en alguna reunión de los poderosos al objeto de intimidar la lucha obrera y social. Y para que así conste, 46 años más tarde, que sepan que algunos no olvidamos. Y que, el acoso que sufren quienes defienden la igualdad, la libertad, la justicia social, y las luchas de la clase obrera actual, no es nuevo, viene de lejos.

Muchos jueces no han cambiado, nosotros tampoco. Y todavía tenemos secuelas y escalofríos cuando resucitamos en medio de aquella balacera de humo y pelotas de goma a bocajarro. Belén siempre vivirá entre nosotros. Y así fueron las cosas y así las cuento en este 46 aniversario, para que no se crean muchas mentiras y boberías que dicen de la transición.

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