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De Braulio a Quevedo pasando por Bourdieu

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Actualmente estoy realizando una investigación para comprender fenómenos como los digital nomads. Muchas de las personas que se autodefinen como tales, incluso aunque lleguen a asentarse en un lugar concreto, tienden a sentirse superiores al resto de las personas que habitan en el lugar en el que ellos (o ellas) viven, aunque sea por un tiempo. Y no es algo nuevo: cuando a finales del XIX la colonia británica dominaba la economía canaria tenía el sentimiento de superioridad propio de quien se siente la avanzadilla de la potencia más importante de su época, frente a lo que consideraban una tierra atrasada y en decadencia (véase Alonso Quesada y su Smoking Room). Cuando a partir de 1960 comenzó el turismo de masas, los académicos debatían acerca de si el turismo era un pasaporte para el desarrollo o una nueva forma de colonialismo. Sesenta años después, en Canarias tenemos a veces la sensación de que muchos turistas deben pensar que los destinos turísticos son los patios de recreo en que la gente de los países importantes puede venir a divertirse, teniendo en cuenta cómo se comportan. Cuando empecé a interesarme por la Sociología del Turismo aprendí que todo el mundo considera que los demás son turistas, pero que él (o ella) es otra cosa. Y es algo que sigue pasando. Un Digital Nomad: “viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”. Algunos digital nomads se sienten superiores al resto de “extranjeros”, que como simples turistas no llegan a conocer los lugares que visitan. Pero muchos(as) también se sienten superiores a la población local, a la que suponen gente llena de prejuicios, intolerante y estrecha de mente porque, a diferencia de ellos, no han hecho del viajar su estilo de vida. 

Mi abuelo hizo del viaje su estilo de vida. Como radiotelegrafista de la Trasmediterránea, tras abandonar su Cuenca natal para pasar la adolescencia y juventud en Barcelona, se pasó su vida viajando entre las islas y lo que entonces eran colonias españolas (Sidi Ifni, Guinea, Sáhara). Pero no tengo la sensación de que se sintiera superior a quienes no habían hecho del viaje su forma de vida, como mi abuela, que vivió toda su vida en la misma ciudad en que nació, por más que hiciera múltiples viajes. Mi abuelo era peninsular, pero no era godo. El término godo se refiere a lo que el cantante Braulio, en su canción Mándese a mudar, reflejaba: se denomina de manera despectiva godo(a) a aquella persona venida de fuera que está constantemente comparando, en negativo, las islas y sus gentes con su lugar y gentes de origen. A lo cual el canario(a), con su habitual socarronería, responde: “De acuerdo, entiendo que no le guste esto, pero ¿yo le mandé a buscar? Si no le gusta esto, mándese a mudar.” 

En realidad, creo que todo esto puede comprenderse a partir de las teorías del francés Pierre Bourdieu, que entronca con una larga tradición conflictivista en Sociología. Desde este punto de vista, toda sociedad está compuesta por grupos que se reconocen a sí mismos como tales, y que tienen distinto poder y acceso desigual a los distintos recursos que se manejan en esa sociedad. Y la vida social podría dividirse en dos grandes ámbitos. En lo que los marxistas llamaban tradicionalmente “estructura” se reparten los recursos, y los distintos grupos pugnan por imponer las reglas que más recursos les otorgarán a ellos, frente a los otros grupos. En lo que los marxistas llamaban tradicionalmente “superestructura”, los debates y discusiones se centran en intentar convencer al resto de que los criterios que aplica cada grupo, y que les permite un mejor acceso a los recursos, no son el resultado de una visión mezquina, provinciana o interesada de la realidad (a veces se llama a eso ideología) sino la consecuencia de las leyes del universo y de la naturaleza humana. 

Utilizando las teorías de Bourdieu, podría decirse que dividir el mundo entre “personas superiores”, que han abierto su mente gracias al viaje y a vivir en distintos lugares del mundo, y “personas inferiores”, que no se han movido y, por lo tanto, enriquecido como personas, es una estrategia de clase. Sirve a quienes sienten que el orden social imperante no recompensa lo bastante sus aptitudes y actitudes para denunciar lo que consideran un orden social injusto: “Quienes viajamos somos ”mejores personas“ que quienes nunca han salido de su entorno familiar, quien habla tres o cuatro idiomas es mejor que quien sólo habla uno, y quien domina el inglés es mejor que quien domina el español”. A quienes se me han quejado de que Canarias no es un lugar lo suficientemente acogedor para los extranjeros, porque es difícil adaptarse sin hablar español siempre les he dicho que en eso tienen razón. Quien no entienda español no entiende la letra que ahora está de moda en Canarias, No me mudo ni borracho, y no es que me guste especialmente la canción. Lo que ahí se dice no es que se prefiera vivir en las islas porque no se conozca lo de fuera, sino porque, después de haber estado por toda España, por París, por Miami, quien la canta prefiere vivir aquí. 

Imagino que las sociedades de las que vienen algunas de estas personas que piensan que quienes han viajado más son mejores personas que quienes han viajado menos deben ser muy distintas a la sociedad canaria. Si la movilidad y la inmovilidad se han convertido en las últimas décadas en factores que contribuyen a la estratificación social a nivel global, en Canarias es algo que lleva siglos sucediendo. Quien conozca la sociedad canaria sabe que, desde la música a la academia, pasando por los negocios o la política, aquí es muy difícil llegar a “ser alguien” si “siempre has estado aquí”. En una tierra en que tradicionalmente nos han hecho pensar que somos menos por el mero hecho de ser de aquí, ya iba siendo hora de que alguien dijera que, habiendo nacido aquí, y pudiendo elegir, prefiere vivir aquí. No somos más, pero tampoco menos que nadie por el mero hecho de ser de aquí. Y quien venga aquí, y no sea capaz de respetar eso, ya lo sabe, mándese a mudar. 

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