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Guachinches de verdad

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Casa Tata, donde Queti (estos dos, ya en el recuerdo), en Las Galanas (vivito y coleando), allí en el salón de Vicente el crusantero, en lo de Chari (otros más que pasaron a mejor vida), en la finca de Chiqui… Todas estas, y hay decenas, aunque cada vez cueste más encontrarlos, son referencias populares, intervenidas en la calle, aceras, charlas y bares de pueblo o de barrio con café y chiclana. Activos o ya extinguidos por distintas razones, son (o fueron) guachinches de verdad, los que abren y cierran, siempre atados a la esencia y al criterio, a lo largo del año en la vertiente norte de Tenerife, en sus medianías.

Esos o sus iguales, reitero, son los guachinches de verdad: los únicos que tienen denominación de origen, los que no engañan de ninguna de las maneras, los mismos que guardan con celo la tradición y jamás se pasan de la raya. Los guachinches, recuérdenlo, representan casi siempre el lugar de encuentro más apetecible en el medio rural, donde este se encierra y se adora, se idolatra y se eleva a un rango muchas veces de divinidad. Es pura magia y también pura ensoñación, quizá el olvido mismo de la rutina. Es algo que solo se da en unas condiciones muy especiales: verdad, don Manuel el de los caballos, otro que se nos fue; verdad, jóvenes amigos de El Molinero, que ahí siguen.

Si usted, el que ahora mismo me lee, eso no lo entiende, eluda visitarlos, aborte esa próxima presencia en uno de ellos, busque otros destinos más vulgares… Así de directo y de cruel. Si usted aquello no lo descifra ni está dispuesto a sumergirse en ese mar de vivencias, sobra por completo o estará condenado a ser un agente contaminante dentro de esas cuatro paredes o de esa terraza, algo que no le resultará agradable.

Señoras y señores, chicas y chicos con edades para echarse una cuarta de vino (y así aliento a la cantera), aquí el primer aviso: no todos los que dicen ser guachinches lo son ni se merecen serlo. Ojo avizor, que un guachinche solo es el espacio casero, familiar o de allegados en el que se vende el vino propio, el de los hijos o los padres, incluso el de otras personas también cercanas… Y luego ya se sabe que un buche o varios siempre sientan mejor con algo que echarse al estómago, y esta siempre será la segunda parte, y siempre es siempre en este caso: lo primero, el vino; lo segundo, el añadido o complemento, la comida casera. El acompañamiento de lo estelar no es lo más sustancial ni jamás podrá serlo por definición. 

Un guachinche es solo eso, que no es poco sino todo lo contrario, principalmente por lo que últimamente se ve en la isla de Tenerife: una suma interminable de guachinches de mentiras, de falsos guachinches, de guachinches que proliferan cual ratas de campo en un almacén repleto de grano. Por solo poner algún ejemplo de esa invasión ilegítima, en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife ha habido algunos restaurantes o casas de comida que se autodenominan así. En La Laguna, otro tanto, y no quiero seguir, que sería una relación interminable. No hay vergüenza, no hay respeto a las tradiciones más singulares. Tampoco quien lo imponga con la solvencia adecuada, que es la otra parte que falla: la del control legal del desaguisado, algo que quizá mejore con futuras normativas, aunque déjenme por ahora tener serias dudas.

A los guachinches tinerfeños (que este es un invento del norte de la isla) se va porque hay vino casero, propio y bueno, de las cepas atendidas por el que lo vende o sus más próximos, y se deja de ir, esto sin corte alguno, si el principal producto de consumo no está en niveles aceptables. Entonces, habrá que buscar acomodo en otro sitio, a lo que ayuda probar y probar y el boca a boca de los de siempre más nuevas incorporaciones. Se pregunta a los que saben. Así de fácil. No hay mucho más si usted lo que quiere es dar con el guachinche ideal, el que tiene el mejor vino de la zona: Valle de La Orotava y Tacoronte-Acentejo, y poco más. 

Es muy sencillo de entender, y así mismo se percibe en las medianías del norte tinerfeño, en la capital de los guachinches: si el vino no sirve, el guachinche tampoco sirve, por muy bueno y barato que esté el pescado salado o las papas arrugadas. Tras esa comprobación, ya solo quedará esperar a la nueva cosecha y entretanto buscar el relevo. Cada cosecha es un mundo y donde antes estuvo malo no tiene por qué estar siempre inservible. Se entiende, ¿verdad? Es la lógica del campo, de la tierra. Así de sencillo y así de práctico. No hay guachinche ni puede existir tal calificación sin la presencia del vino que se ha currado el que luego se convierte circunstancialmente en cocinero y camarero.

Como ya he dejado bastante claro, el guachinche es una tradición del mundo rural norteño donde no siempre se mima a cualquiera; es un complemento de renta construido desde la honradez y la sencillez, y es una actividad que nace y desaparece cada año, con varios meses con semáforo en verde, los de apertura, y siempre con presencia familiar y mobiliario de andar por casa… 

El guachinche es abrir la casa propia u otras estancias al amante del vino, al conocido…; es renegar del que solo viene a comer barato y pide cerveza (que nunca hay); es hasta la parranda improvisada y la cuarta de vino, la última, por fuera y sentado en la acera. Esto es el guachinche, y con esto se nace; también se aprende a formar parte de esa comunidad. Claro que sí: las puertas siempre permanecen abiertas.

Yo esa suerte la tuve, que soy hijo de Román y de Evelia y nací en las medianías bajas de Los Realejos. Lo mamé. Y también esa ventaja la reparto las veces que puedo con mi gente, siempre sabiendo lo que es un guachinche y lo que es esa otra cosa que también llaman guachinche, dejándolo bien claro, que parece que es como único podremos contribuir, sobre todo desde el pueblo llano y la cercanía, a mantener ese patrimonio tan relevante de la cultura rural tinerfeña. 

Mañana o pasado, ya veré, me iré de vinos caseros a la que ya solo va quedando como capital del guachinche. Antes, por si acaso y como hago siempre, llamaré al otro Román, al padre (que estará al tanto de cómo va el negocio), no vaya a ser que me equivoque y además para ir a tiro hecho. Completaré la información con Vicente y otros de la cuadrilla. Hay que preguntar mucho, conocer más y, por cierto, si termina gustando la experiencia, nunca olvidarse de preguntar “hasta cuándo va a durar el vino”. En la ciudad el tiempo pasa volando y la próxima vez que se quiera repetir igual la fecha elegida ya es demasiado tarde.

No puedo vivir sin los guachinches de verdad, sin esos guachinches, que son los aquí elevo a pura magia sin exagerar ni fisco.

Puedo vivir sin ellos, pero no quiero. Que se me entienda. 

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