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Guerra o paz

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Hay algo profundamente desconcertante en la condición humana. La inmensa mayoría de las personas queremos vivir en paz, despertar cada mañana sintiendo que el día vale la pena, abrazar a los nuestros, reír, caminar sin miedo y soñar con un futuro que nos sostenga. Ese deseo es universal, sencillo en apariencia, pero profundamente esencial.

Y, sin embargo, la guerra sigue ahí, siempre presente, recordándonos lo frágil que es todo. Arrasa hogares, rompe familias, roba sueños. Deja ciudades desoladas, manos vacías y corazones rotos. Donde había amor instala el miedo, donde había risas deja silencio. Y entonces nos preguntamos cómo es posible que, sabiendo todo esto, haya quienes sigan eligiendo la destrucción cuando la vida misma clama por calma.

La guerra no surge de la nada. Nace de decisiones. De quienes entienden el poder como imposición y no como responsabilidad, de quienes creen que el enfrentamiento es más útil que el entendimiento. Líderes como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, simbolizan esa forma de ejercer el poder basada en la confrontación, en la lógica de nosotros contra ellos, en la idea de que la fuerza puede sustituir al diálogo.

Pero ese tipo de liderazgo no se sostiene por sí solo. Necesita un entorno que lo legitime, que lo amplifique y que lo normalice. En ese terreno, la extrema derecha desempeña un papel clave. En España, Vox actúa como un colaborador necesario de esa lógica, alimentando el miedo, endureciendo el discurso y contribuyendo a que posiciones que antes parecían inaceptables hoy se perciban como parte del debate político.

Lo preocupante es que esa deriva no se queda en los márgenes. El Partido Popular, lejos de reforzar un espacio de moderación, ha optado en demasiadas ocasiones por apoyarse en Vox para gobernar en comunidades autónomas y ayuntamientos, asumiendo marcos y discursos que desplazan el centro político y normalizan la confrontación. Cada paso en esa dirección no solo tiene consecuencias institucionales, también moldea la forma en la que convivimos.

Porque la guerra no empieza con bombas. Empieza mucho antes, en las palabras. En los discursos que dividen, que simplifican, que convierten al diferente en una amenaza. Se construye un relato en el que siempre hay un enemigo, alguien a quien señalar, alguien a quien culpar. Y en ese proceso se erosiona algo esencial, la empatía. Dejamos de ver al otro como una persona y empezamos a verlo como un problema.

Detrás de esa lógica hay una constante que se repite a lo largo de la historia, la avaricia. El deseo de poder, de control, de dominio sin límites. Se disfraza de seguridad, de patriotismo, de defensa de intereses, pero en el fondo responde siempre a lo mismo, querer más, aunque el precio sea el sufrimiento de millones. Y cuando esa ambición se desborda, como bien sabemos, termina rompiéndolo todo.

Junto a la avaricia está el miedo, un miedo que no surge solo, que se construye y se alimenta. Miedo al distinto, al extranjero, al que piensa diferente. Ese miedo se amplifica hasta convertirse en una herramienta política. Porque el miedo moviliza y, cuando se dirige contra el otro, sirve para justificar decisiones que en otro contexto nunca aceptaríamos.

Sin embargo, cuando nos detenemos de verdad, cuando miramos a los ojos a quienes sufren, cuando escuchamos sus historias, descubrimos algo que resulta imposible ignorar. Su dolor es igual al nuestro, su esperanza es igual a la nuestra, su deseo de vivir en paz es exactamente el mismo.

Por eso duele tanto esa distancia entre lo que la mayoría desea y lo que algunos promueven. Mientras millones de personas solo queremos vivir tranquilas, cuidar de los nuestros y sentirnos seguras, hay quienes insisten en alimentar la confrontación como si fuera inevitable.

La paz no es un regalo ni un accidente. Es una construcción diaria. Empieza en lo cercano, en cómo hablamos, en cómo escuchamos, en cómo tratamos a quienes son distintos a nosotros. Se construye cuando elegimos entender en lugar de rechazar, cuando tendemos puentes en lugar de levantar muros.

No basta con desear la paz. Hay que defenderla, también frente a quienes la debilitan con discursos que normalizan el enfrentamiento. Cada vez que se justifica la violencia o se banaliza el conflicto, damos un paso atrás. Cada vez que miramos hacia otro lado, dejamos espacio para que crezca la intolerancia.

La mayor tragedia no es solo la guerra. Es acostumbrarnos a ella. Es aceptar que forma parte inevitable del mundo. Es dejar de cuestionarla.

También nosotros tenemos una responsabilidad. La indiferencia, ese gesto aparentemente pequeño de no implicarse, de no mirar, de no escuchar, es el terreno donde crecen los conflictos. Cada historia que ignoramos, cada sufrimiento que no queremos ver, va construyendo poco a poco un mundo más frío, más distante, más propenso a la ruptura.

Y, sin embargo, la historia también nos enseña lo contrario. Nos muestra que la paz ha sido posible gracias a personas que, sin grandes cuotas de poder, eligieron la empatía, la compasión y el diálogo. Gestos sencillos que sostienen la convivencia y que, sumados, tienen una fuerza inmensa.

Si fuéramos capaces de recordar eso cada día, si fuéramos capaces de sentir la vida del otro como propia, quizá nadie elegiría la destrucción. Quizá entonces el mundo dejaría de ser un lugar donde unos pocos deciden sobre el sufrimiento de muchos.

Porque, en el fondo, todo se reduce a una elección. Podemos aceptar la lógica del enfrentamiento o podemos defender la cultura del entendimiento. Podemos dejarnos arrastrar por el miedo o apostar por la empatía.

La guerra es una elección. Y la paz, aunque a veces lo olvidemos, también lo es.

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