A mi yo de mañana: la niña que calló, la adulta que escribe
El abuso sexual infantil no se olvida ni se supera con el tiempo. Se aprende a vivir con él, a nombrarlo, a transformarlo en voz.
Cada 19 de noviembre se celebra el Día Internacional contra el Abuso Sexual Infantil.
Este texto no busca conmemorar, sino recordar que detrás de cada estadística hay una infancia robada.
Una niña, un niño que calló.
Una adulta, un adulto que hoy decide hablar.
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A mi yo de mañana:
No sé si esto se llama miedo, o si el miedo tiene otro nombre.
Solo sé que duele cuando él se acerca, cuando su voz cambia, cuando todo a mi alrededor parece desaparecer.
En ocasiones, siento que el aire se detiene, que el mundo se encoge, y que mi cuerpo deja de ser mío.
Me dijeron que los mayores saben lo que hacen, que hay que obedecer, que los secretos se guardan.
Así aprendí a callar.
A sonreír cuando dolía.
A quedarme quieta mientras por dentro gritaba.
A veces miro a los adultos y me pregunto si pueden verlo.
Si notan que ya no corro, que ya no río igual.
Que mis juegos son excusas, que mis silencios pesan.
Que me hago pequeña para que no me encuentren.
Que odio mi reflejo, cansado, frágil, y que mis manos tiemblan incluso al dibujar.
Yo no entendía la palabra “abuso”. Solo sabía que algo estaba mal, aunque todos fingieran que no.
Aprendí a refugiarme en mis propios pensamientos, a inventar mundos donde nada doliera.
Y aun así, cada noche, revivía la pesadilla con los ojos abiertos.
Querida yo del mañana, ojalá algún día puedas decir en voz alta lo que yo ahora no puedo.
Ojalá no sientas culpa por lo que nunca fue tu culpa.
Ojalá no sigas escondiéndote en cuerpos ajenos ni en sonrisas falsas. Ojalá puedas mirarte al espejo sin querer desaparecer.
Y si algún día te preguntan por qué callamos durante tanto tiempo, diles que el monstruo no vivía en los cuentos, ni debajo de la cama, sino en los lugares donde se suponía que debíamos estar a salvo.
Diles que nos enseñaron a temer al lobo, pero nadie nos advirtió del abrazo que duele. Diles que no fue un secreto: fue abandono.
———
Hoy soy esa adulta que puede poner palabras a lo que aquella niña no entendía. Y sé que su historia no es una excepción.
Según el informe Save the Children 2023, uno de cada cinco menores en España ha sufrido algún tipo de violencia sexual antes de cumplir los 18 años. El 85% de los agresores pertenecen al entorno más cercano —familiares, vecinos, maestros— y en el 60% de los casos, el abuso ocurre en el hogar o en espacios de confianza.
Solo el 15 % de las víctimas denuncia.
El resto calla, como aquella niña que fui.
Calla por miedo, por vergüenza, por culpa, por desamparo.
Y también callan muchas madres.
Mujeres que intentaron salvar y fueron ignoradas.
Que demandaron y quedaron expuestas.
Que cargan con el dolor de saber que sus hijas e hijos fueron convertidos en instrumento de castigo, víctimas de una violencia vicaria que trasciende sus cuerpos y destroza sus vidas. Ellas también sobreviven a un sistema que duda, que las juzga, que las invalida, pero aun así permanecen.
Sostienen el mundo con las manos vacías, con la fe intacta en que algún día la verdad tendrá cabida.
Mientras tanto, seguimos permitiendo que el silencio proteja al agresor y condene a la víctima.
Seguimos criando generaciones de adultos que arrastran heridas que nunca debieron abrirse.
Seguimos mirando hacia otro lado cuando lo único que hace falta es creer. Escuchar.
Actuar.
El abuso sexual infantil no es una historia lejana. Está aquí, entre tú y yo, en cada familia, en cada escuela, en cada silencio que prefiere no mirar.
Romperlo no es un gesto de valentía: es una necesidad.
Porque la infancia que se protege hoy no necesitará sobrevivir mañana.
“Yo te espero, adulta.
No para reprocharte, sino para que me abraces.
Para que me digas que ya no hay peligro y que por fin vencimos al miedo“.
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