Mitosis
No suelo hablar de política por temor a equivocarme. No obstante, es tal la deriva de los acontecimientos que habrá que posicionarse. En este sentido, al igual que surgió un movimiento social basado en acampadas en el exterior, fruto del hartazgo de la gente por estar expuesta a más promesas incumplidas, en la actualidad, al otro lado, sucede un movimiento idéntico, pero con parámetros diametralmente opuestos, aun siendo la raíz la misma: el descontento generalizado.
Bajo esta premisa, asumamos que la política es el arte de unir voluntades. Una definición hermosa, casi poética, digna de una taza. Lástima que, aplicada a determinadas ideologías, se parezca más a una práctica avanzada de biología celular que a una estrategia colectiva. Porque si algo domina en la actualidad no es la síntesis, ni la coalición, ni siquiera el viejo y prosaico «vamos a ponernos de acuerdo». No. Lo que domina es la mitosis.
La mitosis, para quien no recuerde las clases de Ciencias Naturales, es ese proceso por el cual una célula se divide en dos células hijas genéticamente idénticas. Es un mecanismo elegante, eficaz y, sobre todo, útil para crecer. Un organismo necesita millones de divisiones celulares coordinadas para desarrollarse. En política, la mitosis se ha convertido en un deporte de riesgo, puesto que logra dividirse sin crecer, multiplicarse sin fortalecerse y reproducirse sin que nadie entienda muy bien para qué.
Es cierto que, al principio, siempre hay armonía. Se redacta un programa común, se habla de justicia y de derechos, aparentando una cierta estabilidad. A partir de aquí, las distintas corrientes conviven bajo un mismo paraguas. Se prometen lealtad mutua. Se reparten cargos con sonrisas tensas. Es la calma antes del cataclismo. La célula política parece saludable. En esta etapa, cualquiera diría que hay madurez organizativa. Incluso se habla de «unidad histórica». Y el votante, ingenuo, piensa: «Quizá esta vez sí». Error.
En biología, la profase es cuando los cromosomas empiezan a condensarse. En política, es cuando los egos aparecen. Aquí surgen los debates trascendentales, donde empiezan los comunicados cruzados y las reinterpretaciones, junto con documentos internos filtrados por accidente. A partir de ese momento, la célula ya no es una célula: es una asamblea permanente en la que cada facción convoca su rueda de prensa para anunciar que no es una ruptura, sino una reconfiguración del espacio político, donde no hay huida, sino evolución. Es entonces cuando el votante medio empieza a necesitar un diagrama de flujo para saber a quién vota.
Luego, al igual que en la biología molecular, los cromosomas se separan. Y los supuestos liderazgos también, reconfigurando el espacio hasta denominarse «Horizonte Transformador», «Raíz Común» o «Proceso Constituyente 3.0», donde cada escisión promete ser la auténtica y las demás, por supuesto, han traicionado al pueblo. A partir de aquí, la multiplicación es admirable, de forma que, si los votos se reprodujeran igual, tendrían mayoría absoluta perpetua. Pero, curiosamente, los votos no se dividen, sino que se evaporan. Al final, donde había una organización capaz de disputar el poder, ahora hay dos, tres o siete miniaturas ideológicas. Todas muy puras. Todas muy coherentes.
La ciencia nos dice que dos células hijas deberían ser funcionales. En política, el resultado se parece más a una colonia de amebas discutiendo el reglamento interno. Y, si algo enseña la biología es que no sobrevive el más puro, sino el más adaptativo. Sin embargo, aquí parece que se elige la extinción antes que sobrevivir con contradicciones. La diferencia es que, en política, si no ocupas el espacio, lo ocupa otro. Pero, ¿y si resulta que el descontento surge porque los movimientos «tradicionales» nos han tratado como personas incapaces de comprender que los problemas complejos no se solucionan de forma sencilla? Tal vez, diciendo la verdad, nos habríamos evitado este incómodo camino. Pero, claro, política y verdad, aparentemente, son conceptos irreconciliables.
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