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Trump y el colonialismo del siglo XXI

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se dirige a la prensa tras firmar el decreto que rebautiza el Golfo de México como Golfo de América a bordo del Air Force One, mientras sobrevuela el Golfo en ruta hacia Nueva Orleans, Luisiana, el 9 de febrero de 2025.
5 de enero de 2026 14:24 h

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En 2017, Bruce Gilley profesor de ciencias políticas en la Universidad estatal de Portland publicó el artículo The Case for Colonialism en la prestigiosa revista Third World Quarterly. Este artículo provocó una gran controversia en el mundo académico, que se trasladó rápidamente al ámbito político y social. Miles de académicos de todas partes del mundo firmaron peticiones para que se retirase el artículo, solicitando además la dimisión de los responsables de la revista. Quince de treinta y cuatro miembros del consejo de redacción de la revista dimitieron de sus cargos. Tanto los editores como el propio autor del artículo reconocieron haber recibido insultos y amenazas de muerte. Tras una minuciosa investigación sobre el proceso de evaluación del trabajo desarrollada por Taylor and Francis, la editorial propietaria de la revista, el texto fue finalmente retirado. El autor acabaría publicando en 2023 un ensayo de 326 páginas con el mismo título y argumentos similares en una casa editorial de dudoso prestigio. 

La pregunta es obvia: ¿qué argumentos científicos podían generar tanta polémica? El autor defendía la necesidad de cambiar el consenso internacional existente sobre los efectos perniciosos del colonialismo en el largo plazo. Más bien al contrario, Gilley observaba la necesidad de introducir un nuevo tipo de colonialismo para el siglo XXI. Un modelo colonial de base occidental -por supuesto no china ni rusa. El autor defiende la necesidad de “recolonizar” algunas regiones, eso sí, siempre con el acuerdo y beneplácito de los pueblos colonizados, que es el punto central de su argumento. No se trataría de repetir la historia colonial de los siglos XIX y XX, sino de crear un nuevo modelo de gobernanza en las viejas colonias, liderado por expatriados occidentales. La tesis de Gilley gira en torno a tres líneas de actuación: 

  1. Cómo hacer el colonialismo aceptable para las personas colonizadas.
  2. Cómo motivar a los países occidentales a volverse colonizadores de nuevo.
  3. Cómo hacer que el colonialismo consiga sus objetivos de desarrollo.

Algunas de estas soluciones implican la cesión territorial a cambio de un canon para la instalación de colonos occidentales que fomenten el desarrollo y la inversión, con plenas competencias políticas y aplicación de la legislación metropolitana. Se espera de esos centros que funcionasen como polos de desarrollo regional para la inversión internacional. En consecuencia, es necesario deconstruir todos los aspectos que se han señalado como negativos del colonialismo, comenzando por la falta de la más mínima legitimidad institucional. Este nuevo colonialismo contaría con la aprobación de la población, observando en esos gestores extranjeros los garantes de la responsabilidad, el bienestar material y la lucha contra la corrupción. Gilley indica que el anticolonialismo político, especialmente de orientación socialista o comunista, habría provocado y profundizado la crisis del Estado, así como el desmoronamiento del orden que se había construido durante la etapa colonial. El ejemplo principal que utiliza el autor en su argumento es el de Guinea Bissau y el discurso antiimperialista de Amilcar Cabral.

Sin entrar en consideraciones éticas, el autor señala la contribución positiva del colonialismo contemporáneo en términos de desarrollo económico, seguridad, gobernanza y reconocimiento de derechos civiles y políticos. De tal forma, llega a indicar: “Los confundidos académicos marxistas culpan [de muchos problemas económicos actuales en esos países] a los legados coloniales, a la meteorología o a Israel”. En un sorprendente desprecio al contexto histórico de la Guerra Fría y las fuerzas profundas que explican el funcionamiento de las relaciones internacionales, Gilley señala de forma torticera que el propio Patrice Lumumba agradecía en sus memorias a Bélgica su labor en “la restauración de nuestra dignidad humana volviéndonos hombres, felices, vigorosos y civilizados”. Lumumba fue asesinado el 17 de enero de 1961. Su cuerpo fue descuartizado y disuelto en ácido sulfúrico por orden de Mobutu Sese Seko, quién se convirtió en presidente de la república entre 1965 y 1997, protagonizando una de las más prolongadas dictaduras en la historia del continente africano. La publicación de la documentación reservada de la CIA expone el contexto político internacional y las sombrías perspectivas estadounidenses acerca del surgimiento de un nuevo “Fidel Castro” en el corazón de África. 

Les pido consideren unos minutos para la reflexión y analicen los argumentos políticos presentados por la administración Trump para justificar sus actuaciones en estos momentos de renacimiento del colonialismo extractivo con socios confiables como Milei, Noboa, Bukele y otros gobiernos latinoamericanos serviles frente al imperio. Con el ataque norteamericano a Venezuela, la asunción de su necesaria autocracia benevolente -Destino Manifiesto- y su nueva doctrina Monroe para el siglo XXI, los consensos de posguerra parece que han entrado en fase terminal. Un imperio decadente y desbocado, gobernado por una élite multimillonaria extractiva y supremacista que promete libertad a cambio de sumisión. Entramos de forma decidida en una era de genocidios televisados, neolengua orwelliana y el colapso del derecho internacional.

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