La victoria dialéctica de Mauricio sobre Tony Gallardo

Tony Gallardo y José Carlos Mauricio.

Rafael González Morera

Las Palmas de Gran Canaria —

La reunión ampliada del Comité Central del Partido Comunista de Canarias/PCE se organizó en la finca propiedad del padre de Pepe Rivero Gómez, Fernando Rivero del Castillo Olivares, en Melenara. Asistieron 43 miembros del partido de todas las islas, incluido El Hierro, que fuimos llegando prudentemente en pequeños grupos de dos o tres camaradas, y allí debatieron al final del asadero/sesión, Tony Gallardo y José Carlos Mauricio. José Carlos superó con creces a Tony Gallardo dialécticamente hablando, y entré al disimulado asadero gallardista y salí mauricista, cómo la mayoría de los asistentes. Y eso que Tony también estuvo a un buen nivel oratorio. Pero mi decantamiento por Mauricio fue un craso error, porque años más tarde se volvió de derechas y traicionó a la izquierda canaria, aunque debo decir que fui un incondicional de José Carlos mientras fue secretario general del PCC/PCE. Mención aparte merece un hombre íntegro de la izquierda canaria, Antonio González Viéitez, que rompió con José Carlos cuando este se confabuló con la ATI chicharrera para hacer carrera con la derecha canaria como así lo hizo unos años más tarde. González Viéitez con Tony Gallardo y Fernando Sagaseta creo que han sido los estandartes de la honestidad, la honradez, la coherencia política, tres grandes políticos pero al mismo tiempo grandes personas.

La línea eurocomunista adoptada por José Carlos Mauricio, y que lideraba Santiago Carrillo a nivel nacional, ocasionó numerosas deserciones en el partido, y la más controvertida y muy sentida fue la de Fernando Sagaseta, que siguió militando en el marxismo/leninismo y defendiendo a la Unión Soviética de forma inflexible, creando la tendencia Células Comunistas, junto al miembro del Comité Central Pepe Satué, que venía con frecuencia desde Madrid, y al que conocí en una ocasión en el despacho de Fernando. Las Células Comunistas no se separaron de entrada del PCE, solamente crearon una opinión interna, organizándose algo más tarde la Oposición de Izquierda (OPI), pero después de la celebración del Comité Central en Roma en 1976 en que se tomaron, entre otros acuerdos, suprimir las células y crear las agrupaciones territoriales, profesionales, de empresas y de barrios, esa fue la definitiva ruptura de Sagaseta y su grupo con el partido, contrarios a la línea eurocomunista. Por otro lado Carlos Suárez transitaba por los caminos del independentismo junto a Gonzalo Ángulo, y fundaron el Partido Comunista Canario (provisional) que fue la antesala con otros que formaron el Partido de Unificación Comunista Canario (PUCC), y más tarde Pueblo Canario Unido (PCU) hasta llegar al de mayor éxito popular, la Unión del Pueblo Canario (UPC). Desde hacía cuatro años venía trabajando con José Carlos en el partido y en la revista Sansofé, en donde firmaba con el seudónimo de Norberto Alcántara por aquello de la clandestinidad incluso empresarial, porque La Provincia no me dejaba colaborar en la revista. La anécdota con las iniciales N.A. es que una tarde Néstor Álamo llamó por teléfono para protestar por la firma que utilizaba “la gente cree que colaboro en esa revista, y ni lo hago, ni pienso hacerlo”, le decía Néstor a Pepe Alemán, que recogió la llamada. Néstor le decía entre otras cosas que “ese señor N.A., además me parece un poco rojo”, a lo que Pepe con su habitual ironía le contestaba “un poco rojo no, rojo total”. En suma, que por complacer a Néstor cambié la firma y empecé a rubricar como Luis Dieppa.

Escuela de periodismo y política, una etapa inolvidable

En la revista Sansofé, combinando mi aportación fundamentalmente mañanera con el trabajo vespertino en La Provincia (que era donde cobraba mi sueldo), creo que pasé los mejores años periodísticos, porque la revista fue una auténtica universidad política y mediática. Periodistas de la valía de Pepe Alemán, Ángel Tristán Pimienta, Faustino García Márquez, Andrés Suárez Cruz, Luis León Barreto, Andrés Sánchez Robayna, colaboradores como Agustín Millares Cantero, Agustín Quevedo, enriquecían y daban una gran calidad a los trabajos de la revista. José Carlos Mauricio era el director en la sombra, y en mi caso firmaba siempre con los seudónimos Norberto Alcántara y Luis Dieppa. Sansofé estuvo dirigida inicialmente por Carlos Yrisarri Galwey, y luego por Ángel Rodríguez Quiroga, Alfredo Herrera Piqué (que dimitió asustado cuando la revista comenzó a ser acosada duramente por el régimen). En su última etapa con Manuel Hernández García, Manolito el de Arafo, de director, tuvo incontables anécdotas con el delegado de Información y Turismo en Las Palmas, Eduardo López Merino. Cuando este anunciaba su visita a la revista, rápidamente se avisaba a Manolito que venía raudo desde el tinerfeño Arafo, vía Los Rodeos y Gando, para estar presente en la calle Torres como director en la presencia del jefe de los censores franquistas que por todos los medios trataba de cerrar Sansofe, como así ocurrió en mayo de 1972. No cabe duda que la revista fue fundamental para conocer  las inquietudes de la sociedad canaria en los últimos años de la dictadura franquista. Con respecto a Ángel Rodríguez Quiroga siempre existió la sospecha por su gran interés para ser director de la revista, cuando trabajaba en Televisión Española, y en eso siempre Pepe Alemán tuvo sus muchas dudas que expuso a Mauricio, por la actuación sospechosa de Rodríguez Quiroga.

Pepe Alemán era en la práctica quién mayormente dirigía la revista y además escribía a borbotones y con una calidad inmensa, y hacía los trabajos más importantes, de economía, política, historia de Canarias, y otros temas de gran valor social. Unos años más tarde dirigió el órgano del partido, Tierra Canaria, por cierto con abundantes zancadillas del propio Mauricio y de Fernando González. Buenos cabreos se cogió Pepe a cuenta de las cortapisas de Mauricio y González. Antonio Cabral, arquitecto y por entonces secretario de Organización del partido, y Santiago Gutiérrez, propietario de la Imprenta Grafican en donde se imprimía la revista, fueron dos personajes claves, decisivos en la salida y el posterior mantenimiento del semanario Sansofé pese a los problemas económicos y la persecución del Ministerio de Información y Turismo. Jerónimo Saavedra formaba parte del Consejo de Administración, así como otros demócratas antifranquistas. José Carlos Mauricio, que por entonces dedicaba más tiempo a la organización del partido, a fomentar las huelgas y las manifestaciones, llegó una vez a enfadarnos a todos cuando esperando por un paro en Aicasa retrasó la salida de la revista para sacar la noticia en portada, como así lo hizo, pero casi dos semanas más tarde del viernes correspondiente. Recuerdo que el cabreo de Pepe Alemán por ese bloqueo de la cita con los lectores de Sansofé era monumental, y tuvo una gran agarrada con José Carlos. Los cabreos de Alemán con Mauricio fueron en más de una ocasión sonados en la redacción de la revista en la calle Torres.

En realidad fueron tres redactores los artífices del discurso más relevante de la revista. A saber, el periodista tinerfeño de ascendencia gomera Juan Pedro Ascanio (1914-1987), la pluma más integradora y menos contaminada por el viejo pleito insular; el entonces dirigente del Partido Comunista de España (y, tras el franquismo, diputado por Coalición Canaria, y ya hemos dicho con un giro espectacular a la derecha) José Carlos Mauricio (1941), quien incorporara un tema tan tabú para la prensa de la época como la problemática laboral; y Pepe Alemán (1941), que elevó la Historia de Canarias a un primer plano dentro del debate abierto sobre el hecho diferencial isleño en el contexto estatal. Al margen del recurso de la escritura entre líneas, Sansofé solía intercalar los textos críticos con otros banales cuyos contenidos bebían en las fuentes oficiales para limar asperezas con los censores y, así, colar aquellos en los que daba voz a los sectores sociales ninguneados por los diarios de información general. A principios de 1971, de acuerdo con la dirección del partido, dejé La Provincia y me integré full time en Sansofé y en mis trabajos clandestinos en el PCE.

Una vez descubiertas las verdaderas intenciones políticas de la revista, las autoridades insulares con Eduardo López Merino, Delegado de Información y Turismo como punta de lanza, se cebaron en sus ataques, lo que deja patente la docena de expedientes que le fueron incoados en sus escasos dos años y medio de vida. Las 160.000 pesetas que, entre el 25 de mayo de 1970 y el 7 de enero de 1971, se tuvieron que pagar por cinco multas, cuando los ingresos habituales por ventas de cada edición no llegaban a las 20.000 pesetas, ilustra el quebranto económico sufrido por el proyecto editorial. Las críticas al centralismo de Madrid y a la clase política del régimen, la reivindicación de los puertos francos y la autonomía para Canarias, y el tratamiento informativo dado a las huelgas de los operarios de las guaguas, de los aparceros, de CINSA, fueron las causas de estas sanciones; pero también, un hecho tan trivial como no haber cumplimentado en su debido tiempo un cambio de dirección en la Delegación del Ministerio de Información y Turismo.

El impacto en la sociedad canaria fue mucho más profundo de lo que nos pueden hacer pensar los dos mil ejemplares que sacaba la revista en sus tiradas ordinarias, tanto a corto como a largo plazo. Tal es lo que indican los altos índices de lectura de cada ejemplar y los prolongados debates suscitados por sus contenidos entre la alta burguesía, el mundillo universitario, la intelectualidad y el proletariado isleño. Tampoco podemos obviar la influencia que ejerció en los diarios generalistas canarios, tanto con su ejemplo como con la subsiguiente incorporación de sus redactores a las plantillas de estos rotativos. Además, la revista circuló de la mano de José Carlos Mauricio entre sus correligionarios del PCE y CC OO de la península, en donde llamó la atención el tratamiento informativo dado al Consejo de Guerra de Burgos contra varios etarras, en primera página y con apoyo gráfico, en una época en la que tales temas no aparecían en los espacios estelares de los periódicos, salvo que fueran clandestinos. Me desplacé con frecuencia por esa época a Tenerife, en donde me entrevistaba con Jerónimo Saavedra y Antonio Carballo Cotanda (descanse en paz), miembros del Consejo de Administración de Sansofé, y también me veía con Juan Pedro Ascanio y Wladimiro Rodríguez Brito, los dos hombres clave del PCE en Tenerife, y además colaboradores de la revista. En el caso de Wladimiro aparte de sus artículos políticos, también hacía trabajos muy interesantes sobre temas agrícolas.

Una anécdota tragicómica que me ocurrió por esas fechas fue cuando un domingo fui a la revista por la mañana, no había nadie en ninguna oficina, pues entre otras empresas en las otras plantas estaba Philips y otros negocios, pero claro de lunes a sábado. Subí al cuarto piso, que Pepe Rivero Gómez con enfado de sus hermanos había regalado sin cobrar un duro, y de repente el ascensor se paró y me quedé encerrado, sin nadie en el edificio. Sin exagerar me parece que fueron tres horas y pico cuando Pepe Rivero, que se le había ocurrido lo mismo, dedicar un rato de la mañana del domingo a escribir un artículo, al llegar oyó la alarma y mis gritos, puso en marcha el ascensor, y era tal el susto y el disgusto que nos fuimos a la cafetería Lincoln, entonces en Triana, y nos tomamos unos piscolabis, más piscos que labis, y dejamos los artículos pendientes para otro día. La verdad es que estar unas dos horas y pico encerrado en un habitáculo reducido no se lo deseo a nadie.

Por entonces hacía algunos viajes a Tenerife para contactar con los camaradas de la isla picuda, mayormente con Juan Pedro Ascanio, Wladimiro Rodríguez, y Manolito González el de Arafo, y tuve la oportunidad al presentármelo un día Jerónimo Saavedra de conocer personalmente a Antonio Carballo Cotanda, fallecido prematuramente, miembro del PSOE junto con Jerónimo, y los verdaderos impulsores desde su fundación en 1969 del Instituto Universitario de la Empresa (IUDE), creado en la Universidad de La Laguna con muchos recelos de Madrid, y que con Antonio González Viéitez, Oscar Bergasa, Gumersindo Trujillo, y otros economistas, dieron un gran impulso a lo que luego sería el embrión del Estatuto de Autonomía de Canarias.

Dos personas que conocí en toda esa etapa del PCC/PCE me marcaron una impronta desde el punto de vista humano, personal, emotivo. Fueron Leopoldo Valido, Polo el mecánico, con el nombre secreto de Ricardo, y Adolfo Santana, el practicante, en este caso Tomás, era su nombre clandestino. Polo tenía un taller de mecánica propio en el barrio de Arenales, con dos ayudantes a los cuales les pagaba casi lo mismo que él ingresaba para su familia todos los meses, y me comentaba un día que si se quedaba con un poco más de dinero de las ganancias del taller era “porque todavía no ha llegado el comunismo”, decía con una sonrisa. Un día allá por 1971 Antonio Cabral me dice: “Vete a ver a Polo el mecánico que te dará algo para nosotros”. Ya le conocía desde hacía algunos años, antes de la caída de Sardina del Norte, en donde fue apresado y condenado a dos años de cárcel. Luchador incansable, siendo un obrero mecánico se convirtió en un intelectual a base de leer muchísimos libros, sobre marxismo, economía, historia, política. Polo era una persona que se dejaba querer, un hombre sencillo, humilde, y además de pocas palabras mientras no tenía confianza. En aquella entrevista, y en otras posteriores, me entregó un sobre con dinero para el partido, aportación personal suya y recolecta con otros muchos trabajadores amigos de la zona de Fincas Unidas, que hacían un gran sacrificio para ayudar económicamente. Polo el mecánico, una leyenda de la izquierda canaria.

Leopoldo Valido intensificó su actividad partidista con Tony Gallardo y Mela Campos apenas constituida Latitud 28 en el Club Victoria. Otro camarada le indicó a Tony la existencia de Polo –creo que fue del Toro- y la gran labor que estaba haciendo en el barrio de Arenales a nivel humano y organizativo. Al taller de coches se dirigieron Tony y Mela una tarde, y hablaron con Polo, y la conexión fue total, y desde ese momento se integró incluso en Latitud 28. Le conocí muy estrechamente un poco más tarde, cuando Antonio Cabral me mandó a una entrevista con él, pero sabía de su gran quehacer y tuvimos muchas conversaciones en el Club Víctoria, con las actividades teatrales y charlas sociales, y giras por el campo más o menos subversivas. Tengo un gran recuerdo de Polo, y de su esposa Felisa.

Por esa época conecté también con Adolfo Santana el practicante. Con Polo, Adolfo era un hombre clave en la clandestinidad. Nos citamos a través de José Carlos Mauricio un día en el bar Arroyo, de la calle Prudencio Morales en La Puntilla. “Aquí es más seguro, la Brigada Político Social se mueve mucho más por el centro de la ciudad, por Triana, Vegueta, por los organismos oficiales”. Le dije que cerca del bar estaba el Club Victoria, y la policía secreta franquista ya comenzaba a sospechar de las actividades de Latitud 28. “De acuerdo, pero si me ven contigo van a creer que estamos hablando de la Unión Deportiva”, me dijo con una sonrisa. Adolfo era un experto en seguridad y tenía en su casa de Tafira todo el aparato del partido, multicopista, planchas, octavillas, panfletos, etc. Con Salvador Sánchez Borito, excelente luchador, formamos un trío en el aparato de propaganda que se extendía a Emilio Díaz Miranda, y dos o tres camaradas más que no sé si les agradara que cite sus nombres. Tenía numerosas claves de la organización política y tenía instrucciones desde la etapa incluso de Germán Pírez de no discutir de política, que nadie sospechara que era de izquierda, y mucho menos del partido. “Me tengo que morder la lengua cuando doy con un fascista que empieza a poner a parir a la República, a los rojos, y a enaltecer al franquismo. No puedo dar a conocer mis ideales, pero todo sea por la seguridad de mis responsabilidades”. En su casa de Tafira nos reuníamos con cierta frecuencia, y en un auténtico zulo tenía todo un arsenal de material de propaganda y una multicopista, una vietnamita en donde se hacían la mayor parte de las tiradas de octavillas, llamamientos, publicaciones, etc. Hace pocos años, antes de su muerte, con Emilio Díaz Miranda, que viene casi todos los años de vacaciones desde Alemania, me reuní de nuevo con Adolfo, y pasamos una tarde larga hasta bien entrada la noche recordando viejos tiempos. Adolfo ya tenía un alzheimer incipiente, comenzaba a notársele la enfermedad, pero todavía era un conversador apasionado. Meses después el gran camarada y amigo murió. Por esos años la dirección del partido en Canarias entabló una fuerte discusión con la dirección nacional que mayormente radicaba en Paris y en Moscú, y se planteó cambiar el nombre del periódico clandestino El Obrero y llamarlo Tierra Canaria, y de PCE en Las Palmas y PCE en Tenerife, también cambiarlo para denominarlo Partido Comunista de Canarias/Partido Comunista de España (PCC/PCE) cosa que logró Mauricio tras muchas discusiones con Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri. Pepe Alemán fue un gran director de Tierra Canaria pese a las cortapisas de Mauricio y Fernando González.

Aparte de mis responsabilidades en el aparato de Propaganda y Comunicación, Antonio Cabral en plan irónico me dijo un buen día “bueno, como estudiaste en la Escuela de Comercio y algo te habrá quedado de conocimientos contables, te voy a integrar en la secretaría de Finanzas. Vete a ver a estas dos personas, reten los nombres y las direcciones y destruye el papel”. Las dos personas eran el industrial molinero Emilio Etala, propietario también de otros negocios, y Mateo González, dueño con sus hermanos Juan y Celo de la ferretería Viuda de Mateo González e hijos con las instalaciones en la calle Albareda, al lado de dos tiendas, la de Doña Juana y la de Doña Joaquina,  en lo alto vivía Manuel Teixeira Ventura, que fue vicepresidente del Club Victoria con Antonio Ruíz Sánchez de presidente, ambos facilitaron siempre las actividades de Latitud 28. Toda mi familia, y la de mi mujer, Pepa Pérez, especialmente su padre Antonio Pérez, eran muy amigos de los propietarios de la ferretería Viuda de Mateo González e hijos. Mateo cuando me vio llegar dio un respingo, porque era íntimo amigo de mi padre, con el que había estado en el campo de concentración de La Isleta, pero no sabía que militaba en el partido.  Se llevó una gran alegría y a partir de ahí estrechamos nuestros lazos de amistad. Mateo González y Emilio Etala me entregaban cada dos o tres meses un sobre con dinero que le pasaba a Antonio Cabral. En el partido por su funcionamiento por células clandestinas para evitar los golpes de la Brigada Político Social, te llevabas más de una sorpresa con amigos que no sabías que estaban metidos en el ajo. Con respecto a Emilio Etala, aparte de dar dinero al partido, prestó la casa que fue sede en Prudencio Morales. Cuando le conocí me llevé una gran sorpresa por su calidad humana, un empresario industrial, un molinero como me decía que era, pero de una gran categoría intelectual. Tenía libros clandestinos en su biblioteca muy bien organizada, y era un apasionado de Pérez Galdós, Vicente Blasco Ibañez, y de los más modernos, García Lorca, Blas de Otero, Miguel Hernández, y le gustaba mucho las obras teatrales de Alejandro Casona. Una gran persona, Emilio Etala…

La mejor anécdota en aquella época es que una tarde cuando fui a conectar con Mateo para nuestras actividades no confesables y muy clandestinas, estaban también mi padre, y con ellos Juanito González, y creo que Celo, el hermano menor, también en la oficina de la ferretería. Mateo dirigiéndose a mi padre le dijo: ¿Felo, conoces a este joven? Es un buen amigo, de la nueva camada“. Mi padre aunque sospechaba por esa década de los 70 que combinaba mi trabajo en La Provincia con la clandestinidad política, se hizo el despistado exclamando: ”¿Y tú qué haces aquí?“. Todos soltamos una carcajada. 

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