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Rafael González Morera

Periodista.

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El murciélago chino

La infodemia es el mal nuestro de cada día, incluido para los periodistas, que en cuestiones del coronavirus un día nos dicen que es blanco, el otro que es negro, y el siguiente vaya usted a saber. Mientras el esquizofrénico Donald Trump acusa a China de expandir el coronavirus, la Organización Mundial de la Salud (OMS), organismo de la Organización de Naciones Unidas (ONU), lo atribuye a unos murciélagos que andaban en un mercado de Wuhan, y que fueron el inicio de la contaminación masiva. Concretamente el Director General de la OMS, Doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha dejado con el culo al aire a Trump, desmintiendo una y otra vez sus afirmaciones sobre las sospechas de que China había creado el virus letal en un laboratorio químico.

Por si fuera poco, el diario norteamericano The New York Times publicó un informe en enero pasado afirmando que el murciélago grande chino Rhinolophus ferrumequinum, es el principal culpable de la pandemia, en un artículo escrito por el periodista científico James Gorman. El presidente norteamericano, que dice mentiras cada vez que abre la boca, quiere ganar las elecciones en noviembre con la infodemia, es decir, con la madre de todas las mentiras. Habla pestes de China, pero también de la frontera del sur, de mejicanos, guatemaltecos, hondureños, salvadoreños, y todo lo que se mueve en la trasera del Imperio.

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Infodemia y confusión

Estamos en el año de la confusión, en primer lugar porque el coronavirus, o COVID-19, es un bicho maligno al cual los científicos todavía no han podido controlar, ni siquiera identificar. De la pandemia ha nacido la “infodemia”, que consiste en que se generado una excesiva cantidad de información referido al problema del coronavirus, y esta “infodemia” ha sido la causante que se haya llegado a una gran confusión. El problema es que estos desconocimientos han generado una alarma social dentro del estado de alarma, y entre que si esta mascarilla es la buena, y aquella otra no es eficiente, que si en la playa aparte de caminar se puede nadar deportivamente, y tantos detalles no suficientemente aclarados, llegamos a casos como el que se ha dado recientemente en Irán, que se extendió el bulo que ingerir alcohol  industrial prevenía del corona virus, y esta barbaridad causó al menos treinta muertos de entrada, y un aumento espectacular de la compra del dichoso alcohol.

Entre tanta consusión y la nueva “infodemia”, me tropiezo con el libro de José de la Vega, impreso en Amsterdam en 1688, en el cual se describe un diálogo curioso entre “filósofo agudo, un mercader discreto y un accionista erudito”. Creo que de producirse ese diálogo en el momento presente el filósofo diría que está terminando una página de la historia después de que el mundo capitalista intentara sin éxito ser uno solo, el final de la globalización se siente, se siente, está presente. Cómo al parecer la confusión es lo que más reina en el mundo, no se puede uno fiar de los pronósticos del Fondo Monetario Internacional (FMI) ni del Banco Central Europeo (BCE), y menos al estar Lagarde de presidenta del primero y De Guindo de vicepresidente del segundo, menuda pareja.

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Miedo al PP y a Vox

No hace falta explicar mucho que tengo amigos en Madrid que están acojonados por las actuaciones de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad y dirigente del PP. Incluso un amigo de derecha, que haberlos haylos y tenerlos tengo, me dice que la próxima vez que haya elecciones está decidido votar a Ciudadanos “que está adoptando una posición más lógica, más humana, y más sensata”. Trágala, trágala, le digo a mi amigo madrileño, que además es forofo del Real Madrid, que no se fíe de Ciudadanos, que ahora tratan de competir con el Partido Popular, pero que en el futuro volverán a sus posiciones “bancarias” y del IBEX 35. En realidad mi temor al Partido Popular y a Vox es más asimétrico, porque no sabe uno a qué atenerse en primera instancia, y posteriormente se asemejan a los falangistas y franquistas de la guerra civil española, y eso mete miedo.

Cuando Isabel Díaz Ayuso dice que si hay muertos por el coronavirus, también hay muchos muertos en accidentes de coches, se me ponen los pelos de punta y pienso hasta donde va a llegar esta asimétrica “pepera” en decir disparates que tiene incluso a medio Madrid de la Castellana a Cíbeles, pasando por Salamanca, acongojado. Menos mal que en Lavapiés, La Latina, Carabanchel, Usera, Vallecas, Díaz Ayuso pinta poco, o más bien nada y me dicen que allí los vecinos se preparan para darle la gran batalla al PP en las próximas elecciones. Aparte del tremendo follón que hay en la Comunidad de Madrid entre PP y Ciudadanos, las barrabasadas de miembros “peper@s” han sido realmente escandalosas, como por ejemplo la penúltima de Consuelo Álvarez de Toledo de acusar a La Sexta de estar contra la democracia (sic).

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Miedo

“El valiente no es el que no siente miedo, sino el que a pesar de tenerlo actúa.” He sentido miedo en estos días de coronavirus, y eso que afortunadamente no me ha alcanzado el bicho maligno. El miedo es intangible, pero a veces se vuelve latente, presente, y te agarrota hasta el punto que delante del ordenador decides aparcar las ideas. Me da una impresión fatal la plazoleta de Farray vacía, en silencio, veo tiendas y bares cerrados, y me acerco a Las Canteras para comprobar que en El Charcón hasta las viejas, las salemas y los sargos, tienen miedo. La virulencia del choque económico ha puesto a la economía a los pies de los caballos, y el cisne negro se cierne sobre la gente, en especial contra las clases trabajadoras.

Leo informaciones de diversas procedencias,el Fondo Monetario Internacional apunta a que el impacto económico será muy elevado, superior a la crisis del 2008, y que el impacto de la epidemia será muy profundo, superior al experimentado durante la Gran Recesión. Leo un informe en 'The Economist', y siento más miedo, porque plantea que la diferencia de lo que ocurrió en 1929 con la crisis de ahora, es que en aquella ocasión la gran crisis tocó esencialmente a los países desarrollados. Ahora se extiende por todo el planeta sin freno, y las noticias que llegan son escalofriantes, con algunas locuras como las de Donald Trump que plantea curar a los afectados de coronavirus con desinfectantes. El problema es que el esquizofrénico presidente de USA tiene el maletín atómico, y es capaz de echarle lejía como divertimento.

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José Manuel Baltar y Julio Pérez

No tengo la menor duda que tanto José Manuel Baltar, el anterior consejero de Sanidad, como el actual, Julio Pérez, son dos buenos profesionales cada uno en su ámbito. Haciendo un resumen de los conocimientos de Baltar, resaltar que es licenciado en Matemáticas, máster en Economía de la Salud y Gestión Sanitaria, y sus títulos han sido obtenido entre la Universidad de Santiago de Compostela y Las Palmas de Gran Canaria. Profesional de la Sanidad de reconocido prestigio llegó a ser Vicepresidente Nacional de Clínicas Privadas, llegó a su cargo de la Consejería con el objetivo de reducir las listas de espera, cosa que no consiguió, pero si incrementó los conciertos con la clínica San Roque a partir de su cargo oficial, y por este y otros motivos fue definido como “el zorro que cuida a las gallinas”, por su procedencia de alto cargo de la sanidad privada a la pública, concretamente del Grupo San Roque.

Hasta el momento de su nombramiento en el Gobierno regional, Baltar ostentaba el cargo de director de Operaciones de Hospitales San Roque, entidad con la cual el gobierno firmó en 2015 conciertos sanitarios por 20 millones de euros, unos conciertos que sonaban con excelente música de euros. Aparte del cargo que ostentaba a nivel nacional, era también secretario de la Asociación de Clínicas Privadas de Las Palmas. Con todo este bagaje profesional creo que se equivocó al aceptar la propuesta de Fernando Clavijo para asumir la Consejería de Sanidad,  proviniendo de una clínica privada, la de San Roque.

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El incierto postcoronavirus

Los economistas ya están haciendo cálculos, y también cálabas, que como saben mis amables lectores son suposiciones o cálculos a partir de datos incompletos o de indicios, suscitan controversias sin conocer lo que ocurre, y en definitiva son más que nada elucubraciones porque ni siquiera ha terminado el ciclo del coronavirus, y ya se analiza el post, los pross, las contras, siempre muy al gusto de la tendencia de cada economista. Después de una sesuda jornada en la que me leo varias tesis y antítesis de lo que será el mundo mundial en el postcoronavirus, llego a la conclusión de que en el próximo futuro, más pronto que tarde, la naciones de Oriente (China, Japón, Singapur, India) superaran a las de Occidente, cuyos máximos exponentes hasta ahora son Estados Unidos y la Unión Europea, al tener conocimientos de estos futuribles pronósticos convoco a la familia por video conferencia, y les digo a mis hijos que todos los nietos es muy pragmático que estudien idiomas orientales, especialmente el chino mandarin, y escucho y veo (técnica moderna, off course) que mi nieto el mayor Miguel Alejandro González Ramírez musita en bajita voz “abuelo ya está delirando, ¿no tenemos bastante con el inglés y alemán, ahora también chino?”. y recibe enseguida un comentario solidario de mi nieto el menor, Iker Sánchez González, que el muy burletero comenta “de tanto tiempo de estar encerrado, sin ver su playa de Las Canteras, está como el Quijote, un tanto turuleta y diciendo boberías, y ahora le ha dado por el idioma chino”.

Está claro que con esto del confinamiento, del encarcelamiento domiciliario, nos enfrentamos al peligro a un escenario que tiene como consecuencias en nuestro estado de ánimo y salud psicológica, y según varios psquiatras, psicólogos y sociológos las reacciones más habituales son las de miedo, ansiedad, desánimo, desesperación, y cuando leo un análisis de Pedro Rodríguez Sánchez, miembro del Consejo General de Psicología de España, en las que dice, por resumir, que la profesión periodística, entre otras que utilizan el moderno internet, son las que tienen más posibilidades de defensa ante el enclaustramiento a que nos tienen sometidos los poderes públicos, y que los efectos de estrés postraumático en general son muchos menores entre la canallesca, por aquello que estamos mucho tiempo golizniando por aquí y por allá, y escribiendo en casa hasta en pijama, y que con el invento de internet hoy día el periodismo puede hacerse en teletrabajo y nos permite meter el rejo en una tertulias de videoconferencia, y andamos los folicularios al trote todo el puto día con este tema y el otro, el análisis de Pedro Rodríguez me devuelve el ánimo y la esperanza. Pero el resumen de lo leído en plan futurible postcoronavirus he llegado a la conclusión que a nivel global mundial China será la primera potencia, Estados Unidos dejará de ser el policía terrestre, y que en relaciones más inmediatas empresarios y trabajadores tendrán que hacer un examen profundo de conciencia, y que las relaciones entre unos y otros van a cambiar profundamente con más ventaja a medio plazo para los currantes, sencillamente porque somos muchos más que los empleadores.

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Entre el mercado y la farmacia

Llevo varios días confinado, enclaustrado, y me paso el tiempo entre leer, el ordenador, la radio y la televisión. Y escribir, claro. El otro día salí “armado” de la bolsa de basura, de la tarjeta de crédito, de las listas de medicinas, y del carrito de la compra. Primero a los contenedores de basura, luego al cajero, seguidamente a la farmacia, y enfilé mi camino hacia el Mercado Central. Me gusta más que los súper, verdura y fruta más fresca, carnicería, pescadería, charcutería, panadería, en fin, más calidad y cantidad de cosas. En mi trayecto hasta el mercado no me encuentro con ningún agente de la autoridad. Al llegar hay cola para entrar, de uno en uno, y guardando el metro de distancia. Por fin puedo acceder y tranquilamente me dedico a comprar. Termino y vuelvo a casa, y me sorprendo al llegar a la Plaza de España: hay un destacamento de la Unidad Militar de Emergencia (UME) con dos tanquetas y más de veinte soldados que me paran y me piden la documentación. Afortunadamente no es el estado de guerra, es el estado de alarma. Un amable sargento traba conversación, muy amable, muy profesional, y le hago preguntas por las restricciones de salir a la calle, aunque ya las conozco, por paliquear un poco con el militar, que me produce una grata impresión. “Usted es una persona social, muy ciudadana, se ha dirigido a mí con el carnet de identidad en la mano, ha tratado incluso de enseñarme el contenido del carrito de la compra, que no ha hecho falta.  Hay otras personas antisociales que no colaboran con las disposiciones del estado de alarma, más bien las entorpecen, incluso muchos con muy poca educación”. Hablamos incluso del trabajo de la UME, de la gran labor humanitaria que hacen, en los incendios, en los graves accidentes, en las inundaciones, y ahora combatiendo al coronavirus. Un Ejército del pueblo y para el pueblo, ya no es aquel Ejército fascista/franquista que en vez de servir al pueblo lo oprimía, y veía a la gente como enemiga. Ahora ayuda, está inmerso en el pueblo.

Llego a mi casa y me llama al rato mi nieto Iker, el más pequeño, pero que tiene un palabrerío, una dialéctica que en muchas ocasiones me sorprende por las cosas que dice, por las recomendaciones que me da. “Abuelo, ya te he dicho que no salgas a la calle, que hay muchos virus, y dicen que las personas mayores se pueden contagiar con más facilidad”. Le respondo que fui a comprar medicinas y al mercado, y de entrada va y me dice “¡bueno, si comes menos he oído por la tele que es mucho mejor, es más sano, pero de todas formas, derechito a casa cuando termines de hacer la compra!”, y como hablamos por videoconferencia, veo su sonrisa de pícaro, y se me ocurre decir “bueno, tú sabes que a mí el coronavirus es difícil que me contagie, y tú sabes el motivo”, y me contesta riéndose “sí abuelo, porque tú eres republicano y las coronas incluidas la de los reyes salen corriendo cuando te ven, qué chachi, qué chachi”, dice el muy gracioso con otra carcajada. Llamo a mi nieta Adriana, que está muy enfadada porque se le chafó muy a última hora un viaje a París, y me dice “¿abuelo, cuando va a terminar este suplicio?”, y le digo que tenga paciencia, pero que su generación tiene la ventaja de tener móviles, audioconferencias, PC, no sólo teléfono fijo, como en mi época y en la de sus padres, que son mis hijos, menuda diferencia. “Vale abuelo, pero estoy encerrada en casa y es muy duro”. De repente me llama un amigo y me plantea que se va a organizar un grupo “antiborbónico” porque mucha gente está indignada con Juan Carlos Borbón y sus comisiones y también con su hijo Felipe, que ha renunciado a la herencia del padre cuando sabe que no puede hacerlo hasta que muera el Rey emérito. Y eso que algunos le dicen “Felipe el preparao”. Mi amigo vuelve a la carga y me dice que “hay que gente que hasta hace poco no criticaba a la monarquía y ahora hay un vuelco tremendo, tengo muchos amigos que están por la labor, y están pidiendo a gritos un referéndum entre Monarquía y República. ¿Te apuntas al grupo?

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Javier Doreste y el Megayates

Según algunos expertos, incluido mi inolvidable compañero del Diario de Las Palmas, Pepe Ferrera Jiménez, la palabra "cambullón" procede de la expresión inglesa “come buy on”, que significa “¿puedo comprar arriba?”. Cuando subían al barco, los cambulloneros intercambiaban calados, cestas de mimbre, timples canarios, bordados, ron, puros, plátanos y canarios por relojes, cámaras de fotos, radios y medicamentos (entre ellos la penicilina, que tantas vidas salvó durante la posguerra española).

En mis años de principiante de periodista, sustituía a Pepe Ferrera Jiménez cuando cogía vacaciones o tenía días libres en su página El Puerto es lo primero del entrañable Diario de Las Palmas. Así conocí más a fondo el Puerto de La Luz y a cambulloneros como Octavio Barrera Moya, hermano de Cesáreo Barrera, que fue campeón de España de boxeo y olímpico en Roma, con el cual me unía una buena amistad.

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Mi amigo Pascual Calabuig

Sabía que estaba bastante delicado tras sufrir un ictus, pero esperaba que se recuperara. No pudo ser. Mi amigo Pascual se me fue, y ya no podré charlar en el Estadio Gran Canaria, en donde nos sentábamos juntos para sufrir con la Unión Deportiva Las Palmas y en donde de forma sorprendente me relataba cosas que casi se me habían olvidado. Hasta hace un año venía de Playa Blanca en un viaje asombroso para su edad, iba en su coche hasta el aeropuerto de Lanzarote, cogía uno de alquiler en el de Gran Canaria, se llegaba al Estadio para ver a su querida Unión Deportiva, y volvía para su apartamento de Playa Blanca por el mismo procedimiento entre coches y avión. Un día le dije cómo se atrevía a hacer ese viaje, y, además, sólo, y me contestó con su ironía habitual: “Bueno, esta vez voy para mi casa en Gáldar, así que te llevo para tu casa”.

Pascual llegó a Gran Canaria el año en que nací, 1944; vino a hacer la mili por la Marina y luego se quedó trabajando como civil en la oficina, pero pronto comenzó sus colaboraciones en Radio Las Palmas. Vivió la fundación de la Unión Deportiva Las Palmas en 1949, retransmitió el inolvidable partido de la Unión Deportiva Las Palmas contra el Real Madrid en 1951, con empate a un gol; fichó por Radio Atlántico, en donde hizo muy popular el modo con el que terminaba sus comentarios ¡Pues no faltaba más! De las muchas anécdotas que tengo con Pascual, recuerdo una que me hizo una perrería motivo de risas. “Pascual, ¿a qué equipo prefieres, a la Unión Deportiva o al Valencia?”. Me contestó: “Es una pregunta tonta, a la Unión Deportiva Las Palmas, y al Valencia no lo quiero ver ni en pintura”. Me dejó sorprendido, y con una sonrisa agregó “Mi equipo después de la Unión Deportiva es el Levante”, y empezó a hablarme de su barrio valenciano de El Cabañal, de la playa de la Malvarrosa, de la afición levantinista: “Mi padre y mis abuelos eran del Levante, es el equipo popular, el Valencia es el de los señoritos”.

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Abuelos y coronavirus

Hablo con un amigo de Madrid que también es abuelo, y me quedo pre-ocupado, “Mira Rafael, mis hijos están trabajando afortunadamente, y los dos hijos de mi hija y el de mi hijo se han quedado sin clases, y ahora estamos haciendo de canguros. El primer día que vinieron, el mayor y más espabilado nos sometió a un interrogatorio “abuelo, no entiendo que no podamos ir a clase, porque cerraron el colegio”, le contesté que había un virus, y prosiguió con el interrogatorio “y ese virus malo de donde ha venido”, no sabía si decirle de la China, para que no le cogiera inquina a los chinos terminé por decirle que del aire. “Abuelo, puedo respirar?, y ya me dejó al borde del k.o. dialéctico. Mira Rafael, ya sabes lo que significa contratar una niñera, mis hijos trabajan ocho, nueve, diez horas, y no les sobra para tales dispendios, total que aquí estamos con los nietos, los otros abuelos unos viven en Valladolid, y  otros andan delicados, no están para cuidar nietos, y me veo estudiando con mis nietos, y con el mayor también en el ordenador, pero de repente va y me dice el grandullón, abuelo quiero salir al parque, y le digo que no es conveniente, que hay virus en el aire, y me remata diciéndome, “a lo mejor hay virus en al aire de la casa, abuelo, tú no tendrás el virus”,  y ya no sabía que decirle, espero Rafael no tener el dichoso virus, en Madrid hay pánico, mi mujer fue ayer al supermercado y se quedó impresionado viendo las estanterías vacías, después hablan de Venezuela, bueno lo mejor es que ya no hablan de Venezuela ni de Catalunya”.

Mi amigo madrileño terminaba diciéndome que “por mi parte, y el de la abuela, firmes y ni un paso atrás, con los nietos desde primera hora de la mañana hasta por la tardecita. Pero este dichoso coronavirus tiene a muchos amigos de nuestra generación a mal traer, y de muy mala uva”. Paseo por la Avenida de Las Canteras pensando en la cruda realidad de Madrid, País Vasco, La Rioja, Italia, y otras partes del Mundo mundial, y me tropiezo con otro abuelo canario, y para más detalle, forofo de la Unión Deportiva Las Palmas. Es más extrovertido, irónico, bromista comparado conmigo, y de entrada va y me dice “que tal el coronavirus”, y me cuenta que también anda entre nietos “mi casa parece una guardería, porque tengo seis diablillos, y ya te puedes imaginar. Una cosa positiva ha tenido el coronavirus, han suspendido la Liga de fútbol, menos mal que la Unión Deportiva no va a seguir perdiendo partidos, va de cabeza a Segunda B, qué desastre, de momento se va a evitar las derrotas y empates”. Hay cosas que son positivas desde su lado negativo, hasta Pepe Mel ha tenido un respiro del desastre futbolero a cuenta del coronavirus.

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