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La finca de San Rafael toca fondo

Diez años después de la permuta, la casona de Telde está abandonada a su suerte, saqueada y destrozada

El Ayuntamiento está obligado por sentencia firme a devolverla en plenas condiciones a Santana Cazorla

La finca de San Rafael toca fondo. (Carlota VE)

La finca de San Rafael toca fondo. (Carlota VE)

Pasan los años y el futuro de la finca de San Rafael, situada en la Higuera Canaria, en el municipio grancanario de Telde, sigue siendo incierto. Una década ha transcurrido desde que e el Ayuntamiento la comprara mediante permuta al empresario Santiago Cazorla a través de parcelas de titularidad municipal del barrio teldense de Marpequeña. Cazorla había adquirido anteriormente la finca por un coste de 2,5 millones de euros a la familia Bemjumea y la permutó a la corporación por más del doble de su valor, superando los seis millones de euros.

La operación se declaró ilegal, ya que incumplía varios preceptos legales, como utilizar la fórmula de la permuta en lugar de la compra pública, y desde entonces una sentencia judicial firme obliga a ambas partes a deshacer todo el entramado teniendo el Ayuntamiento que devolver la finca en el estado en el que se la encontró y Cazorla hacer lo propio con las parcelas concedidas.

A la espera de la vía penal, la vía contencioso–administrativa desestimó los recursos de defensa que los implicados presentaron. En el caso de la entidad pública se alegó la imposibilidad de cumplir con la resolución por el deterioro de la propiedad que además sigue estando a nombre del particular, y en el caso de Cazorla por haber construido en las parcelas y posteriormente vender los inmuebles resultados.

Mientras tanto, la realidad es que la finca lleva 10 años abandonada a su suerte, sin nadie que la vigile y, mucho menos, que la cuide. No obstante, sí ha contado con innumerables visitas por parte de okupas y saqueadoresque se han encargado de extraer objetos de valor y destrozar más de lo que por sí hace el abandono y el olvido.

Cualquier persona que se acerque al lugar puede entrar en el recinto sin ningún problema, básicamente porque una de las puertas de acceso a la finca está derribada. Además, todas las de la casona están abiertas o arrancadas, dando lugar así a una realidad estremecedora.

Ventanas abiertas de par en par que se golpean por el viento, cristales rotos, inmuebles dañados, pintadas en las paredes... Se trata del peor panorama imaginable. Incluso en una estancia, convertida ya en el típico picadero juvenil, se puede leer "la habitación de los pinchitos". Es difícil encontrar un rincón que no haya sufrido un desperfecto.

Caminar por el interior es una difícil tarea porque, aparte de los cristales que se desprenden del techo y que caen, el suelo está lleno de restos de muebles, sábanas, cortinas (ninguna queda en pie), latas, botellas, colchones, almohadas y basura. Además ya no queda nada de valor, tan solo trozos de revistas y libros deshojados que se aprecian entre tanto desecho. Los sanitarios tampoco se han salvado de las actuaciones de los vándalos, que más que dedicarse solo a sustraer lo que considerasen, destrozaron todo a su paso. También ha desaparecido todo tipo de instalación eléctrica.

Incluso la ermita anexa a la casona ha sido destinada al hospedaje de extraños. La imagen de la virgen ya no se encuentra en el altar y las cruces de madera que adornaban las paredes están tiradas y rotas por el suelo.

Ni un habitáculo del recinto se salva del caos salvo la azotea, en la que, a pesar de la tierra y ramas traídas por el viento, solo se pueden encontrar botes de pintura vacíos y secos y algunos cristales rotos, panorama nada comparable con el del piso inferior.

En cuanto al amplio terreno que rodea la casona, está totalmente seco y descuidado, al igual que los tres estanques que están próximos a la misma. Solo quedan vivos algunos árboles por fortuna del destino. En el invernadero se pueden encontrar macetas vacías y la barandilla que da paso a él está arrancada y tirada en el suelo. También ha corrido la misma la suerte la que da acceso a la entrada principal de la casa.

No obstante, aún queda un rincón de la finca que sí sigue en actividad, un pequeño garaje que está abarrotado de garrafas vacías y en el que alguien pone de comer a gatos que han hecho del lugar su casa.

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