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Ausencias

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César Martín

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(Vacío. Páginas en blanco. Nada en el diario después del domingo. Es extraño pensar en lo que ya no es. Ni será…)

El teléfono hoy sigue sin sonar y ya han pasado treinta años. Ya no espero la llamada alegre a razón de cualquier anécdota que hiciera que te partieses de la risa, historias que no podías esperar a contarme más tarde cuando nos viéramos, sino que, quién sabe ahora si como señales de un tiempo que se derretía en tus manos, apresurabas a detallarme lo más pronto posible al otro lado del aparato. Y no importaba si eran las tres de la tarde o las cinco de la madrugada, vivías el momento tan intensamente que tenías que compartirlo. Ahora recuerdo con nostalgia esas conversaciones en las que reías tanto que apenas se entendía lo que intentabas contar. Yo tampoco hacía mucho esfuerzo por comprender, simplemente me contagiaba del alborozo, de la carcajada fácil, sin importarme demasiado la trama y solo dejándome llevar por esos ratos de pequeña felicidad que ahora tanto echo de menos.

Trato de recordar todo lo vivido como un pequeño homenaje a tu historia, como una manera de conservar tu presencia, como si de mi olvido dependiera tu existencia. Pero es imposible. Me cuesta recordar tu voz y me odio por ello. Vago por los recuerdos de mi memoria incapaz de asir lo intangible. Confundo instantes, mezclo fechas y lugares, no estoy seguro si pasó, si lo soñé o lo estoy exagerando. Maldita humanidad imperfecta… pasa el tiempo e inevitablemente, los que quedamos, continuamos el camino dejando cosas atrás; ahora vamos a otros asuntos, con otras personas, en otro tiempo, con nuevos proyectos, con otras ideas e ilusiones, y sí, pasan días en los que ni me acuerdo, cierto, pero también es verdad que nunca seremos los mismos.

Ausencia de vida, estatua de sal. Petrificado en la imagen, inerte. Miro tu foto y dibujo la sensación de tu mirada, de tu cuerpo frente al mío. Este momento nunca estuvo previsto. Cierro los ojos y por un instante acaricio la sensación de tenerte a mi lado. Pero no estás. La inmortalidad del retrato contrasta con mi reflejo en el espejo: tú rezumas lozanía y en mí han hecho mella los años...

Siempre será tarde, siempre. Jamás alcanzaremos a justificar los momentos, a completar el cometido, a saciar la necesidad del amado. No estaba preparado para esto ni lo estaré nunca. Tampoco perdono. Que las cosas sean así no es razón para abrazarlas como dogma. Me niego a asumir la condena impuesta por ley de vida, aunque su contenido sea irrefutable, pese a que no tenga sentido luchar contra lo inevitable. Me rebelo contra los caprichos del espacio tiempo, contra esta naturaleza finita que no logramos entender. Y me da igual si la batalla está perdida de antemano, si el fin está cerca o no, porque en lo utópico de mi lucha encuentro la única forma de darle sentido a cada respiración.

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