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Opinión - Meterse en un jardín, por Esther Palomera

Uno de once (jueves)

Calendario.

A las 11.00 de hoy hablé con Carlos y esa charla me bastó. Realmente (mi hija Teresa, que también está en casa por civismo envuelto en imperativo legal, hubiera utilizado el barbarismo “en verdad”) no hablé ni charlé con Carlos, que lo sepan: solo intercambiamos por Telegram unos mensajes rápidos, directos y siempre amables. Con eso nos bastó. Bastó el aprecio…

Supe al instante que había sido un acierto trasladarle la idea con la que me había despertado este jueves, que no con las que había soñado. Eso sin duda me dio alas. Me sentí todopoderoso, libre en mi zona intramuros e inyectado de suficiente solvencia emocional para aguantar tantos días como hicieran falta en este retiro de las alturas. Me vine arriba. Después del telediario, debo reconocer, ya cambió un poco la cosa. Volvió ese aire semipolar que atormenta.

Hablé a las 11.00 con Carlos y en seguida supe que la idea entusiasmaba. Me lo dijo la lluvia, el hecho de que no parara de llover en ese momento. ¡Hacía tanto tiempo que las gotas no chocaban contra el ventanal! De hecho, mi casa ya se había convertido en un oasis y todo su exterior en el mismo desierto, erial puro erial, con barranco que rompe la ciudad, con sus márgenes y esqueletos urbanos bien arrimados, secos y polvorientos.

Todo eso fue a las 11.00 y creo que la hazaña terminó, las llamas se acobardaron…, sobre las 11.11. Sí, aún quedaba todo el día por delante, y ya con el chute de felicidad casi vencido, caducado. Me había convertido, apenas 15 minutos después, en el clásico velocista que con su plusmarca de grandísimo atleta quiere terminar la maratón y además hacerlo con buen crono. Era un imposible. No estuve acertado, lo reconozco.

Las 11.11, las 12.00, el mediodía, la tarde temprana, la tarde tardía, la noche… Y luego a ver qué pasa con el sueño, que va y viene. Quedaba un mundo por delante. Demasiado tiempo en un lugar estrecho para ser siempre feliz, para sortear sin derribo alguno todos los obstáculos visibles. Así que, como se imaginan, no todo fue tan bien como podía esperarse al principio, pese a la brillantez que se dibujó desde el ventanal oeste de mi piso undécimo al desatarse el regalo inesperado de la lluvia. Son las 11.11. Todos los días se aprende algo. Lo sé.

De las 11.11 en adelante, cuando ya desperté del lapso de buenas noticias, me enfrenté a un chorro de ellas poco alentadoras, todas las del Covid-19. Primero me alertó la máquina pica-pica que escarba, y nadie sabe por qué, en el lecho del barranco, siempre a sus mismas horas, y también pude mirar, desde el ventanal oeste de mi undécimo, la piscina más provocadora ahora con aguas tranquilas, en sus horas más bajas. Las banderas no ondean en el estadio.

En la calle, nadie, ni un perro, por lo menos en los alrededores. El perro sí estaba cuando fui a encargarme de parte de la compra: un perro escuálido sin mascarilla y una señora con mascarilla que lo mantenía atado a la correa; ambos delgados, muy delgados, dos muy delgados en una plaza vacía y oscura. Era el desierto. Fue la primera escena de terror del día. 

Seguí hacia la vía principal del barrio y en la farmacia de la esquina se posaba más gente triste, pocos y casi todos mayores. Luego, la guagua verde de TITSA que sube sin alma ni fe en su interior, dos coches que remedan el paso en días de gloria y un grupo de amiguitos graciosos que disfrazan la escapada permitida de un falso guateque coloreado con latas de cerveza barata. 

Dieciséis croquetas, un táper pequeño con albóndigas, una porción de queso tierno de La Orotava, barra de pan grande (“por cierto, qué bueno está este pan, qué corteza”) y algo de carne, unos filetes (“gruesitos, que si no se pasan mucho”). Cuenta, tarjeta, caras tristes delante y detrás del mostrador y a desandar el camino con la vía totalmente libre: solo coches quietos, solo suciedad quieta, solo aire más respirable… 

Todos en sus casas, todos en sus pisos, yo en el ascensor, también solo, la llave que abre la puerta y adentro, ya de vuelta en mi castillo. Todo con banda sonora de aquella máquina pica-pica. ¿Recuerdan…? Pero ¿qué coño hace esa gente en el fondo de barranco? Es la pregunta sin respuesta que se hace todo el edificio.

Ya comí, teletrabajé con intensidad y lo seguiré haciendo, que esto va de estar disponible las 24 horas. Ahora me quedo desinflado. Mi gente comió y se echó un rato (lo llaman siesta); ve cine, charla, lee, estudia y juega. Aplaude a las siete. Se mueven por toda la casa de los dos grandes ventanales, oeste y sur, y miran abajo una y otra vez desde el undécimo. 

En tierra firme no hay nadie, ni los perros. La lluvia se ha recogido muchas horas antes de que llegue la segunda primavera de este 2020 y yo ya me veo terminando este texto para iniciar una serie de relatos que me harán vagar (y ser feliz) por estos diez días restantes de (¿la primera?) cuarentena.

Mañana también hablaré y charlaré con Carlos para buscar la nueva inyección vespertina de energía. Ah, y gracias a Jorge Berástegui por el regalo sorprendente de anoche, por ponerme fácil acudir a la cita con El huido. También gracias a mi gente por siempre procurar ser feliz. No permitan que se les escape este tiempo de reclusión dictada por el BOE sin intentar aquello de enamorarse poco a poco de la poesía. La poesía lo es todo.

Mañana seguro que tendré una noche algo más difícil porque descansa Buenafuente. Eso creo… Igual es hasta la más divertida. Nunca se sabe, chicos. Hasta el viernes a esta misma hora. Salud con ganas.

Algunas sugerencias artística:

Duele el dolor, decías, pero si uno es valiente

las pequeñas espinas son pequeñas.

Raquel Lanseros, del poema Compatriota de los robles (en la antología A las órdenes del viento -Valparaíso Ediciones-)

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Documental canario: El huido, de Pablo Fajardo

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Publicado el
19 de marzo de 2020 - 21:07 h

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