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El agua salpica

Nacho Martín, periodista.

Nacho Martín, periodista.

Si el hombre la pisa, el agua salpica, que dijo Joan Manuel Serrat cuando le cantaba a la Utopía. El agua sale, corre, limpia y vuela. Viene y va. Pero también mancha cuando se revuelve, cuando la maltratan. Y hierve. Como hierven los vecinos del Puerto de la Cruz, cuya agua no lava ni sacia. Solo enturbia y ensucia. Serrat no habló de los vecinos del Puerto, de los 14.000 que no pueden beber ni de los 500 que salieron a las calles a proclamar su sed, que no es una sed de andar por casa, sino una de justicia. Es hartazgo. No habló Serrat de ellos, que en realidad no son ellos, sino que somos todos desde hace ya más de treinta días.

Del agua del Puerto no puedes beber, ni cocinar. Solo sirve para salpicar a su alcalde, que dice estar, pero que no resuelve. Que ve como de reojo; a mí no me mires. Como si aquello ocurriera lejos, no se sabe dónde ni a quién. Como si la sed de sus vecinos le fuera extraña. Como si su ciudad le fuera ajena. Marcos Brito mira, miope, a los habitantes del Puerto con sus garrafas a cuestas. Sin entender que, igual que puede correr o volar, salir o limpiar, la de su municipio salpica. Y le salpica a él.

El problema del Puerto, de sus vecinos, de los turistas, de todos, que somos un poco el Puerto desde hace treinta días, no parece ser el de su alcalde, miope. “Estamos con los vecinos”, asegura, sin otra cosa que ofrecer más allá de cuatro meses, que son casi una vida para quienes cargan garrafas por no beber de un agua que han de pagar. Circunspecto, serio. Como si la cosa fuera con otro. Como si fuera Marcos Brito, pero menos Marcos Brito, dadas las circunstancias.

Los 14.000 vecinos del Puerto que sufren restricciones de agua y los 500 que se movilizaron el fin de semana tienen razón. No es de recibo, o quizá sí, eso mismo, estar más de treinta días sin poder beber del grifo. O cocinar. O ducharse. Mientras el alcalde pide cuatro meses y comprende y promete, pero no cumple, que no es política, sino un error.

Mientras escribía este domingo este artículo se me venían a la cabeza Serrat y su canción; Marcos Brito y su promesa, o su miopía, que viene siendo lo mismo. Pensaba en el agua. Que corre, que limpia y que vuela. Aquella que quieren beber en el Puerto y que no pueden porque sale turbia, como una cosa fea. Y es que no lo entiendo. Que mires como de reojo, como si no fuera contigo, como si le pasara a no se sabe quién en no sabe qué lugar. Mientras el agua hierve. Mientras revuelve la ciudad, que ahora carga garrafas. Y que salpica. Pero, sobre todo, cuando a quien salpica es a ti.

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