Aparcamiento sin coches, aeródromo sin vuelos y un puente a ninguna parte: catálogo de obras inútiles en Cantabria
Hace nueve años, en una visita de rutina unos técnicos de Educación encontraron un ascensor perfectamente embalado en el instituto de Castañeda que llevaba diez años allí, invisible ante todos. La dirección del centro cántabro lo había reclamado para salvar las cuatro alturas del centro. El Ayuntamiento recurrió a la Consejería de Educación y les mandaron el elevador. Nunca se llegó a instalar y cuando se descubrió una década después su maquinaria, al parecer, ya había quedado en desuso.
El suceso viene a la memoria al hilo de otras extravagancias de Cantabria como el aeródromo sin vuelos, el puente a ninguna parte, la piscina sin agua, las pasarelas de embarque del aeropuerto prácticamente a estrenar y el aparcamiento de diez mil metros cuadrados sin coches. Un estacionamiento subterráneo de 414 plazas que el entonces alcalde de Santander, Íñigo de la Serna, se empeñó en construir bajo el suelo del parque de Mendicouague contra el criterio de los vecinos del Grupo San Francisco.
El resultado –vaticinado por ellos– fruto del empecinamiento de su mentor no ha podido atesorar mayor fracaso después de invertir en él 7,5 millones de euros. Es un parking prácticamente sin coches desde que se inauguró en el año 2013. Su gestión es privada pero las empresas concesionarias –SIEC y Antium– llevan tiempo intentando resolver el contrato que les ata durante 50 años a un aparcamiento ruinoso a cambio de una compensación económica.
Precisamente hace un mes se conoció que el juzgado estimará su pretensión y que el Ayuntamiento tendrá que resolver la concesión. Así lo ha reconocido en el Pleno municipal el concejal de Fomento, Agustín Navarro, que expresó sus reticencias sobre el rescate. Especialmente en relación a la cantidad que exigen los gestores como compensación sobre la que no hay acuerdo.
Este verano, el Partido Regionalista de Cantabria (PRC) se interesó por el asunto y preguntó a la alcaldesa por la situación de la concesión y si se había planteado fijar bonos de alquiler a precios reducidos y asequibles para los vecinos de la zona.
Las pasarelas de embarque se instalaron en el aeropuerto cuando todavía se llamaba Parayas y no Seve Ballesteros. En 2005, cuando se hicieron obras en la terminal. Pero no se usaron. Hace años que las prejubilaron –relegadas a la condición de cachivaches– porque las aerolíneas no los utilizan y los pasajeros suben y bajan a los aviones andando por la pista así que los 'finguers' acabaron por convertirse en un aparatoso estorbo completamente inútil. Ni siquiera se usaron los días de lluvia. Los pasajeros embarcaban aguantando los chaparrones mientras, paradójicamente, la piscina del pueblo de Pesúes no tenía ni una gota de agua. Estuvo siempre vacía.
Después de invertir más de dos millones y medio de euros ni siquiera se ha estrenado. La cronología de su construcción ya fue faraónica: se empezó en 2005 y no se acabó hasta 2013. Ocho años para hacer el vaso y el edificio que alberga la infraestructura. Después empezó una larga travesía de obstáculos. En primer lugar, un desacuerdo económico con la constructora que no aceptaba entregar la obra al Ayuntamiento de Val de San Vicente. Lo tuvo que autorizar un juzgado.
En paralelo se añadieron nuevas dificultades, una vez hecho el edificio y la piscina interior el nuevo Gobierno de Cantabria se negaba a asumir los costes de mantener la instalación. El consistorio argumentó que no tenía dinero para hacerlo. Así, desde entonces, la piscina quedó a estrenar, totalmente virgen. El edificio de tres plantas con una grada para ochenta espectadores ha caído en el abandono después de trece años sin uso.
Hace unos meses, cuando el Gobierno de Cantabria quiso liquidar el Consorcio de Infraestructuras Deportivas de Cantabria que se había creado en 2007 para construir varias piscinas en Cantabria, todavía quedaba pendiente de resolver el extraordinario caso de la piscina sin agua. Este proceso implica que cada piscina pasará a estar en manos de cada ayuntamiento. Val de San Vicente hereda un edificio abandonado y vandalizado.
En su día, también resultó muy controvertido el aeródromo fantasma de Valderredible en el que nunca aterrizó ninguna aeronave porque, después de gastar 1,5 millones de euros en construir una pista de aterrizaje, Burgos levantó un parque eólico justo al lado, en la frontera con Cantabria, en la Lora, que impedía el tráfico aéreo por motivos de seguridad. La pista se construyó como base de operaciones para aviones de lucha contra los incendios. Actualmente, es un absurdo e inútil páramo de asfalto de más de un kilómetro de largo y 30 metros de ancho, junto al Observatorio Astronómico de Cantabria y el río Ebro.
El aeródromo se empezó a construir en el año 2005 y en paralelo fueron advirtiendo que sus vecinos de linde, los castellanoleoneses, comenzaban a instalar a pocos metros los primeros molinos de viento. Ambas trincheras siguieron con sus obras sin inmutarse con la desventaja final para Cantabria de que cuando solicitó permiso a la Agencia Española de Seguridad Aérea para poner en marcha la pista, se lo denegaron. El aeródromo se inició primero, pero acabó igualmente perjudicado. La cercanía de las hélices impedía aterrizar y despegar con seguridad. Ni siquiera les dejaron utilizarlo para helicópteros. Ahora queda una pista inservible y una caseta abandonada.
Quizá una de las infraestructuras más desconcertantes es el puente atirantado –sobre la autovía de entrada a Santander, la S20, a la altura del Parque Científico y Tecnológico de Cantabria (PCTCAN)– que no va a ninguna parte, prácticamente solo le cruza, de regreso, la línea 13 que llega hasta el barrio de Rucandial. Una obra del ingeniero Juan José Arenas de más de cien metros con carril bici que costó 4,8 millones de euros y que conecta el parque tecnológico con las verdes praderas donde, de momento, no requieren el tránsito de vehículos.