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El papel de España en el saqueo del Sáhara Occidental y la carrera por la harina de pescado

Ian Urbina

The Outlaw Ocean Project —
9 de octubre de 2026 22:40 h

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En el año 2020, unos manifestantes saharauis bloquearon una autopista para impedir que los camiones sacaran harina de pescado del Sáhara Occidental. Para ellos, aquella carretera simbolizaba algo mayor: Marruecos no solo estaba ocupando su territorio, sino que se lucraba con él. Una explotación económica que involucra a la Unión Europea y, especialmente, a España.

En aquel bloqueo lograron detener unos 200 camiones marroquíes y mauritanos. Muchos transportaban harina de pescado, un polvo amarillo oscuro que se obtiene tras cocinar y moler el pescado, transformándolo en alimento para la acuicultura y la ganadería industrial.

Poco después del bloqueo, Marruecos envió a sus soldados para despejar la carretera. Según el Frente Polisario, el movimiento que defiende la causa saharaui, las tropas abrieron fuego contra los manifestantes y los combatientes saharauis respondieron con disparos. Un enfrentamiento que rompía el alto el fuego de 29 años, devolviendo al territorio a una guerra de baja intensidad que gran parte de Europa había preferido ignorar. En el centro del conflicto no solo estaba el territorio. También se trataba del pescado.

La organización periodística The Outlaw Ocean Project, con sede en Washington, ha sacado a la luz los costes ocultos de la ocupación militar del Sáhara Occidental dentro de una investigación global en la que ha identificado más de 1.400 fábricas de harina de pescado en 64 países, rastreando las cadenas de suministro que conectan a los buques pesqueros con las plantas de harina de pescado, las fábricas de piensos, las piscifactorías, las marcas y las tiendas de alimentación. Los costes ocultos descubiertos en este reportaje rara vez aparecen en las cuentas de las empresas pesqueras que dependen de la harina de pescado. Entre ellos figuran el hambre, recursos agotados, migraciones, hedores tóxicos y aguas contaminadas.

La pesca y los productos derivados del pescado figuran entre los recursos más valiosos que Marruecos explota en el Sáhara Occidental. Un comercio del que Europa se ha beneficiado durante años, con España ocupando un papel central. Las aguas del Sáhara Occidental figuran entre las más ricas de la región, alimentadas por los afloramientos de nutrientes que generan las surgencias de la Corriente de las Islas Canarias. Según los datos del propio Gobierno marroquí, más del 60% de las capturas marroquíes procedieron de aguas del Sáhara Occidental en 2020. En 2025 había al menos 14 plantas de harina de pescado en funcionamiento en el Sáhara Occidental, en su mayoría registradas en Marruecos y controladas por ese país en gran medida. Marruecos es el mayor socio comercial de España en harina de pescado, responsable de una cuarta parte de las importaciones españolas.

Unos hombres descargan pescado recién capturado en el puerto de El Aaiún, la ciudad más grande del Sáhara Occidental.

Hasta el año 1975 España era la potencia colonial encargada de administrar el territorio. Aunque históricamente la postura pública de su gobierno haya sido apoyar un referéndum respaldado por la ONU para la autodeterminación del Sáhara Occidental, Madrid se ha acercado en los últimos años a Rabat, alineándose con la posición de Marruecos y en contra de lo que los tribunales europeos vienen dictaminando una y otra vez: que Marruecos no tiene soberanía sobre el Sáhara Occidental.

Una de las razones por las que España y el resto de Europa han cambiado de postura sobre esta cuestión es el control que Marruecos ejerce sobre las migraciones para proyectar su poder. Cuando el Tribunal de Justicia de la Unión Europea confirmó la sentencia que exigía a la Unión Europea (UE) vetar la extracción marroquí de recursos del Sáhara Occidental para exportarlos a Europa, Rabat amenazó a Bruselas: en el año 2017, Marruecos advirtió a la UE de las graves consecuencias que generaría no aplicar plenamente el acuerdo comercial, provocando “un nuevo flujo migratorio” y poniendo al continente europeo “en peligro”.

El rey Mohamed VI de Marruecos había dado otra pista sobre las consecuencias políticas que sufriría la UE si reconocía los derechos del Sáhara Occidental. Un año antes, durante un discurso en la primera reunión de Marruecos con el Consejo de Cooperación del Golfo, había dicho que el Gobierno marroquí estaba reforzando los lazos con países como Rusia y China, aunque seguía valorando su asociación con la UE, y que no aceptaría ninguna injerencia en su “política interna”.

En 2021, después de que el Gobierno de España permitiera entrar al país al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, para recibir tratamiento médico, Marruecos relajó los controles fronterizos y unos 8.000 migrantes entraron en Ceuta en cuestión de horas. El mensaje era inequívoco: la postura de España sobre el Sáhara Occidental podía generar consecuencias políticas inmediatas. Al año siguiente, en un intento por mejorar las relaciones, España respaldó el plan de autonomía de Marruecos como el fundamento “más serio, realista y creíble” para resolver el conflicto del Sáhara Occidental.

De acuerdo con los datos de la balanza comercial, desde el año 2020 España ha importado de Marruecos harina de pescado por un valor superior a 128 millones de dólares [unos 109 millones de euros]. En una fecha tan reciente como 2024, la harina de pescado del Sáhara Occidental se utilizaba en piensos empleados por piscifactorías de Grecia que suministraban lubina y dorada a Mercadona, el mayor supermercado de España (Mercadona no respondió a una solicitud de comentarios).

Durante años, los acuerdos comerciales entre la Unión Europea y Marruecos han permitido que el pescado, la harina de pescado y el aceite de pescado extraídos del Sáhara Occidental entraran en el mercado europeo como si fueran marroquíes. Dentro del acuerdo UE-Marruecos, que abarca las aguas del Sáhara Occidental, España ha sido el principal beneficiario en el acceso a la pesca. Dentro del esquema de asignaciones de 2019, los buques españoles recibieron 92 de los 138 permisos de pesca puestos a disposición de las flotas de la UE. Una evaluación posterior, respaldada por la Comisión, reveló que el 99% de las capturas dentro de ese acuerdo procedían de aguas del Sáhara Occidental, a pesar de que el pueblo saharaui nunca dio su consentimiento.

Desde 2015, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha concluido en 10 sentencias consecutivas (la última en 2024) que Marruecos no tiene soberanía sobre el Sáhara Occidental ni sobre las aguas adyacentes al territorio. Otros organismos internacionales han llegado a la misma conclusión. En más de 100 resoluciones de Naciones Unidas, así como en sentencias de la Corte Internacional de Justicia, del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y del Tribunal Africano de Derechos Humanos y de los Pueblos, se ha dictaminado que Marruecos no tiene soberanía ni mandato administrativo sobre el Sáhara Occidental.

La clave de la “soberanía proteica”

La ocupación militar de Marruecos y su extracción de harina de pescado del Sáhara Occidental se comprenden mejor en el contexto global. Con el crecimiento de la población mundial ha aumentado también la rivalidad por los nutrientes básicos. Muchos gobiernos están tratando de reducir su dependencia de la carne importada en pos de la “soberanía proteica”, cada vez más invocada por los políticos.

Los inversores están destinando grandes cantidades de dinero a alternativas como la carne de origen vegetal y la carne cultivada en laboratorio. Al mismo tiempo, las crisis sucesivas han aumentado de manera vertiginosa el precio de la carne, desde los brotes de gripe aviar hasta la guerra en Ucrania, poniendo de relieve las interrelaciones y fragilidad de los mercados alimentarios mundiales.

“Cada vez con mayor frecuencia, los países ricos importadores de alimentos y los inversores privados están adquiriendo tierras agrícolas en el extranjero”, decía un informe del centro de estudios estadounidense Wilson International Center titulado Land Grab? The Race for the World’s Farmland [¿Haciéndose con las tierras? La carrera por los suelos agrícolas del mundo], en el que se observaba que muchos de esos acuerdos tenían como objetivo garantizar el suministro alimentario futuro.

Doce de las 144 plantas de harina de pescado autorizadas por la UE que operan en el Sáhara Occidental, según un informe de diciembre de 2020.

En esta lucha mundial por los recursos, los piensos se han convertido en un campo de batalla prácticamente invisible. La competencia es especialmente feroz en cultivos como la soja, piedra angular de la ganadería industrial. “China, Estados Unidos y Brasil son, con diferencia, los tres mayores productores de carne del mundo, y están unidos por una única materia prima: la soja”, decía en 2024 un podcast del Fondo Carnegie para la Paz Internacional. “En 2018, los principales campos de batalla en la tensión comercial entre China y Estados Unidos no estuvieron en los semiconductores ni en las tierras raras, sino en la soja”. La carrera por la harina y el aceite de pescado está impulsada por las mismas razones: soberanía alimentaria y control de las proteínas. Se distingue de la soja por la geografía, y es que esta es una lucha que se libra en el mar, lejos del escrutinio de periodistas, reguladores y organismos medioambientales y de derechos humanos.

La escasez genera tensiones. A nivel mundial, la búsqueda de proteínas en forma de harina de pescado ha llevado a episodios de inestabilidad política, tanto en tierra como en el mar. La investigación de The Outlaw Ocean Project documenta un mínimo de 80 incidentes de disturbios civiles, violentos en algunos casos. En su mayoría, son huelgas laborales y protestas comunitarias relacionadas con la harina de pescado. Enfrentamientos que han sido especialmente frecuentes en la India, Perú y Senegal. Las protestas suelen desencadenarse por el hedor de las fábricas que procesan miles de toneladas de pescado en descomposición o por el vertido de residuos tóxicos en las vías de agua.

En el mar, la investigación identificó casos de sobrepesca, con capturas que suelen destinarse a plantas de harina de pescado, en los que un país incurría ilegalmente en aguas de otro. En 2021, una docena de arrastreros de fondo procedentes de Turquía trataron de embestir a un buque de investigación griego cuando los científicos que viajaban a bordo comenzaron a filmar su pesca ilegal en el mar Egeo. En 2017, un equipo de periodistas de The Outlaw Ocean Project fue testigo de un enfrentamiento violento entre la Guardia Costera de Vietnam y un buque de patrulla pesquera indonesio en aguas disputadas entre los dos países. El episodio terminó con la toma de un agente de pesca como rehén. En 2018 estallaron disturbios en la ciudad senegalesa de Saint-Louis cuando los guardacostas mauritanos abatieron a tiros a un pescador senegalés tras la incursión transfronteriza de un barco especializado en pescado para pienso.

“Colonialismo alimentario”

Mientras Marruecos agota los recursos pesqueros del Sáhara Occidental, más de 180.000 saharauis sobreviven en los campos de refugiados de Argelia gracias a la ayuda humanitaria. Pese a las numerosas sentencias de los tribunales de la UE, Europa continúa con este comercio aprovechando lagunas burocráticas. Aunque el pescado suele capturarse en aguas saharauis, y es desembarcado y procesado en fábricas de ciudades saharauis como El Aaiún y Dajla, lo etiquetan y exportan como procedente de Marruecos.

La ciudad canaria de Las Palmas ha servido como punto de tránsito para el pescado y el aceite de pescado del Sáhara Occidental. Algunos organismos de certificación, como MarinTrust, contribuyen con su respaldo tácito a la ocupación ilegal en el Sáhara Occidental. Según la ONG Western Sahara Resource Watch, entre 2018 y 2025 esta empresa certificó a diez empresas dedicadas a la producción o exportación de harina y aceite de pescado en el Sáhara Occidental, indicando falsamente que era harina de pescado procedente de Marruecos, cuando en realidad venía del Sáhara Occidental.

Para los saharauis, la preocupación sobre la exportación de pescado y harina de pescado va más allá de lo medioambiental. Sus razones son económicas, geopolíticas y hasta existenciales. En octubre de 2024, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictaminó que los acuerdos comerciales de la UE con Marruecos no podían aplicarse al Sáhara Occidental sin el consentimiento de su pueblo. Oubi Bouchraya, del Frente Polisario, calificó aquel fallo como una confirmación de “la soberanía permanente del pueblo saharaui sobre sus recursos naturales”.

Pero la política y la economía parecen ir en la dirección opuesta a lo que dictaminan los tribunales europeos. En abril de 2024, las autoridades marroquíes organizaron en Madrid un foro de inversores para la región de Dajla, vendiendo oportunidades de negocio en turismo, energías renovables, desalinización, pesca y agricultura. En octubre de 2025, el Consejo de Seguridad de la ONU pareció cambiar de postura con relación al Sáhara aprobando la resolución redactada por Estados Unidos que establecía una autonomía bajo soberanía marroquí como solución más viable para el Sáhara Occidental. Francia, el Reino Unido y España respaldaron esa resolución estadounidense y en enero de 2026, el Consejo de la UE autorizó las negociaciones con Marruecos para un nuevo acuerdo de asociación pesquera. Un nuevo test para ver si Europa, y especialmente España, volverá a pescar en aguas saharauis sin el consentimiento del pueblo saharaui.

Mientras tanto, las aguas del Sáhara Occidental ya están mostrando los efectos de la sobrepesca. Las especies capturadas localmente para la producción de harina de pescado incluyen el espadín, la anchoa, y la sardinela plana y redonda. Según un informe de la Comisión Europea publicado en 2023, la sardinela plana y redonda sufren “sobreexplotación”. Es decir, que se capturan a un ritmo superior al de su velocidad de reproducción, amenazando la viabilidad de la especie en la región.

La industria de la harina y el aceite de pescado ha recibido muchas críticas por ser una forma de “colonialismo alimentario”, alejando fuentes de proteínas vitales para las personas que más las necesitan y destinándolas al ganado de países más ricos, y a productos de lujo como el salmón y el camarón. Consultada por la sostenibilidad de la industria, la asociación internacional de la industria de la harina de pescado (IFFO, por sus siglas en inglés), respondió que su función no es “aconsejar qué mercados deben utilizar harina y aceite de pescado”. Según Véronique Jamin, portavoz de la organización, la piscicultura es “el sistema de producción de proteína animal más eficiente” y su eficiencia mejora con el tiempo. Las empresas del sector pesquero deben responder a “lo que la gente realmente quiere comprar y comer”, añadió. “Los marcos de sostenibilidad no funcionan si ignoran la realidad económica”.

Este reportaje forma parte de una investigación más amplia llevada a cabo por un equipo internacional de periodistas adscrito a The Outlaw Ocean Project, una organización periodística con sede en Washington D.C.

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