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Los escritores tienen problemas

Los humanos, incluso los que escriben, encontramos consuelo en atribuir a alguien la culpa de nuestros problemas. Por desgracia, eso no nos acerca a su solución.

Mesa redonda en la V Jornada 'El autor en el nuevo mundo de la edición' celebrada en Bilbao.

Mesa redonda en la V Jornada 'El autor en el nuevo mundo de la edición' celebrada en Bilbao.

«Por los escritores sabemos que los editores son unos hijos de puta», dice Juan Mal-herido (una creación de Alberto Olmos) en su sentida despedida a Gonzalo Canedo, de Libros del silencio, muerto en 2013.

Los escritores tienen razones para estar preocupados. Profesionales con años de experiencia declaran una merma de ingresos constante año tras año. Muchas causas confluyen. Se suele insistir en la piratería, pero no creo que sea la principal y con toda seguridad no es, ni mucho menos, la única. Otra razón es que cada vez hay más escritores publicados, porque los costes de producción de libros también han bajado notablemente. El exceso de títulos publicados no cabe en el canal de distribución tradicional; pero los nuevos autores encuentran modos de vender su producto dirigiéndose directamente a su público natural, familiares y amigos, sin que esto impida que con el tiempo pueda ampliarse.

Por si fuera poca la competencia humana, aparecen las máquinas más que dispuestas a unirse a la fiesta. La Asociación de Escritores de Euskadi celebró en septiembre la V Jornada 'El autor en el nuevo mundo de la edición', y en una de sus mesas Íñigo Mendialdua, profesor de la UPV/EHU experto en enseñar a los robots a ser creativos, informa de la creciente capacidad de la quincalla presuntamente inanimada para generar contenidos con interés literario. No es nuevo: en el mismo sentido se expresó Isabel Fernández Peñuelas, directora de innovación de Oracle, en el Congreso del Libro Electrónico de Barbastro el año pasado.

Antes de esa mesa la estadounidense Molly Barton dio mucha información sobre uno de los intentos de recuperar lectores. Imposible resumirlo aquí, pero una reflexión clave es que el «entorno frenético» en que vivimos nos empuja a rechazar actividades que exijan compromiso. Para mucha gente, al parecer, leer un libro es un compromiso muy grande. Así que Molly y su socio han inventado en lectura lo que las series de televisión son al cine: la venta de episodios breves, de aparición periódica, cuyo consumo no intimida y se vuelve adictivo. Los lectores pagan por seguir recibiendo entregas semanales: parece que es un éxito.

Forma también parte de esa innovación lo que Barton llama «poner al lector en el centro del proceso de escritura», que consiste en que no sea un escritor, sino un equipo numeroso, el que cree los originales seriados. Un equipo está más preparado para atender las expectativas del público que un solo escritor, porque puede neutralizar las peculiaridades y manías de cada uno de sus componentes. El modelo viene también de las series de televisión, donde son equipos grandes y variables de guionistas los que aportan un éxito longevo.

Es decir, que si bien aquí se emplean escritores de carne y hueso, su papel individual es muy reducido y no se parece en absoluto al del escritor tradicional. Nada que ver con el trabajo de un escritor como Fernando Aramburu, por ejemplo, que abrió la jornada la víspera (la presidenta de la asociación señaló con toda seriedad que en Bilbao una jornada dura dos días y a todos nos pareció razonable).

Escuché todo esto con mucho interés, imaginando que si yo fuera escritor tendría mucha más ansiedad que interés. Sin embargo el público del Azkuna Zentroa, formado mayoritariamente por escritores, compartía obviamente mi interés, pero no parecía en absoluto preocupado. Cuando tras cada exposición llegaba el turno de preguntas la ansiedad no aparecía por ningún lado. ¿Qué quieren que les diga? Yo estaba sorprendido. Hasta que una escritora explicó que sus problemas en el mundo del libro vienen de los editores, que deciden por su cuenta lo que se publica, les obligan a firmar contratos leoninos y además no les pagan lo suficiente. ¡Ahí le duele! Me acordé de Olmos. Los editores somos unos hijos de puta que nos quedamos el 90% del PVP de los libros, mientras que el autor solamente recibe el 10% restante, lo que es claramente un abuso. Así las cosas, no se entiende que, como dice Olmos en el artículo citado, para un editor lo normal sea «acabar arruinado y con un par de toneladas de papel en el pasillo de casa, papel que, por haberse desperdiciado en literatura, vale menos que si estuviera en blanco». Como otros autores veteranos, Olmos ha tenido la oportunidad de acercarse a mirar la trastienda de una editorial y la ha aprovechado. (Y no, no ha estado en mi casa, como pensé la primera vez que leí el artículo).

La jornada de la Asociación de Escritores de Euskadi trata de ayudar a los autores a comprender un mundo que nunca fue sencillo y que ahora, además, es muy cambiante. Ayudarles por tanto a hacer su trabajo con eficacia y provecho. He asistido a tres de sus convocatorias y me parece que cumple perfectamente con estos objetivos.

Entre las finalidades de la jornada no se incluye la de mejorar la imagen del editor. Que los escritores piensen que los editores somos unos hijos de puta no es un gran problema, por lo menos para los escritores. Excepto si creen, como parece ser en algunos casos, que ese es «El problema» y por tanto no hace falta romperse más la cabeza. Las charlas y mesas de la V Jornada 'El autor en el nuevo mundo de la edición' dan indicaciones claras de lo contrario.

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