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Barbastro, inteligencia artificial y creación literaria

Los comentarios sobre las cosas que pasan rápidamente no pueden ser sino atentados. Ensayos hechos a tientas, intentos de explicación. Ya vendrán los historiadores a explicar lo que pasó.

David González e Isabel Fernández Peñuelas en el Congreso del Libro Electrónico de Barbastro. | JAVIER BROTO

David González e Isabel Fernández Peñuelas en el Congreso del Libro Electrónico. | JAVIER BROTO

Steak de buey con anguila ahumada, esturión del Cinca, ensaladas de tomate (rosa, y justamente famoso): Barbastro parece saber muy bien que quienes discuten de cosas inmateriales, como el libro electrónico, en algún momento deben entrar en relación con materia densa para no perder el equilibrio.

En Barbastro se celebró la semana pasada la quinta edición del Congreso del Libro Electrónico. El título ha quedado pequeño, porque la tecnología y los hábitos evolucionan: ahora en este Congreso se habla además de formatos y modos de crear y compartir información; se intenta comprender lo que pasa en la fluida sociedad de la información, y cómo los profesionales del libro pueden sobrevivir en ella.

Buena parte de los cambios en la industria editorial deriva del hecho de que los libros materiales van siendo paulatinamente sustituidos por ficheros informáticos, que pueden contener texto, imágenes fijas o en movimiento, y sonidos. Se copian con toda facilidad, y se trasmiten a la velocidad de la luz (o a la de la red, bastante menor, pero incomparablemente más rápida que la distribución de libros de papel y cartón).

Pero estos ficheros no se pueden tocar: son etéreos, virtuales. De ahí la necesidad intelectual, no solo fisiológica, del buey, la anguila, el esturión y el tomate. Y, ah, ¿no hemos dicho nada del Somontano?

Aunque es un congreso dedicado sobre todo a la tecnología, aparecen inevitablemente los elementos creativos, literarios, del libro. La ponencia inaugural habla de las posibilidades de la inteligencia artificial para la creación. Los robots de momento solo escriben poemas que, nos informa la ponente mostrando un ejemplo, «sentido, no tienen mucho, pero tampoco suenan mal» (señalando precisamente lo que puede esperarse de la mayor parte de la poesía contemporánea publicada). Pero se cree que pronto harán cosas más difíciles:

- 2024, escribir un trabajo escolar

- 2027, conducir un camión

- 2030, generar una canción del Top 40

- 2050, escribir un bestseller

Otros especialistas asistentes consideran muy conservadoras estas previsiones: la inteligencia artificial está ahora mismo al borde de hacer casi todas esas cosas. Y, desde luego, lleva tiempo haciendo otras muy humanas, como intoxicar internet.

Hay un cambio sustantivo en el modo de trabajar de la inteligencia artificial. Antes a los aparatos les explicábamos lo que tenían que ver; ahora aprenden ellos solos. Por ejemplo, para distinguir chihuahuas y galletas (un meme explosivo que hizo famosa a su creadora, Karen Zack), a los programas de ordenador se les instruía dándoles reglas (un perro tiene dos orejas, dos ojos, un hocico…, etc.), y obtenían un reconocimiento correcto en el veintialgo por ciento de los casos. Pero modernamente lo que se hace es alimentarlos con un millón de imágenes de chihuahuas y otro millón de imágenes de galletas, y el ordenador aprende: el acierto en la distinción de chuchos y comida supera ahora el 93 %.

Para que el ordenador aprenda a escribir se le alimenta del mismo modo, con libros (hay ya muchos millones digitalizados). Con lo cual uno de los problemas que se plantean es de quién son los derechos de autor, una manera de discutir sobre quién es el autor. Manuel Rico, presidente de la Asociación Colegial de Escritores, presente en el Congreso, hace una observación de lo más pertinente: también los escritores humanos se alimentan de toda la obra universal anterior.

Sin ánimo de interferir con las conclusiones del congreso, resumidas por su director, Javier Celaya, Somontano y yo reflexionábamos sobre cómo la irrupción de internet y los medios digitales supuso un cambio brutal, ya muy comentado y supuestamente digerido, en las industrias culturales. El ejemplo más citado es el de los sellos discográficos, antaño todopoderosos y ahora casi desaparecidos. Se dijo que no habían sabido adaptarse, pero es probable que hacerlo fuera sencillamente imposible: la gente podía de pronto grabar y difundir música desde su casa, por lo que la obligatoriedad de pasar por las compañías del sector desapareció.

Esto fue posible porque el público aceptó en un principio producciones de menor calidad técnica: las grandes compañías trabajaban con medios carísimos, muy especializados, ausentes en la producción doméstica.

Del mismo modo, las editoriales tradicionales disponen de filólogos, diseñadores, editores, especialistas en tratamiento de imágenes, infógrafos… profesionales muchas veces autónomos cuya contratación puntual es rutina incorporada en el trabajo de las editoriales, incluso de las minúsculas. Pero de pronto aparecen autoeditores y empresas orientadas a autores que prescinden o reducen al mínimo todas estas colaboraciones, que aumentan muy notablemente los costes, sin que a muchos lectores parezca importarles la diferencia en la calidad del producto.

Este fenómeno, común a la industria del disco y del libro, ha ocurrido igualmente en otra a la que nunca se nombra en los congresos: la del porno. También aquí la producción de estudios especializados, con actores y actrices excepcionalmente dotados, se ha visto desplazada por cámaras de vídeo doméstico y el dormitorio de cualquiera, donde humanos corrientes como usted y yo interpretan voluntariosamente el guion con el equipamiento de serie que la naturaleza nos ha dado a todos. Sin que el público haya protestado.

Claro, usted y yo nunca vemos porno (excepto con fines de investigación), pero los datos de los proveedores de acceso a internet muestran un consumo enorme y sostenido. Habrá quien alegue que no es cultura, pero en realidad el porno, la música, las novelas y las series de televisión, se agrupan en el lenguaje del márketing que compartimos: son contenidos, y el público accede a ellos por los mismos canales.

Además, Somontano y yo pensamos humildemente que el porno es a la poesía y a la novela lo que el steak de buey y anguila ahumada es a los libros intangibles: una de las maneras en que el verbo se hace carne, ni más ni menos. Que no se considere de buen gusto hablar de él, mientras que no pasa nada por comentar las características de la comida, solo muestra nuestra arbitraria hipocresía, que considera respetables a unas necesidades humanas y a otras no.

Así que puede que en pocos años los robots, además de poemas y novelas, escriban los guiones de porno. Los primeros que hagan estarán llenos de galletas y chihuahuas, porque el deseo se alimenta de los recuerdos de la infancia. Pero mejorarán, e incluso puede que, en su afán por liberarnos del trabajo, los robots acaben actuando en las películas sustituyendo a los humanos: seguramente nos esperan muchas excitantes imágenes de tornillos metiéndose en tuercas y chorreando aceite por todas partes.

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