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TOLEDO

Diez años de Clandestina: “Una cocina muy trabajada, un servicio dinámico y una carta de vinos muy potente”

“Un restaurante con una cocina muy trabajada, un servicio dinámico y una carta de vinos muy potente”. Así define Óscar Riaguas, jefe de sala y sumiller del restaurante del que es, junto con el chef José Manuel Gallego, el alma, La Clandestina, un referente en el Casco Histórico de Toledo.

Este año están de celebración, cumplen diez años y pese a las danas, las pandemias, los precios, guerras y todo lo acontecido, llegan hasta aquí como un lugar consolidado, con una cocina tradicional con toque contemporáneo, una carta de vinos de 250 referencias, y un ticket medio de 40 euros. En un mes, pueden pasar por sus mesas más de 4.000 comensales.

En la calle de las Tendillas, en un local con una barra pequeña refugio de asiduos, un primer comedor amplio con un par de salas anejas más pequeñas, una de ellas en la cueva medieval de la antigua construcción, por momentos intrincado como suelen ser las casas tradicionales del casco, y un acogedor jardín interior e íntimo que lo identifica, este restaurante abrió hace una década para hacer algo diferente a lo que había hasta el momento.

Óscar Riaguas está desde la génesis del proyecto: “Cuando me llamaron estaba cansado de dónde estaba y quería cambiar. Aquí vi la posibilidad de hacer algo más mío, más personal, y me convenció poder empezar de cero y hacer las cosas como yo pensaba que hacía falta en Toledo”.

Y así lo hizo, dotando al local de una personalidad que ha marcado su trayectoria. “Las personas que trabajan hacen el local a su manera, y al final acabamos con una cocina muy de José (el chef José Manuel Gallego), muy guisandera, muy de recetario local, con una bodega grande, algo dinámico”.

Este chef ‘guisandero’, toledano de Camuñas, ha marcado con su cocina tradicional también La Clandestina. Empezó como algo provisional, “por probar” dice él mismo, haciendo “lo que no había en Toledo”, “lo que estaba triunfando en Madrid”, cocina de influencia asiática, baos, pokes, unos mejillones al curri verde que él bordaba porque acababa de llegar de Tailandia, para atraer a ese primer público toledano que no lo encontraba en otros establecimientos de la capital.

“Cuando veía que estaba ya funcionando esta cocina viajera y que Toledo empezaba a convertirse en un sitio de cocina de fuera” pero que faltaba cocina tradicional, es cuando este chef empieza a introducir aquello en lo que de verdad se reconoce. “Platos de caza de la zona porque no había sitios en Toledo donde se comiera caza, mi obsesión era meter la caza que nos permita la temporada. Poco a poco fuimos incorporándolos para ver como respondía y la gente respondía bien”.

Nacen así platos reconocidos de este local: las albóndigas de ciervo, las carrilleras de jabalí o el canelón de morteruelo, este último “uno de los platos más vendidos, es caza pero no era muy radical”.

“Nuestro canelón es el plato que identifica a Clandestina, es ese plato de cocina de aquí, pero dándole una vuelta para hacerlo más contemporáneo para que a la gente le atraiga”, asegura, aunque hay otros platos que tampoco puede quitar de la carta, como la croqueta de jamón (fue finalista en Madrid Fusión), ni la tarta de queso (premio a la mejor tarta de queso manchego), o la sardina homenaje a Sacha “porque nos identifican”.

Estos platos tienen la esencia de La Clandestina, “una cocina tradicional donde hacemos tradición como queremos con un toque contemporáneo para que llegue al máximo comensales posibles”, define Gallego.

Cada tres meses aproximadamente cambian tres o cuatro platos de la carta, y si funcionan se van incorporando, no obstante, hay algunos que no logran triunfar como “un espárrago blanco en pepitoria”, que José Manuel hace con el recuerdo de la pepitoria de gallina que se hacía en su casa, pero que no logró enganchar el comensal. Ahora piensa tomarse la revancha haciendo una pepitoria de pintada que pondrá en la carta en breve.

Intentan además que sus proveedores sean de proximidad aunque no siempre lo consiguen: “El bacalao es de Toledo, la caza es Torrecaza, el queso y la leche de oveja también del entorno, pero hay veces que te tienes que ir a dónde está el producto. Por ejemplo, los brotes y hierbas las trabajamos del País vasco”.

Uno de los puntos fuertes es el menú degustación de 35 euros con un maridaje de 15 euros, una verdadera institución en la ciudad. A esto se suma otro menú de mercado de 25 euros donde el chef recrea cada semana platos de la cocina tradicional como un arroz de caza y caracoles, unas pochas o un guiso de garbanzos como bacalao. “El menú degustación me divierte y con maridaje atrae también mucho”, dice el chef. Se convierte también en un verdadero reto para equilibrar el precio y uno de los secretos es “trabajar con lo que te da el mercado en cada momento”.

Los “vinos raros de Óscar”

Otro de los puntos fuerte de este restaurante es la carta de la parte líquida y las recomendaciones de Óscar Riaguas que convierten el espacio en refugio de amantes de los vinos que buscan probar cosas distintas que no se encuentran en otros establecimientos.

Más de 250 referencias en una carta que cambia cada semana, no menos de 20 referencias por copas entre las que un exponente de cada estilo: godello, albariño, chardonnay, airén, verdejo, un semidulce, uno o dos de Jerez; y en tinto: dos vinos locales un algo más ligero otro más potente, un Ribera y un Rioja y algo del Bierzo.

Además, “entre semana suelo tener muchas cosas para clientes que vienen aposta a beber diferentes vinos, siempre hay quince vinos disponibles por copas y si alguien quiere jugar, pues siempre estamos dispuesto a abrir algo”.

Aquí encuentras vinos que no están en otras cartas de la ciudad. “Los vinos que tengo son diferentes, vinos que creo que cuando voy a sitios que me gustan los tienen. Cuando empecé eran ‘los vinos raros de Óscar’ y hoy vendemos mucho vino, nuestra bodega sigue creciendo, nuestro mercado de vino ha crecido cada vez más y ha sido un éxito. Entiendo que la labor que hemos hecho con el vino ha sido positiva y animaría a la gente a meterse en el follón de tener una carta grande, de cambiar la carta, de poner cosas diferentes, de salirse de lo común”, asegura.

Para elegir los vinos que ofrece, Óscar Riaguas tiene una norma: “Todo vino que tengo en la carta es un vino que me he bebido y no una copa, me he bebido una botella y procuro que sea cada año beber ese vino”.

El precio base de los vinos de la carta es 24 euros, luego va subiendo, la mayoría de los vinos de la carta están entre 30 y 50 euros y luego tiene vinos, menos, de precios superiores. “Otra política que tenemos es no comprar vinos de menos de 5 o 6 euros, porque creemos que para el agricultor no puede ser beneficioso elaborar vinos de menos precio, es complicado que sea digno para el agricultor”, opina.

Todo estos ingredientes ha hecho que no sólo el cliente nacional llene las mesas de este establecimiento en el corazón del casco histórico de Toledo, sino que también es sitio fijo para los chefs que desde otras zonas llegan la ciudad.

“Tenemos la suerte de que Iván (Iván Cerdeño, dos estrellas Michelin) nos quiere mucho y nos envía gente a comer o cenar”, asegura Óscar. El punto álgido se produjo en los días en que se celebró en Toledo la gala que cada año celebra la guía Michelin para dar sus galardones en noviembre de 2022. “Tuvimos a todos los chefs, a 40 cocineros de estrella Michelin y los hermanos Torres estuvieron aquí con el equipo celebrando la tercera estrella. Tenerlos aquí y que te digan que tus pochas son de escándalo es importante”, asegura.

La evolución de los clientes

Por la Clandestina pasan muchos clientes cada día. En un buen día, pueden llegar a dar 150 comidas por servicio. El mejor mes fue el diciembre de hace dos años cuando pasaron por los comedores 4.400 comensales.

Pero el tipo de cliente en estos diez años, también han evolucionado. “Empezó siendo local, y era un cliente que venía a un picoteo, platos al centro, medias raciones, pedía mucho a compartir, que siempre es la mejor forma de conocer un restaurante sin gastarte un dinero importante. Poco a poco fueron desapareciendo las medidas raciones y fuimos hacia algo para compartir al principio, luego un segundo, además los postres fueron mejorando mucho” y ahora también son uno de los puntos fuertes.

Además, el cliente toledano ya no es el más numeroso, sino que ha variado hacía el cliente nacional, el que más llega a sus mesas, también atraído por el sol concedido por la Guía Repsol, que les llegó en 2021, tras la pandemia, y por las recomendaciones de la guía Macarfi.

Según el jefe de sala, la Clandestina es un restaurante más femenino, el comensal más numeroso son mujeres.  “Sobre todo de noche, las chicas quedan a cenar, muchas despedidas, tenemos más porcentajes de chicas que de chicos”.

En estos dos lustros el cliente que quiere acompañar la comida con alguna referencia de vino también ha cambiado mucho, “mientras hace diez años era muy común que la gente pidiera un Ribera o un Rioja, hoy dicen: ya que estoy aquí, algo local. Lo que más pide la gente sin aconsejarles es copa de Ribera con diferencia, en blanco godello en invierno y albariño en verano pero hay un volumen del 50% que quiere algo local y en cuanto aconsejas un poco algo local que pueda gustarles el éxito es del 95%, la gente se deja aconsejar rápidamente”.

Compromisos

Son conscientes también de que la gestión de un establecimiento también conlleva una gestión de la comida sobrante para evitar el desperdicio. Así colaboran con un proyecto que un par de veces a la semana llegan con voluntarios para llevarse comida que sobra.

Además, fieles a esta cocina tradicional también practican las recetas de aprovechamiento: “Si esta semana hay unas pochas con perdiz es porque a lo mejor la semana anterior sobraron perdices. Ayer,  por ejemplo, el personal comimos un pudin de salmón, fue un plato de aprovechamiento porque habíamos tenido un grupo grande y sobraron siete trozos de salmón, decidimos hacer un pudin y estaba tan bueno que estamos pensando ponerlo en carta”.

Ente sus proyectos para seguir cumpliendo años “intentar mejorar nuestra gestión, dar el mejor precio a nuestro cliente, optimizar lo que tenemos, mantenernos en el punto que estamos y salir más reforzados”, asegura Óscar.

Ellos tienen claro que no aspiran al estrellato Michelin porque su opción es otra. “Nos gusta ser referente en el casco histórico de restaurante más informal”, e intentar “no subir nuestro ticket medio de 40 euros”, algo en lo que ponen especial empeño sobre todo en estos momentos en los que los conflictos globales y la crisis energéticas lo convierte casi en un imposible.