El yo y el nosotros: las tensiones contemporáneas entre individualidad y colectividad
Este artículo pretende analizar de forma crítica la relación actual entre individualidad y colectividad, en tanto se ha convertido en uno de los ejes principales del análisis sociológico y psicosocial de nuestra sociedad actual.
Por descontado, este no es un debate científico nuevo, y ha sido motivo de amplia reflexión y análisis a lo largo de los años. Sin embargo, hoy en día, tiene una intensidad muy particular porque nos encontramos viviendo en un contexto que está atravesado por transformaciones profundas en las formas de socialización, en la construcción de la identidad, en los modos de pensar, sentir y actuar, así como en las formas de pertenencia social.
Estamos asistiendo a un escenario complejo, y es que las sociedades actuales parecen promover de manera explícita valores asociados a la autonomía personal, libertad de elección, autoexpresión, autorrealización, etc. mientras que, de forma simultánea, están propiciando dinámicas colectivas cada vez más y más homogéneas, muy normativas, y difíciles de cuestionar. Aparentemente, lo que parece una contradicción, nos está planteando interrogantes muy significativos sobre hasta qué punto las personas somos realmente individuos autónomos, y en qué medida seguimos siendo moldeados por fuerzas colectivas que actúan de manera menos visible, pero eficaz.
Ya desde finales del siglo XX, numerosas figuras destacadas de la Sociología vienen describiendo el proceso de individualización como uno de los rasgos definitorios de la modernidad avanzada. Como ejemplo, Beck y Beck-Gernsheim advertían que el individuo contemporáneo se ve obligado a convertirse en el principal gestor de su biografía, asumiendo decisiones vitales que anteriormente estaban más reguladas por marcos sociales estables (Individualization: Institutionalized individualism and its social and political consequences, 2002).
Este desplazamiento de responsabilidades desde lo colectivo hacia lo individual ha sido presentado, en muchos discursos, como un avance en términos de libertad personal. Sin embargo, tal como se señala desde la Sociología, la individualización no implica necesariamente una mayor emancipación de la persona, sino más bien una creciente exposición al riesgo, a la incertidumbre, o a la culpabilización individual por problemas que tienen un origen estructural. Como resultado, nuestra vida se convierte en un proyecto personal que debe ser optimizado de forma permanente, como si debiéramos someterlo a una continua evaluación y justificación, lo cual añade una presión psicológica significativa sobre cada uno de nosotros.
Por su parte, desde la Psicología Social, podemos apoyarnos en Ryan y Deci (Self-determination theory: Basic psychological needs in motivation, development, and wellness, 2017), quienes nos muestran que la autonomía, entendida como la capacidad de actuar de acuerdo con los valores y necesidades propios, representan un factor clave para el bienestar psicológico y el desarrollo saludable de la personalidad.
No obstante, las investigaciones más recientes nos señalan que cuando la autonomía se transforma en una exigencia normativa, esto es, cuando se espera que el individuo sea siempre autosuficiente, resiliente, autónomo, y capaz de gestionar por sí mismo cualquier dificultad, aparecen efectos adversos importantes sobre su salud mental. La evidencia empírica actual describe este fenómeno al analizar el aumento de trastornos depresivos en sociedades donde el ideal del individuo autónomo convive con una creciente sensación de insuficiencia personal. En este sentido, la individualidad parece que deja de ser una opción, y se convierte en una obligación social que muchas personas no están en condiciones reales de sostener.
Paralelamente a este énfasis en el yo, en las sociedades contemporáneas estamos asistiendo a una fuerte tendencia al alineamiento colectivo. Las personas seguimos ajustando nuestras actitudes y comportamientos a las normas del grupo, incluso cuando éstas entran en conflicto con nuestro esquema de valores. Los experimentos clásicos de la Psicología Social y la Sociología ya mostraban hasta qué punto la presión de la mayoría podía llevar a las personas a negar evidencias perceptivas básicas.
Décadas más tarde, las investigaciones siguen profundizado en los mecanismos de influencia social, y subrayan el papel del deseo de aceptación y pertenencia como los motores fundamentales del conformismo. En el contexto actual, son dinámicas que además se ven amplificadas por la omnipresencia de las redes sociales, los algoritmos de recomendación, la lógica de visibilidad y aprobación social, etc. que parecen reforzar determinados discursos, y silenciar otros.
Cass Sunstein puso el foco hace varios años sobre el riesgo de que estos entornos favorezcan procesos de polarización y cámaras de resonancia, donde el individuo se ve expuesto de manera reiterada a creencias congruentes con las del grupo de referencia, limitando así la probabilidad de cualquier cuestionamiento crítico (How change happens, 2019). El miedo al rechazo social, la crítica, la cancelación, o la exclusión del grupo actúa como un potente inhibidor del pensamiento autónomo.
De este modo, discursos y comportamientos que vulneran principios éticos básicos llegan a legitimarse y normalizarse simplemente porque “todo el mundo lo hace”, porque forman parte del consenso dominante. Y aquí es donde rescatamos La teoría de la identidad social de Tajfel y Turner, sin duda muy útil para comprender esta tensión (The social psychology of intergroup relations, 1979). ¿Qué nos decían? Que una parte significativa del autoconcepto de las personas es resultado de su pertenencia a grupos sociales, lo que proporciona un sentido de identidad y seguridad en un mundo complejo. Pero, cuando la identidad grupal se vuelve rígida y excluyente, puede dar lugar a procesos de desindividualización, a procesos de pensamiento dicotómico, y deshumanización del otro.
No podemos negar que el desequilibrio entre individualidad y colectividad tiene consecuencias profundas en nuestro desarrollo bio-psico-social. Desde el punto de vista psicológico, el individualismo extremo suele asociarse con aislamiento social y fragilidad identitaria. Sobrevalorar la autosuficiencia es algo que dificulta el reconocimiento de la interdependencia humana, incrementando el riesgo de desgaste emocional y mental.
Al mismo tiempo, la 'disolución' del yo en la colectividad puede generar una pérdida progresiva de criterio propio, una dependencia excesiva del reconocimiento y aprobación externos, o dificultades para tomar decisiones autónomas, y eso es algo que repercute en la autoestima ajustada. ¿Qué ocurre en plano cognitivo? El desequilibrio también tiene implicaciones relevantes. La investigación destacada más reciente nos muestra que, en contextos de presión social o emocional, las personas tendemos a recurrir a atajos cognitivos y sesgos que simplifican nuestra realidad, reduciendo la reflexión analítica. Cuando el pensamiento crítico se ve erosionado por la conformidad grupal, o por la necesidad de alinearnos con discursos dominantes, disminuye nuestra capacidad para contrastar información, o para revisar creencias propias. Este es un fenómeno muy problemático, sobre todo en sociedades donde hay una sobreabundancia de información, y donde la rapidez y la emocionalidad del mensaje priman sobre el análisis pausado y riguroso.
Ahora bien, frente a la dicotomía individualidad vs colectividad, hay enfoques más recientes en Sociología y Psicología Social que proponen superarla a través del concepto de autonomía relacional. Desde esta perspectiva, la autonomía se entiende como la capacidad para tomar decisiones propias dentro de un conjunto complejo de relaciones sociales significativas. De esta forma,
la autonomía relacional reconoce que las personas somos inherentemente sociales, pero esta interdependencia no debe anular la reflexión crítica ni la responsabilidad individual.
Se trata de integrar el yo y el nosotros de manera dinámica, evitando tanto el aislamiento individualista como la anulación acrítica y pasiva del yo dentro de la masa. Es evidente que el desarrollo humano saludable requiere una identidad personal sólida pero flexible, un sentido de pertenencia que no excluya el cuestionamiento, una disposición constante a la reflexión ética y al pensamiento crítico. Sabemos que la educación y socialización tempranas tienen un papel central en este proceso. Que seamos capaces de enseñar y guiar a los más jóvenes, a la vez que los adultos entrenamos el pensamiento crítico y la capacidad de disentir, fortalecen la cohesión social, porque permite una convivencia basada en el respeto, en la diversidad, la pluralidad y la responsabilidad compartida. Como nos muestra la investigación en Ciencias Sociales, las sociedades más resilientes son aquellas que son capaces de integrar diversidad, disenso, diálogo y cooperación sin anular la individualidad de sus miembros.
En definitiva, esta tensión entre individualidad y colectividad no debería entenderse como un grave problema a resolver. Deberíamos entenderla como una condición inherente a la vida social que necesita de una gestión consciente, de una gestión reflexiva.
No se trata de si hay que priorizar el yo o el nosotros; se trata de que no perdamos la capacidad de articular ambos de una forma equilibrada.
Y dado que vivimos en un mundo cada vez más interconectado, cada vez más normativizado, el desafío está en ser capaces de formar, educar, socializar individuos capaces de sostener un yo reflexivo dentro de un nosotros plural, evitando tanto la sumisión acrítica a la masa como el repliegue defensivo del individualismo extremo. De este equilibrio depende el bienestar integral de las personas, y la calidad ética, moral, social y democrática de nuestras sociedades.