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Simone Weil: El filo de la verdad en un siglo en tinieblas

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El 3 de febrero de 1909 nació en París una de las mentes más incandescentes y lúcidas de la historia moderna: Simone Weil. No fue una filósofa de salón, sino una “atleta de la lucidez” que decidió que ninguna idea tenía valor si no pasaba por el filtro de la experiencia física. En un presente marcado por la incertidumbre, la posverdad y el desarraigo digital, su voz no es un recuerdo histórico; es una bofetada de realidad. Hija de una familia judía agnóstica de gran cultura, Weil pudo haber vivido en la comodidad académica. Sin embargo, su honestidad fue su condena y su gloria. En 1934, dejó su cátedra para trabajar como operaria en las fábricas de Renault. No quería “estudiar” a la clase obrera; quería que el cansancio y la humillación del cronómetro le borraran el nombre. Allí comprendió que la opresión no es un concepto político, sino una realidad física que vacía el pensamiento, convirtiendo al ser humano en una pieza más del engranaje.

Esa misma coherencia la llevó a la Guerra Civil española en 1936. Se unió a la Columna Durruti, pero su mirada no fue la de una propagandista. Mientras otros intelectuales idealizaban la violencia desde la distancia, Weil denunció con horror cómo el “olor a sangre” igualaba a los bandos. En su obra posterior, especialmente en sus estudios sobre La Ilíada, destiló esta experiencia para definir la Fuerza como aquello que convierte a quien le está sometido en una cosa. Para Weil, la fuerza es una potencia ciega que posee a los hombres: el vencedor de hoy es el cadáver de mañana, y quien cree que puede usar la violencia sin ser transformado por ella vive en una ilusión mortal. Esta lectura de Homero no era literatura, era una advertencia ontológica sobre la ceguera de una civilización que ha olvidado sus límites.

Su pensamiento político fue igualmente incendiario y profundamente ético. En su Nota sobre la supresión general de los partidos políticos, sostuvo que estas organizaciones son “máquinas de fabricar pasión colectiva” diseñadas para anular el juicio individual. Para ella, el partido no busca la verdad, busca su propia eficacia. Frente a esta deriva, Weil proponía una visión radical: entender que la política no es ganar una elección, sino aliviar el tormento del que está desamparado. Esta visión se entrelaza con su concepto de “Atención”, extraído de Platón. La atención no es empatía superficial, es una disciplina espiritual que consiste en suspender el propio pensamiento para dejar que la realidad del otro penetre en nuestra conciencia. Es, en esencia, la forma más pura de generosidad y el único fundamento real para una justicia concreta.

Gran parte de su obra se sustenta en la sabiduría de la fuente griega. Los griegos sabían que el universo está regido por límites y proporciones, una noción que la modernidad ha decidido ignorar. Weil sostenía con firmeza que la infelicidad moderna nace de haber olvidado que el hombre es un ser limitado. Al intentar ser dioses mediante la técnica y el poder político absoluto, nos convertimos en monstruos que destruyen el equilibrio del mundo. Esta desmesura, o Hybris, es la que genera el desarraigo que analizó en su obra cumbre, Echar raíces. Vio cómo el dinero y la técnica cortaban los vínculos del hombre con su historia y su geografía. Hoy, cuando la globalización digital nos convierte en átomos aislados, su llamado a recuperar las “necesidades del alma” —el orden, la obediencia consentida y el honor— es una hoja de ruta para la supervivencia.

Frente al crecimiento infinito, Weil rescató el Métron o la Medida. Nos enseñó que somos parte de un cosmos ordenado donde la verdadera libertad reside en el reconocimiento de nuestras obligaciones hacia los demás. Un derecho se reclama; una obligación se asume, y en esa asunción reside la dignidad humana. Simone Weil murió en Ashford en 1943, a los 34 años, negándose a comer más de lo que recibían sus compatriotas en la Francia ocupada. No fue un suicidio, fue un testimonio final de que la verdad no se dice, se vive. Recordar su legado es reconocer que, ante el ruido y la ambición desmedida de nuestro tiempo, la única respuesta es la obligación sagrada de ser veraces, reconocer nuestra finitud y volver a la tierra.

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