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Toledo y la poesía de San Juan de la Cruz

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Si las tierras de Ávila pueden sentirse muy orgullosas de haber visto nacer al niño Juan de Yepes Álvarez (Fontiveros, 1542), a Toledo le cabe el honor de ser principal impulso que indujo a San Juan de la Cruz a forjar su momento poético más aquilatado, a través de una trama azarosa, urdida por el incesante misterio, en el que fueron coautores, por encima de otros, la influencia de Garcilaso de la Vega sobre el místico carmelita, la característica oscuridad toledana y el rumor del río Tajo.

Recuérdese que el santo, víctima de las disputas religiosas, que eran el tuétano de confrontación política de su tiempo, ve inaugurarse el año 1578 sumido en la lóbrega celda que los carmelitas calzados le habían preparado en su convento de Toledo, erguido (hoy ya no existe) sobre los terraplenes que desembocan directamente en el río y en la que durante nueve meses había de sufrir durísima prisión, condenado por “rebeldía y contumacia” a todo el tiempo de reclusión que el general de los calzados gustase.

Gerald Brenan, quizá el biógrafo más inteligente, y sugestivo, del santo poeta, nos cuenta que “su lecho consistía en una tabla en el suelo, cubierta con dos viejas mantas, y como en invierno la temperatura desciende mucho en Toledo y la humedad se filtraba a través de los muros de piedra, tenía que soportar un frío terrible. Luego, a la llegada del verano, sufría igualmente un calor asfixiante”, refiriéndolos después que “durante todo este tiempo estuvo completamente incomunicado” y que, en las secuencias más desagradables de este encarcelamiento, “su túnica, cuajada con sangre de sus azotes, se le pegaba a la espalda y se pudría. Empezó a llenarse de gusanos, de modo que su mismo cuerpo se le hizo insoportable. Perdió el sueño y el apetito y sentía que solo le restaba esperar la muerte”.

Pero cuando, recién desembarazado de sus grilletes, a despecho de sus verdugos, subía, en una amanecida de agosto, por la que es hoy calle de Cervantes, buscando el convento carmelitano descalzo, soportando a continuación la mofa de los mercaderes, por ver a un fraile tan desastrado, que madrugaban en Zocodover, ya bajo el brazo llevaba la cosecha alada de su severo cautiverio: la mayor parte del “Cántico espiritual” y “La noche oscura del alma”, que, con “La llama de amor viva”, constituyen, como muy bien apunta el hispanista portugués José Bento, “tres poemas que son no solo el punto culminante de su poesía, sino tres de los más bellos poemas de la lengua española y, por suerte, de cualquier lengua”. Por otra parte, creemos advertir en Brenan un tono categórico cuando afirma que “la mayor intensidad de composición poética de San Juan de la Cruz se inició en 1578, mientras estaba encarcelado en Toledo, y continuó, aunque con menos fuerza, durante los años siguientes”.

Estamos seguros de que la voz del río, lamiendo los cimientos del falansterio de su morada oscura, y la tiniebla toledana por la que el río circula, le ayudaron muchísimo para lograr la grandeza y acabado de esos versos tan paradójicamente libres. No sabemos si el propio poeta fue consciente de lo mucho que la medula de su obra debe a ese Toledo que le causó dolor y al que no fue atraído por enamoramiento voluntario, sino en contra de su voluntad; pero lo cierto es que al lector (egoísta siempre) le place esa completa música de fondo, que hace imaginar el bisbiseo del Tajo y el silencio poblado de la noche toledana (como símbolos principales que incitaron el vuelo), puestos detrás, complementándola armoniosamente, de la palabra alígera del patrón de los poetas españoles.

El comentario de la influencia del cortesano Garcilaso de la Vega sobre el místico de Fontiveros merecería una aproximación que no permite este breve espacio periodístico. Baste decir que, como anota Brenan, “por lo que se refiere a la poesía, San Juan fue un hombre de dos libros: ”El Cantar de los Cantares“ y los poemas de Garcilaso, siendo agudísimo el escritor británico cuando más tarde afirma que ”ningún poeta tomó más de otros poetas, pero ninguno fue más original, porque antes de empezar a escribir ya había realizado toda la labor de trasmutación de esos elementos ajenos a sus propias categorías“.

Toledo ha propiciado dos de las más grandes expresiones poéticas de todos los tiempos, mostrándose en ellas el sentido dual de una misma experiencia: la limpieza, precisión y claridad de la obra de Garcilaso, elementos que propenden con rapidez a lo absoluto bello, ha hecho que una frase propagada en el Portugal vecino sea, cuando se quiere reconocer que alguien se expresa perfectamente en nuestro idioma, enunciada así: “Fala o español ao modo de Garcilaso de la Vega”.

Superando esta magna gracilidad del soldado poeta, Juan de la Cruz sube más alto, originando una poesía sin peso, leve e inmaterial, despojada y rotunda, y que marca, como nos hace ver José Bento, “el apogeo de la poesía quinientista española, en la línea que se inicia en Garcilaso y continúa con fray Luis de León”, siendo “la voz perfecta de la expresión mística”.