¿A qué vuelvo, si ya no tengo que volver?
Llega el final de agosto y, de pronto, me descubro haciendo algo completamente absurdo: estoy en una papelería, tocando el papel de un cuaderno grande precioso con la tentación infantil de comprármelo. Tengo ya tres en casa sin estrenar y la vista se me va a una agenda con una especie de prisa; como si me urgiese reorganizar la casa, ordenar los armarios y poner más disciplina en las mañanas. Y entonces me entra la risa, porque estoy jubilada. Y no sé por qué todos los años me sucede lo mismo.
Ya no tengo un colegio al que regresar, ni correos esperándome, ni documentación que preparar o revisar , ni alarmas a las siete de la mañana. No le debo explicaciones a ningún calendario. Teóricamente, mi vida ya no tiene 'vuelta al cole'. Y, sin embargo, aquí estoy, picando en la misma trampa de siempre. Es curioso cómo se nos queda el tiempo pegado al cuerpo. Durante cincuenta años, sumando la infancia, la maternidad y la docencia, septiembre no ha sido solo un mes; ha sido una frontera física y emocional: el olor a libros nuevos, la logística de los niños cuando eran pequeños, el estrés de los primeros días después de las vacaciones. Septiembre es, sobre todo, una memoria.
Cuando llegó la jubilación, pensé que el tiempo se convertiría en una balsa tranquila. Había soñado tantas veces con tener todo el tiempo del mundo que estaba segura de que disfrutarlo sería fácil. Lo que nadie te cuenta es que el tiempo completamente libre también da un poquito de vértigo. Aquel primer lunes tras mi jubilación ,el despertador sonó como todas las mañanas. No lo había apagado la noche anterior porque, en el fondo, no me atreví a borrar la alarma, como si al hacerlo también borrara el lugar que había ocupado durante cuarenta años. Me estiré para silenciarla en la penumbra y, por pura inercia, busqué con la mirada el bolso que seguía colgado de la percha del dormitorio. El mismo que durante décadas llené de tizas, cuadernos, exámenes metidos en carpetas elásticas y bolígrafos. Allí seguía. Vacío.
Entonces me golpeó un silencio tan denso que pude escuchar el tic-tac del reloj de la cocina. Me senté en el borde de la cama y contemplé mis manos sobre las sábanas. Aquel día comprendí algo que no había aprendido en cuatro décadas de docencia: tener tiempo no significa saber habitarlo. Durante décadas, mi vida había estado organizada alrededor de horarios y urgencias. Siempre había algo que hacer y, casi siempre, alguien que necesitaba algo de mí. Sin darme cuenta, acabé asociando mi valor personal a mi capacidad para ser útil. Como les ocurre a muchas personas, y especialmente a muchas mujeres, había aprendido a responder antes a las necesidades ajenas que a las propias. Cuando desaparecen las obligaciones profesionales, es fácil seguir buscando incendios que apagar: un favor para un vecino, una gestión para un familiar, colaborar en una asociación... cualquier cosa que nos devuelva la sensación de que seguimos siendo necesarias. Pero un día comprendí que la pregunta importante no era quién me necesitaba, sino qué necesitaba yo.
Y entonces empecé a escuchar una frase que muchas amigas me repiten con cariño: “Desde que te jubilaste, no paras de escribir”. Siempre sonrío porque encierra un pequeño malentendido. No empecé a escribir cuando me jubilé. Escribo desde que era una niña. Mientras otras personas coleccionaban cromos o muñecas, yo coleccionaba historias. Siempre fui una lectora voraz y muy pronto descubrí que leer y escribir eran dos maneras de comprender el mundo y también de comprenderme a mí misma. A lo largo de mi vida fui llenando algunos cuadernos, escribiendo durante las vacaciones o robándole horas al descanso. Nunca dejé de escribir. Simplemente, lo hacía en los márgenes de una vida llena de responsabilidades.
Nos incomoda el silencio. Sin embargo, cuando dejamos de llenar cada hueco con prisas o distracciones, aparece un espacio donde pueden aflorar ideas e intereses que llevaban años esperando. El aburrimiento no crea una vocación: la desentierra
La jubilación me regaló continuidad de poder escribir. Ahora puedo sentarme cada mañana frente al teclado sin la sensación de estar robándole tiempo al colegio, a la familia o a cualquier otra obligación. No escribo para combatir el aburrimiento, sino porque la escritura siempre ha sido mi manera de pensar, de ordenar la memoria y de reconciliarme con la vida. Y quizá el aburrimiento sí tenga algo que ver con todo esto. Vivimos empeñados en llenar cada minuto del día. Si esperamos en una cola, sacamos el teléfono; si caminamos, escuchamos un pódcast; si tenemos una tarde libre, buscamos enseguida algo que hacer. Nos incomoda el silencio. Sin embargo, cuando dejamos de llenar cada hueco con prisas o distracciones, aparece un espacio donde pueden aflorar ideas e intereses que llevaban años esperando. El aburrimiento no crea una vocación: la desentierra.
La escritura y la enseñanza tienen algo en común: ambas son formas de sembrar. Cuando enseñamos, nunca sabemos exactamente cuándo germinará aquello que intentamos transmitir. Todavía recuerdo a una alumna que llegó al colegio de Cabañas de la Sagra a comienzos de los años ochenta, en sexto de Primaria. Apenas levantaba la cabeza y parecía pedir perdón casi por respirar. Muchísimos años después me la encontré encabezando una manifestación del 8 de marzo. Llevaba un megáfono en la mano y una fuerza que le iluminaba la cara. Al abrazarme, me susurró al oído: “Profe, usted me enseñó a tener iniciativas y a responsabilizarme de ellas. Y... aquí estoy”. Aquel encuentro me recordó que las maestras sembramos a largo plazo. A veces pasan décadas y, cuando menos lo esperamos, una antigua alumna aparece convertida en la mujer que un día solo se atrevió a imaginar. Durante tanto tiempo me esforcé en enseñar a otras personas a confiar en su propia voz que ahora me corresponde aplicar conmigo misma aquella vieja lección. También he tenido que aprender a tratarme con amabilidad. Durante muchos años me exigí cosas que jamás habría exigido a mis alumnos. Si un día no escribía, me reprochaba la falta de disciplina. Si una página no salía bien, pensaba que estaba perdiendo el tiempo. Ahora procuro hablarme de otra manera. He descubierto que la amabilidad mueve más que la culpa y que las grandes obras también se construyen línea a línea.
Ya no necesito demostrarle a la sociedad que soy una mujer útil, ni convencer a mi familia de que puedo sostenerlo todo. Esas batallas ya las tengo muy superadas. Ahora la tarea es otra: permitirme vivir este tiempo sin culpa, dedicar horas a leer, a escribir, a pensar o, sencillamente, a no hacer nada. Bastantes años pensé que descansar era algo que había que ganarse después de cumplir con todo lo demás. Ahora entiendo que el tiempo que no está dedicado a una obligación no tiene por qué ser un tiempo perdido.
Durante toda mi vida, septiembre significó volver: volver al colegio, a los horarios, a las prisas. Ahora ya no tengo que regresar a ninguna parte, pero sigo necesitando ese pequeño ritual para inaugurar algo. Quizá eso sea lo que hay detrás de nuestra relación con septiembre: no tanto la necesidad de cambiar de vida como el deseo de sentir que todavía podemos empezar algo. Para mí, este mes ya no es el juez que me exige rendir cuentas. Es una excusa amable para detenerme un momento y decidir qué quiero hacer con los próximos meses.
Y sí, al final, me he comprado el cuaderno; pero no para llenarlo de tareas pendientes ni de compromisos con los demás. Lo he comprado para escribir en él todo lo que se me ocurra sin ninguna prisa y sin ninguna obligación.
Creo que los grandes cambios de la vida nos obligan a recuperar la vida que ya estaba dentro de nosotros, esperando un poco de espacio. Yo no me reinventé nada; simplemente regresé a una parte de mí que siempre había estado ahí: la niña a la que le encantaba leer y que descubrió muy pronto que escribir era otra forma de estar en el mundo.
Ya no necesito justificar mi tiempo. Ahora puedo preguntarme qué quiero hacer con él. El mayor regalo de esta etapa no ha sido disponer de más horas en el reloj: ha sido, por fin, tener el tiempo de ser yo. Y quizá por eso septiembre siga teniendo algo de comienzo. Ya no es el regreso a las obligaciones ni la promesa de convertirme en una versión mejor de mí misma. Es, sencillamente, el mes en el que vuelvo a mí.