La Sierra de la Culebra levanta la mirada tras la batalla contra el fuego: “Habrá que tirar para adelante como se pueda”

Alba Camazón

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Aún huele a quemado. Si cierras los ojos, puedes intentar imaginar cómo las llamas abrasaban a lo largo y alto del bosque, que en algunos casos conserva claros. El suelo cruje con las pisadas e incluso se hunde al paso de la gente en algunos sitios. Calcinadas están las madrigueras que en su momento sirvieron de cobijo a los conejos, y la basura que había quedado escondida bajo matojos queda ahora al descubierto. Una rama, ennegrecida tras el incendio, tiene una mancha blanca de excremento de un ave que se ha posado para descansar.

A lo lejos se oye el ruido de pequeños animales, que intentan reorientarse. Un par de hormigas han salido a la superficie en busca de alimento, aunque tengan que desplazarse. Porque al final la vida sale adelante, y el mundo animal lo tiene claro: primero la hierba, después los insectos, luego los ungulados (como los ciervos) y finalmente los carnívoros.

El suelo sigue echando humo una semana después de que empezara el incendio de la Sierra de la Culebra, igual que la gente. Los vecinos de los pueblos afectados por el fuego están muy enfadados, pero ya han empezado a hacer evaluación de daños e intentan mirar al futuro con un poco de optimismo. “Habrá que tirar para adelante como se pueda, a ver”, coinciden Agustín y Jose desde un bar de Ferreras de Arriba.

Jose ha perdido casi todos los castaños que tenía. “Eran así [extiende los brazos para señalar la anchura de los troncos], algunos los plantó mi abuelo cuando era chico y otros los compraron mis padres a unos que marcharon del pueblo”, explica. “Mi abuelo José murió en el año 63, nací yo poco antes. Los plantó cuando era un chaval y se murió con 75 años en 1963... 125 años tendrían mis castaños, más o menos”, calcula.

Jose tiene dos hijos, pero ninguno en el pueblo. “El mayor quería venir para aquí, pero es que no hay nada para trabajar. Casi compramos un tractor para que se viniera y eso. ¿Pero ahora? menos mal que no ha venido, porque si no...”. Jose mira constantemente hacia la Lleira y señala hacia donde estaban sus castaños. Lo de menos, entre comillas, es el daño económico.

Lo que importa en la Sierra de la Culebra es el valor sentimental de la pérdida. Apoyados en la barra del bar Transi, a gritos, varios vecinos terminan discutiendo sobre si los castaños que han perdido son suyos o si son del Ayuntamiento aunque los exploten ellos. Es una conversación que, desde fuera, puede parecer fútil, pero que en Ferreras de Arriba importa, y mucho. ¿Podrán reclamar alguna indemnización? No lo creen. “Si el Gobierno va a dar dos millones de euros a toda la zona, ¿Qué me van a dar a mí por siete castaños?”, se pregunta Agustín, que asegura estar muy enfadado con la gestión del incendio. No es el único. Varios aseguran que los helicópteros se desplazaron a la zona de El Casal, el único monte público de la zona que es propiedad de la Junta de Castilla y León. “Pasaron por aquí los de la UME y les chillamos también”, explican. La Junta de Castilla y León ha habilitado otros 35 millones para paliar los efectos del incendio, además de los fondos anunciados en la visita de Pedro Sánchez.

Agustín, de Vitoria, asegura tener “de todo” menos dinero: cabras, gallinas, conejos, la yegua... “Y mala hostia ahora con lo del fuego. A ver cómo se soluciona, a ver si Mañueco nos ha oído en la manifestación...”, espera. Él asegura que el jueves el fuego estaba casi “dominado”. El último parte de la Junta de Castilla y León el jueves por la noche hablaba de 900 hectáreas quemadas. El jueves a las 12 de la mañana hablaban de 9.000 hectáreas, que finalmente se han triplicado. Ha sido el incendio más grave de la historia de Castilla y León y de los últimos 20 años en todo el país.

José Antonio y Yolanda son de Villardeciervos. Tras 16 años en Mallorca, decidieron volverse al pueblo. Un pueblo que han defendido estos años y ahora también del fuego. Ellos decidieron quedarse cuando fueron desalojados. “Nos quedamos y punto. Nuestro hijo llevó a los abuelos a Camarzana y luego volvió por los caminos y eso”, explica Yolanda. “Por mucho medios que haya, ¿van a venir a salvar lo mío?”, se pregunta. “Así también impides que vaya a otros lados”, explica José Antonio, que tiene experiencia en extinción de incendios. 

“Lo que pasa es que quieren evitar que muera una persona, porque tiene un impacto social muy fuerte. Pero uno me decía: ‘Si llego y tengo la casa y el negocio quemados, me voy a morir de un infarto. Por lo menos muero intentando apagarlo”, recuerda José Antonio. “Si no cambia el viento, eso no lo detiene nadie, ni aunque hubieran echado agua constantemente”, apunta su mujer.

Esta pareja tiene 400 colmenas repartidas por la sierra, y han perdido 18. Las abejas, ante el humo, se quedan en la colmena, salvo las que estuvieran volando cuando les pilló el incendio. El problema es qué pasará a partir de ahora: “Hasta dentro de tres años no va a haber floración, así que tenemos que moverlas porque si no la abeja reina deja de poner y se mueren”, lamenta José Antonio. Yolanda agradece que otros apicultores les vayan a facilitar espacio para colocar sus colmenas. “Luego es que claro, depende del seguro… Algunos te cubren la colmena, pero no la producción”, explica José Antonio. “Aquí estamos, esperando al futuro, que será a la larga”, afirma este apicultor. 

El alcalde de Villardeciervos, Lorenzo Jiménez, insiste en mirar al futuro: “Cuando todo esto acabe, si la Justicia dice que alguien tiene que pagar, pues que lo pague. Pero ahora me da igual si hay algún culpable o no. Pero todos los errores que se han cometido hay que rectificarlos y corregir”.

Rodeada de monte bajo quemado, destaca una explotación ganadera que parece que se ha salvado. La mujer que la lleva se emociona cada vez que lo piensa, cada vez que recuerda el miedo que ha pasado y cómo han perdido todo el alimento de las vacas. Su marido, Julio César, explica que no han perdido ninguna de las vacas que tiene, aunque tienen las tetillas quemadas y no quieren dar de mamar a los terneros. Otras tienen las pezuñas chamuscadas y no pueden andar. Al fondo de la nave, los terneros tosen. Están a la espera de que el veterinario, que no da de sí, encuentre un hueco para subir a su explotación.

“Teníamos entre 390 y 410 de forraje y otras 40 o 50 paquetes de paja... Ahora solo tenemos lo que nos han traído”, señala unos paquetes de paja y unos rollos de forraje que le han traído vecinos de la zona. De momento, le servirán para tirar para adelante. Lo que más lamenta este ganadero  —y agricultor— es que no le dejaron subir a por las vacas. “No me dejaron entrar a apagar el fuego. Les dije que tenía cubas con 30.000 y 18.000 litros y no me dejaron ni refrescar. Le tenía más miedo al valle por el tema del humo que aquí mismo, porque las vacas lo tienen limpio... Un bombero me las arreó para abajo”, explica.

El sábado subió a la nave, y al ver cómo estaba la zona, pensó: “Tengo una carnicería dentro impresionante. Las tengo asfixiadas por el humo”. Al entrar, una veintena estaban tumbadas, pero faltaban otras cincuenta. “Entonces oímos cencerros desde abajo, se ve que arrearon para el valle. Algunas tienen la ubre quemada y otras las pezuñas, pero bueno, lo sacaremos adelante”, espera.

Javier se dedica al ecoturismo y realiza muchas actividades vinculadas a la observación del lobo y divulgación de la naturaleza. “Se han quemado zonas donde hacíamos recorridos interpretativos. Habrá que hacer una reestructuración de tiempos, lugares… pero hay alternativas”, subraya.

Él habla de un “maremágnum” de noticias. Hacía mucho tiempo que en la zona no veían a tantas personas: curiosos, periodistas... de Zamora, de Castilla y León e incluso de Suiza. Todos preguntando a los vecinos, que en ocasiones empiezan a mostrar hastío. “Esto puede generar que la gente no venga hasta dentro de unos años o que sea muy solidaria y venga a participar y colaborar”, apunta Javier.

Para él es “muy difícil” saber lo que ha pasado con los lobos de la Culebra, un punto de peregrinación para los amantes del canis lupus. “En toda la sierra probablemente hay unos diez territorios. Ha afectado a seis territorios y probablemente a uno o dos más. Se han quemado zonas de reproducción en al menos tres territorios”, explica, antes de apostillar: “Hay cosas que se nos escapan. Puede ser que alguno de los lobos de una manada utilice una zona que esté a salvo del incendio, otros se hayan metido en un territorio vecino y les expulsen y peleen. O que hayan perdido la camada y los adultos estén deambulando en una manchita que se ha salvado de la vegetación”.

Lo primero que viene a la mente de muchos cuando se habla de la Sierra de la Culebra es el lobo. Pero es mucho más: setas, abejas, castaños y robles centenarios, pinos resineros que han ardido como la tea y que muchos esperan que no sean la clave de la reforestación. La Sierra de la Culebra son sus gentes, que intentarán salir adelante. Es ese pequeño arroyo que baja hasta el castañar de Boya, un merendero que más pronto que tarde volverá a acoger risas, gritos y canciones. Aunque solo sea cuando los nietos vuelven al pueblo a pasar el verano con los abuelos en una de las zonas más envejecidas y despobladas de España.

Aún huele a quemado. Si cierras los ojos, puedes intentar imaginar cómo las llamas abrasaban a lo largo y alto del bosque, que en algunos casos conserva claros. El suelo cruje con las pisadas e incluso se hunde al paso de la gente en algunos sitios. Calcinadas están las madrigueras que en su momento sirvieron de cobijo a los conejos, y la basura que había quedado escondida bajo matojos queda ahora al descubierto. Una rama, ennegrecida tras el incendio, tiene una mancha blanca de excremento de un ave que se ha posado para descansar.

A lo lejos se oye el ruido de pequeños animales, que intentan reorientarse. Un par de hormigas han salido a la superficie en busca de alimento, aunque tengan que desplazarse. Porque al final la vida sale adelante, y el mundo animal lo tiene claro: primero la hierba, después los insectos, luego los ungulados (como los ciervos) y finalmente los carnívoros.

El suelo sigue echando humo una semana después de que empezara el incendio de la Sierra de la Culebra, igual que la gente. Los vecinos de los pueblos afectados por el fuego están muy enfadados, pero ya han empezado a hacer evaluación de daños e intentan mirar al futuro con un poco de optimismo. “Habrá que tirar para adelante como se pueda, a ver”, coinciden Agustín y Jose desde un bar de Ferreras de Arriba.

Jose ha perdido casi todos los castaños que tenía. “Eran así [extiende los brazos para señalar la anchura de los troncos], algunos los plantó mi abuelo cuando era chico y otros los compraron mis padres a unos que marcharon del pueblo”, explica. “Mi abuelo José murió en el año 63, nací yo poco antes. Los plantó cuando era un chaval y se murió con 75 años en 1963... 125 años tendrían mis castaños, más o menos”, calcula.

Jose tiene dos hijos, pero ninguno en el pueblo. “El mayor quería venir para aquí, pero es que no hay nada para trabajar. Casi compramos un tractor para que se viniera y eso. ¿Pero ahora? menos mal que no ha venido, porque si no...”. Jose mira constantemente hacia la Lleira y señala hacia donde estaban sus castaños. Lo de menos, entre comillas, es el daño económico.

Lo que importa en la Sierra de la Culebra es el valor sentimental de la pérdida. Apoyados en la barra del bar Transi, a gritos, varios vecinos terminan discutiendo sobre si los castaños que han perdido son suyos o si son del Ayuntamiento aunque los exploten ellos. Es una conversación que, desde fuera, puede parecer fútil, pero que en Ferreras de Arriba importa, y mucho. ¿Podrán reclamar alguna indemnización? No lo creen. “Si el Gobierno va a dar dos millones de euros a toda la zona, ¿Qué me van a dar a mí por siete castaños?”, se pregunta Agustín, que asegura estar muy enfadado con la gestión del incendio. No es el único. Varios aseguran que los helicópteros se desplazaron a la zona de El Casal, el único monte público de la zona que es propiedad de la Junta de Castilla y León. “Pasaron por aquí los de la UME y les chillamos también”, explican. La Junta de Castilla y León ha habilitado otros 35 millones para paliar los efectos del incendio, además de los fondos anunciados en la visita de Pedro Sánchez.

Agustín, de Vitoria, asegura tener “de todo” menos dinero: cabras, gallinas, conejos, la yegua... “Y mala hostia ahora con lo del fuego. A ver cómo se soluciona, a ver si Mañueco nos ha oído en la manifestación...”, espera. Él asegura que el jueves el fuego estaba casi “dominado”. El último parte de la Junta de Castilla y León el jueves por la noche hablaba de 900 hectáreas quemadas. El jueves a las 12 de la mañana hablaban de 9.000 hectáreas, que finalmente se han triplicado. Ha sido el incendio más grave de la historia de Castilla y León y de los últimos 20 años en todo el país.

José Antonio y Yolanda son de Villardeciervos. Tras 16 años en Mallorca, decidieron volverse al pueblo. Un pueblo que han defendido estos años y ahora también del fuego. Ellos decidieron quedarse cuando fueron desalojados. “Nos quedamos y punto. Nuestro hijo llevó a los abuelos a Camarzana y luego volvió por los caminos y eso”, explica Yolanda. “Por mucho medios que haya, ¿van a venir a salvar lo mío?”, se pregunta. “Así también impides que vaya a otros lados”, explica José Antonio, que tiene experiencia en extinción de incendios. 

“Lo que pasa es que quieren evitar que muera una persona, porque tiene un impacto social muy fuerte. Pero uno me decía: ‘Si llego y tengo la casa y el negocio quemados, me voy a morir de un infarto. Por lo menos muero intentando apagarlo”, recuerda José Antonio. “Si no cambia el viento, eso no lo detiene nadie, ni aunque hubieran echado agua constantemente”, apunta su mujer.

Esta pareja tiene 400 colmenas repartidas por la sierra, y han perdido 18. Las abejas, ante el humo, se quedan en la colmena, salvo las que estuvieran volando cuando les pilló el incendio. El problema es qué pasará a partir de ahora: “Hasta dentro de tres años no va a haber floración, así que tenemos que moverlas porque si no la abeja reina deja de poner y se mueren”, lamenta José Antonio. Yolanda agradece que otros apicultores les vayan a facilitar espacio para colocar sus colmenas. “Luego es que claro, depende del seguro… Algunos te cubren la colmena, pero no la producción”, explica José Antonio. “Aquí estamos, esperando al futuro, que será a la larga”, afirma este apicultor. 

El alcalde de Villardeciervos, Lorenzo Jiménez, insiste en mirar al futuro: “Cuando todo esto acabe, si la Justicia dice que alguien tiene que pagar, pues que lo pague. Pero ahora me da igual si hay algún culpable o no. Pero todos los errores que se han cometido hay que rectificarlos y corregir”.

Rodeada de monte bajo quemado, destaca una explotación ganadera que parece que se ha salvado. La mujer que la lleva se emociona cada vez que lo piensa, cada vez que recuerda el miedo que ha pasado y cómo han perdido todo el alimento de las vacas. Su marido, Julio César, explica que no han perdido ninguna de las vacas que tiene, aunque tienen las tetillas quemadas y no quieren dar de mamar a los terneros. Otras tienen las pezuñas chamuscadas y no pueden andar. Al fondo de la nave, los terneros tosen. Están a la espera de que el veterinario, que no da de sí, encuentre un hueco para subir a su explotación.

“Teníamos entre 390 y 410 de forraje y otras 40 o 50 paquetes de paja... Ahora solo tenemos lo que nos han traído”, señala unos paquetes de paja y unos rollos de forraje que le han traído vecinos de la zona. De momento, le servirán para tirar para adelante. Lo que más lamenta este ganadero  —y agricultor— es que no le dejaron subir a por las vacas. “No me dejaron entrar a apagar el fuego. Les dije que tenía cubas con 30.000 y 18.000 litros y no me dejaron ni refrescar. Le tenía más miedo al valle por el tema del humo que aquí mismo, porque las vacas lo tienen limpio... Un bombero me las arreó para abajo”, explica.

El sábado subió a la nave, y al ver cómo estaba la zona, pensó: “Tengo una carnicería dentro impresionante. Las tengo asfixiadas por el humo”. Al entrar, una veintena estaban tumbadas, pero faltaban otras cincuenta. “Entonces oímos cencerros desde abajo, se ve que arrearon para el valle. Algunas tienen la ubre quemada y otras las pezuñas, pero bueno, lo sacaremos adelante”, espera.

Javier se dedica al ecoturismo y realiza muchas actividades vinculadas a la observación del lobo y divulgación de la naturaleza. “Se han quemado zonas donde hacíamos recorridos interpretativos. Habrá que hacer una reestructuración de tiempos, lugares… pero hay alternativas”, subraya.

Él habla de un “maremágnum” de noticias. Hacía mucho tiempo que en la zona no veían a tantas personas: curiosos, periodistas... de Zamora, de Castilla y León e incluso de Suiza. Todos preguntando a los vecinos, que en ocasiones empiezan a mostrar hastío. “Esto puede generar que la gente no venga hasta dentro de unos años o que sea muy solidaria y venga a participar y colaborar”, apunta Javier.

Para él es “muy difícil” saber lo que ha pasado con los lobos de la Culebra, un punto de peregrinación para los amantes del canis lupus. “En toda la sierra probablemente hay unos diez territorios. Ha afectado a seis territorios y probablemente a uno o dos más. Se han quemado zonas de reproducción en al menos tres territorios”, explica, antes de apostillar: “Hay cosas que se nos escapan. Puede ser que alguno de los lobos de una manada utilice una zona que esté a salvo del incendio, otros se hayan metido en un territorio vecino y les expulsen y peleen. O que hayan perdido la camada y los adultos estén deambulando en una manchita que se ha salvado de la vegetación”.

Lo primero que viene a la mente de muchos cuando se habla de la Sierra de la Culebra es el lobo. Pero es mucho más: setas, abejas, castaños y robles centenarios, pinos resineros que han ardido como la tea y que muchos esperan que no sean la clave de la reforestación. La Sierra de la Culebra son sus gentes, que intentarán salir adelante. Es ese pequeño arroyo que baja hasta el castañar de Boya, un merendero que más pronto que tarde volverá a acoger risas, gritos y canciones. Aunque solo sea cuando los nietos vuelven al pueblo a pasar el verano con los abuelos en una de las zonas más envejecidas y despobladas de España.

Aún huele a quemado. Si cierras los ojos, puedes intentar imaginar cómo las llamas abrasaban a lo largo y alto del bosque, que en algunos casos conserva claros. El suelo cruje con las pisadas e incluso se hunde al paso de la gente en algunos sitios. Calcinadas están las madrigueras que en su momento sirvieron de cobijo a los conejos, y la basura que había quedado escondida bajo matojos queda ahora al descubierto. Una rama, ennegrecida tras el incendio, tiene una mancha blanca de excremento de un ave que se ha posado para descansar.

A lo lejos se oye el ruido de pequeños animales, que intentan reorientarse. Un par de hormigas han salido a la superficie en busca de alimento, aunque tengan que desplazarse. Porque al final la vida sale adelante, y el mundo animal lo tiene claro: primero la hierba, después los insectos, luego los ungulados (como los ciervos) y finalmente los carnívoros.

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