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La astronauta que estudia la menstruación en el espacio: “La ciencia siempre ha sido muy patriarcal”

Sandra Vicente

Barcelona —
1 de noviembre de 2026 22:07 h

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En 1983, la NASA envío a la primera mujer estadounidense al espacio, Sally Ride. Aunque los soviéticos ya habían puesto en órbita a dos astronautas, la experiencia era totalmente nueva para la agencia americana. Tanto, que le preguntaron si 100 tampones serían suficientes para pasar una semana. Eso, y si le parecían correctos los productos que habían escogido para el kit de maquillaje que, seguro, querría llevarse a la misión.

Más allá de lo anecdótico, la historia ejemplifica el papel minoritario que tienen las mujeres en algunas áreas científicas. Cierto es que Ride fue la primera y que su misión tuvo lugar hace 43 años, pero la igualdad sigue lejos. Sumando todas las personas que la NASA ha enviado al espacio, ellas siguen siendo solo el 18% del total. Pero no solo es que sean menos, sino que, además, son tratadas de forma diferente a los hombres.

Otro ejemplo: muchas de las mujeres que van al espacio acaban suprimiendo sus ciclos menstruales de manera temporal. Ninguna agencia espacial les obliga a ello, pero aun así, se ponen un DIU con hormonas que les causa amenorrea. “Nadie les fuerza a hacerlo; es el entorno lo que les empuja”, apunta Lucía Matamoros, nanocientífica con un máster en Biotecnología por la UPF de Barcelona. “El váter de la Estación Espacial no está pensado para gestionar la menstruación y las compresas y tampones no son prácticos en misiones largas”, añade.

Actualmente, esta joven está inmersa en un estudio sobre el impacto de las misiones espaciales en el cuerpo de las tripulantes, a través de sus datos biométricos. Lo hace de la mano de la misión Hypatia, la única del mundo formada únicamente por mujeres, donde ella es, además, astronauta análoga. Esto viene a significar que, aunque no ha ido físicamente al espacio, ha participado en expediciones que emulan las condiciones que tendría una misión a Marte.

Estas condiciones son la temperatura, el aislamiento, la comida y agua racionadas, el peso del traje, la necesidad de estar constantemente en comunicación, los espacios reducidos y el estrés. Lo único que no se puede simular exactamente es la gravedad, pero en el planeta rojo esta “no es tan diferente” a la de la Tierra, tal como apunta Matamoros.

Las dos primeras misiones Hypatia se han realizado en el desierto de Utah (Estados Unidos) y la próxima, dentro de pocos meses, se trasladará al Ártico. “Hemos subido el nivel”, dice la astronauta, que explica que ya han empezado los entrenamientos físicos y mentales para llegar preparadas a la expedición. “Es lo más similar posible a lo que te puedes encontrar en el espacio. No solo por las condiciones, sino por los protocolos, las normas estrictas y la intensidad de la convivencia”, sostiene.

La de la Antártida será la primera experiencia sobre el terreno para Matamoros. En la pasada misión de Hypatia ella fue personal de tierra y se quedó en Barcelona para ir procesando los datos biométricos que recogía de las tripulantes. Midiendo su ritmo cardíaco, la temperatura y los ritmos de sueño, pudo estudiar el nivel de concentración, de estrés y de bienestar tanto emocional como físico.

En eso, Hypatia también es pionera: es el primer proyecto que estudia cómo están las cosmonautas durante la misión. Porque, hasta ahora, solo se había analizado qué sucedía en el cuerpo tras la llegada a la Tierra. Y únicamente se hacía con hombres. “Obviar qué pasa mientras estás en órbita responde a esa mentalidad antigua de seguir pase lo que pase, por muy mal que estés”, sostiene Matamoros. “Pero eso es muy mala idea, porque hasta la más pequeña variación puede marcar la diferencia en una situación crítica”.

“El espacio pone el cuerpo y la mente al límite y es importante entender cómo podemos mejorar el bienestar de los astronautas, porque tienen que tomar decisiones muy rápidamente que pueden salvarles la vida o comprometer los alimentos de toda una semana”, expone la científica. En este sentido, insiste en la necesidad de estudiar todos los aspectos que puedan alterar el bienestar de un tripulante y la menstruación, sin duda, es uno de ellos.

Matamoros tuvo en cuenta si las cosmonautas tenían o no la regla cuando medía sus datos y ese simple hecho hizo que las muestras recogidas fueran ocho veces más significativas estadísticamente. Eso es porque el ciclo altera cuestiones como el ritmo cardíaco, los indicadores de estrés o la respiración. Estas variaciones, sin tener en cuenta si la astronauta está menstruando o no, podrían ser malinterpretadas, llegando incluso a pensar que pueden ser indicio de enfermedad.

La copa menstrual reina en el espacio

Hypatia es un proyecto pionero porque pone a las mujeres al frente de la investigación, pero además las convierte en objeto de estudio. Y eso hace que se puedan evitar situaciones bochornosas como la de los 100 tampones de la NASA. “Un tampón, como un bolígrafo, no funciona igual en el espacio que en la Tierra”, resume Matamoros. Pero no hace falta dedicar fondos a investigar un nuevo producto menstrual que funcione con gravedad cero porque ya existe: la copa menstrual.

Con ella se solucionó la gestión del ciclo de todas las tripulantes de una manera simple y, además, permitió recolectar fácilmente muestras de fluidos para luego experimentar con ellos. En la misión en el desierto de Utah se pudo concluir que la sangre menstrual actúa como un fertilizante efectivo que podría ser clave para mantener las reservas de alimentos en misiones en Marte, gracias a los cultivos en el interior de la base.

Este experimento se dio de la mano de Astrocup, un proyecto de investigación que se dedica a estudiar la viabilidad, seguridad y resistencia de las copas menstruales en condiciones extremas como las que se dan en los vuelos fuera de órbita.

“Es curioso que estas cuestiones que son tan terrenales no se hayan estudiado hasta que ha entrado la investigación espacial en juego”, sostiene Matamoros. Pero ella misma recuerda que parte de las grandes innovaciones tecnológicas y científicas han surgido a raíz de las misiones aeroespaciales. “Hacernos estas preguntas que están fuera de lo que normalmente imaginaríamos es más fáciles en contextos excepcionales como son una misión espacial o el deporte de élite”, sostiene Matamoros.

Esta científica y astronauta análoga se confiesa “derrotista” cuando recuerda que “la ciencia siempre ha sido muy patriarcal, de hombres para hombres”. En esta línea, pone un ejemplo muy claro: los cinturones de los coches se diseñan con maniquís masculinos, sin tener en cuenta que la altura y la distribución de la masa corporal en las mujeres es distinta. Y eso lleva a que, en caso de choque frontal, ellas tienen un 73% más de posibilidades de sufrir una lesión grave.

“Se está empezando a estudiar más a las mujeres, pero sigue habiendo una visión masculina terrible. Se han hecho antes estudios sobre cómo afectaba a la libido de los hombres convivir con una mujer con endometriosis que sobre la endometriosis en sí”, resume Matamoros. Aun así, ese “derrotismo” no le quita el apetito ni las ganas de seguir investigando. Sabe que hay campo para correr y que el futuro de las mujeres puede ser brillante en la ciencia.

Volviendo a Sally Rider, ella fue la primera astronauta de la NASA, una agencia que vetó a las mujeres en viajes al espacio hasta 1978. Y, aunque si se mira al histórico de tripulantes, todavía estamos muy lejos de la paridad, esta realidad ya está mejorando. En la academia, las mujeres ya suponen el 60% de los estudiantes. “Las dinámicas están cambiando”, augura Matamoros.