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Douglas Stuart: “El progreso solo llega si eres blanco, de clase media y tienes una familia urbana”

Carmen López

21 de septiembre de 2026 21:59 h

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Pocos minutos después de que Douglas Stuart empezase a hablar se escuchó un ruido estrepitoso, como si un ventanal enorme se hubiese estrellado contra el suelo. El escritor escocés, una de las estrellas literarias del momento, se levantó para comprobar con sus propios ojos azulísimos que la pérdida no hubiese sido más que material y al regresar declaró: “¡Ya hemos tenido una parte dramática!”.

Si en lugar de Barcelona hubiese pasado en Glasgow, casi podría haber sido una escena de alguna de sus novelas, plagadas de sorpresas emocionales. La última se acaba de publicar en castellano, traducida por Francisco González López con el título John, hijo de John (Random House) y en catalán como John, fill d'en John (Edicions de 1984), traducida por Núria Busquet Molist.

En esta ocasión, Stuart ha situado la acción de su libro fuera de Glasgow, donde se desarrollaron sus dos anteriores trabajos: Historia de Shuggie Bain (Sexto Piso), ganadora del Premio Booker en 2020, y Un lugar para Mungo (Random House, 2023). La trama se ubica a finales de los años 90 en la isla de Harris, parte del archipiélago de las Hébridas Exteriores de Escocia, que el autor recorrió en coche durante varios meses. “Cada isla tiene una geología y una vibración distinta. Yo no conocía a nadie allí y viajé por ellas hablando con cualquier persona que quisiera charlar conmigo”, sostiene. Al final de su viaje tenía más de 100 horas de conversaciones grabadas, muchas de ellas en la mesa de las cocinas de los vecinos que le abrieron su casa.

En un principio no sabía que allí se encontraba el germen de una novela, podría haberse quedado en una mera experiencia turística, pero la agricultura de subsistencia conocida como crofting, la lengua gálica, la tradición textil y el calvinismo propios de la ínsula conformaban una macedonia de temas demasiado atractiva: “Era imposible no sentirse inspirado”. De entrada, esbozó en su mente una historia sobre un hijo pródigo que, con 22 años, vuelve a su aldea. Pero en una de esas tantas conversaciones se dio cuenta de que el verdadero interés residía en el padre. “En lugares tan religiosos que se basan en familias grandes para dirigir pequeñas granjas, era extraño que hubiese hombres mayores aún solteros. Y me decían que se les había pasado el tiempo de casarse”, recuerda. “Pero un día, se me ocurrió sugerir a una mujer muy creyente que quizá no habían encontrado el amor porque eran gays y ella se echó hacia atrás, diciendo que eso era imposible. Ahí lo vi”.

Pese a que los acantilados de la isla tienen poco que ver con las calles grises de su Glasgow natal, las temáticas que han protagonizado sus novelas anteriores continúan presentes en su nuevo trabajo: la homosexualidad y las diferencias de clase social que, en su caso, van de la mano. “Siempre ha habido mucha literatura sobre la clase trabajadora o del mundo queer, pero raramente se solapan”, indica. Esa fue su realidad durante buena parte de su juventud, hasta que consiguió una beca para estudiar moda en una universidad técnica, que posteriormente le permitió trabajar en Nueva York para firmas como Calvin Klein o Ralph Lauren. Pero esa falta de referentes literarios le dirigió finalmente a la escritura, porque quería elaborar historias que a él le gustaría leer.

Yo venía de una familia muy, muy pobre. Cuando intentaba relacionarme con los otros estudiantes me daba cuenta de que sentían pena por mí y no entendían nada.

Stuart tomó conciencia de las diferencias de clase cuando llegó a esa facultad, repleta de estudiantes que provenían de familias más bien acomodadas. Lo mismo que le ocurre a John (que prefiere que le llamen Cal), hijo de John, que se va de la isla para cursar unos estudios similares a los del escritor. “Yo venía de una familia muy, muy pobre. Cuando intentaba relacionarme con los otros estudiantes me daba cuenta de que sentían pena por mí y no entendían nada”, rememora. De ahí que dejase de compartir su historia personal con nadie y menos aún cuando aterrizó en Nueva York: “Los americanos no saben ni dónde está Escocia, así que yo era un hombre sin pasado. Pero el silencio al final te cae encima”. Hay que tener en cuenta que su trayectoria vital está bien cargada de drama, con un padre que se fue cuando tenía solo cuatro años y una madre, con la que tenía una relación muy estrecha, que murió de alcoholismo cuando él solo tenía 16 años. Unas experiencias que después noveló sobre todo en Historia de Shuggie Bain y de cierta manera en Un lugar para Mungo. Después de tantos años ocultos, ahora reivindica sus orígenes y vivencias a través de su escritura, que se lee en más de 30 lenguas.

La opresión como constante en la vida

La mirada crítica de Stuart también recae, por supuesto, en el sistema capitalista. En sus dos novelas anteriores trató la desindustrialización que Margaret Thatcher llevó a cabo en los años 80 y que hundió a la clase trabajadora británica en la miseria. En este caso, incide en el avance del neoliberalismo que pone en peligro la supervivencia de la artesanía textil en la isla de Harris. Parte del sustento de la familia de John y Cal viene de los pedidos de tejidos que elaboran en su casa con lana de ovejas, que cada vez son menos y, por lo tanto, también disminuyen sus ingresos. “Por eso situé el libro en 1996, porque Internet cambia los lugares rurales. La familia está muy preocupada por su patrimonio, se aferra a esa tierra y no sabe todavía que las islas se van a transformar”, revela.

Desde la península, el archipiélago comenzó a verse como un lugar idílico en el que planear la jubilación o como destino vacacional. Aparecieron los primeros alquileres de Airbnb y con ellos la transformación que el modelo de turismo masivo causa en las comunidades. Es en este contexto donde vuelve a aparecer el conflicto de clases. Pero esta vez el escritor quería reflejar que los trabajadores también se interesan por las cosas bellas, no son solo seres centrados en la producción o ajenos a la intelectualidad. Por ejemplo, en el pueblo un grupo de hombres ha montado un club de lectura, dónde leen libros como Cumbres borrascosas y, de alguna manera, libera sus emociones.

Incluso a través de los sermones religiosos hay un intento de buscar la belleza en la manera de cantar los salmos, porque en el calvinismo no hay acompañamiento de órgano, guitarra o piano. “Nada se interpone entre tú y Dios”, explica Stuart. Precisamente esa creencia es opresiva para el padre, que vive su homosexualidad en un silencio asfixiante, pero también le sirve como una especie de escudo ante sus propios pensamientos. “Cuando la gente queer se topa o se encuentra o vive con la religión en la Iglesia Presbiteriana Libre [de teología calvinista] creen que las escrituras no pueden equivocarse. No hay ninguna negociación, no hay que modernizar nada, no hay que ampliar nada”, detalla.

Toda esta lucha interna causa que la relación entre el padre y su hijo, ambos homosexuales, sea tormentosa. Ambos se quieren, viven en la misma casa, comparten experiencias juntos, pero tienen una forma tan diferente de ver la vida que no consiguen adaptarse el uno al otro. Es el padre quien sabe qué es lo que ocurre en realidad, pero su culpabilidad y negación le impiden abrirse a su descendiente. “Muchos jóvenes que salían del armario inspiraron a sus padres de 50 o 60 años que no pensaban que podían hacerlo antes. Si los personajes se llaman igual es porque son la misma persona. Lo peor que puedes heredar es un padre con una vida no vivida”, considera.

Nueva York sigue siendo una ciudad para ciudadanos globales. Creo que es la primera urbe a la que todo el mundo puede ir y encontrarse, todo el mundo pertenece a ella.

Esa cotidianidad está cargada de violencia, tanto psicológica como física, entre los dos personajes masculinos. Si bien los golpes nunca pueden justificarse, sobre todo cuando hay un desequilibrio de poder, cuando se producen por una causa aparentemente irrelevante, lo son aún menos. John hijo se pasa un buen número de páginas con la cara hecha un cuadro por los puñetazos de su padre al que, se supone, humilló por acudir a la iglesia con un estilismo inspirado en Kurt Cobain. Douglas declara que la violencia entre hombres se da porque tienen “un abanico de emociones” del que afirma que no pueden hablar (tristeza, vulnerabilidad, miedos). “Y al no hacerlo la cosa estalla”, remata. John padre quiere a su hijo más que a sí mismo, pero es incapaz de transmitírselo de manera directa.

En John, hijo de John, hay menos personajes femeninos que en sus anteriores novelas, pero una de ellas es el eje esencial de esa familia. Se trata de Ella, la abuela materna que continúa en la casa en la que viven su yerno y su nieto, aunque su hija se haya marchado, porque es suya. Su personalidad férrea se revela poco a poco y esa anciana que aparenta necesitar cuidados (uno de los principales motivos por los que Cal regresa a casa) en realidad tiene la sartén por el mango. “Al escribir sobre Ella pensaba en mi abuela y sus amigas, nacidas en el entreguerras en un mundo patriarcal, que al final de sus vidas habían perdido el miedo y eran sabias, fuertes y representaban la feminidad más potente”, detalla Stuart.

Derechos conquistados, pero no para todos

No hay duda de que la comunidad LGTBI+ ha conseguido, a base de mucha lucha, derechos que hasta hace muy poco les estaban negados. Pero Stuart no es complaciente con todo el relato que se ha generado y considera que no hay que olvidar ciertas realidades que a menudo quedan en un segundo o tercer plano. Es, por ejemplo, lo que sucede en zonas rurales habitadas por muy pocos vecinos. “Pensamos que el progreso ha llegado a todas partes y no, yo creo que solo llega si eres blanco, de clase media y tienes una familia urbana”, señala. Él considera que aún sucede, pero en los años 90 era aún más evidente: si alguien queer pertenecía a la clase trabajadora no tenía la oportunidad de irse a Londres o a San Francisco para vivir como quisiera, así que se quedaba en esa cárcel de barrotes inmateriales.

En la actualidad el clima político amenaza con acabar con esos derechos adquiridos por la comunidad LGTBI+, la clase trabajadora, las personas racializadas y las mujeres, entre otros. Años de lucha pueden borrarse de un solo plumazo las leyes que protegen a la ciudadanía y él reside en uno de los países que más abogan por pisotear a los que no apoyen los intereses del presidente, por muy delirantes que sean. Afortunadamente, para él, reside en una ciudad que parece un oasis en medio de ese desierto intelectual, con un alcalde que, de momento, cumple las promesas de su campaña. Zohran Mamdani es una de las razones por las que Stuart no se considera americano, pero sí neoyorquino.

“Nueva York sigue siendo una ciudad para ciudadanos globales. Creo que es la primera urbe a la que todo el mundo puede ir y encontrarse, todo el mundo pertenece a ella”, indica convencido. Sin embargo, pone un poco de coto a la idealización y aclara que después de vivir allí una o dos décadas, lo mejor es coger e irse. Él vive allí desde hace 26 años y cuando se le señala ese dato que contradice su afirmación anterior, responde con una sonrisa: “Ya lo puedes ver por mi biografía, soy una persona muy tenaz y obstinada. O igual tonta, no lo sé”. Lo primero es que sí, lo último seguro que no.