María Rodríguez Soto atraviesa el hielo de 'Permagel' en un viaje teatral sobre el deseo y la dificultad de encajar

Juanjo Villalba

Barcelona —
18 de abril de 2026 09:54 h

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Seguramente usted fue uno de los miles de lectores que hace unos años leyeron Permagel (o Permafrost en su traducción al castellano), el fenómeno literario internacional que convirtió a su autora, Eva Baltasar, en una de las escritoras más interesantes de las letras catalanas. 

La novela es el retrato psicológico de una mujer lesbiana, inteligente y extremadamente lúcida, que atraviesa una compleja etapa de su vida adulta bajo una constante pulsión suicida. El permagel o permafrost del título hace referencia a cómo se siente: aislada de los sentimientos y las expectativas sociales, como rodeada de una espesa capa de hielo que la separa del mundo exterior y que nunca se derrite.

El hecho de que Baltasar hubiera dedicado gran parte de su obra anterior a la poesía, contribuye a que la prosa de Permagel sea precisa y finísima a la hora de describir los estados emocionales que atraviesa la protagonista. La novela habla del deseo, del sexo, de la familia, de la maternidad, de la muerte con honestidad y esa fría ironía de los que están desesperados.

Del papel al escenario

Ahora, la novela acaba de dar el salto al teatro de la mano de una de las directoras más interesantes del momento, Victoria Szpunberg, y con María Rodríguez Soto dando vida a la protagonista de la historia. La obra, que se titula también Permagel, se estrenó el pasado día 8 de abril en el Espai Texas de Barcelona, y las entradas se han vendido a una velocidad tal que se ha prorrogado hasta el 28 de junio.

La traducción a la escena de Permagel no era una tarea sencilla, se trata de una novela que transcurre básicamente en la mente de la protagonista. Por eso mismo, convertir ese flujo de pensamiento en acción escénica comportaba el riesgo de perder su esencia. 

De hecho, Szpunberg ha confesado que aceptó el reto casi a regañadientes: “Anna Rosa Cisquella y Sem Pons [responsables de Dagoll Dagom y Barc, coproductores de la pieza] fueron quienes me llamaron y me propusieron llevar al teatro Permagel. Hasta entonces, yo no conocía la obra de Eva Baltasar y tampoco he adaptado muchas novelas al teatro”, reconoce.

Todo cambió tras leer el libro. “El libro de Eva destila oralidad y poesía, con una voz protagonista tan irreverente como sensible y unas imágenes que son realmente muy tentadoras para la escena”, explica la directora. “La adaptación que hemos hecho con Albert Pijuan, si bien respeta el texto original, aporta una nueva estructura que pensamos que se adecua mejor al hecho teatral”.

Que todo cambie para que todo siga igual

Partir de una obra tan conocida por el público complicaba todavía más el reto. La adaptación no ha buscado trasladar la novela de manera literal, sino que ha consistido más bien en remontar la historia desde la lógica del teatro. 

La estructura cambia, el tiempo gana linealidad, pero se respeta el texto de la novela y su carácter fragmentario. No renuncia a su densidad ni a su profundidad, ni es en absoluto una lectura dramatizada. De alguna forma encuentra un punto intermedio en el que la actuación de Maria Rodríguez Soto es clave.

Y es que es imposible hablar de esta adaptación de Permagel sin resaltar el trabajo de Maria Rodríguez Soto, que se presenta en completa soledad frente al público con una intensidad máxima desde el momento en el que pone el pie en escena. 

La actriz, que muchos recordarán por Casa en flames (2024) o Los días que vendrán (2019) en el cine o Els criminals (TNC, 2024) o Una gossa en un descampat (Sala Beckett, 2018) en el teatro, despliega una capacidad sobresaliente para atravesar estados emocionales muy distintos sin perder la continuidad, pasando de la ironía a la vulnerabilidad, o de la desesperación al enfado de una forma tan orgánica que nunca resulta forzado ni sobreactuado.

Dentro de estos cambios de registro, el humor ocupa un lugar central. La ironía atraviesa todo el texto y la interpretación la utiliza para modular la intensidad del monólogo. Gracias a ella, la obra avanza y la dureza del relato se hace visible pero sin resultar asfixiante. La risa puede aparecer incluso en momentos en los que la dureza de lo que se está contando no la justificaría, lo que también contribuye a construir el contradictorio andamiaje sentimental de la protagonista.

Esa combinación es la clave del trabajo de Rodríguez Soto. Su energía sostiene la función. Los matices que introduce evitan que el texto caiga en el exceso. Y su capacidad para encarnar distintos personajes, modular la voz y transformar su cuerpo, convierten el monólogo en una experiencia muy rica.

Un espacio en blanco

El espacio en el que la actriz desarrolla su trabajo es completamente blanco y está casi vacío. Representa tanto una fría habitación de hospital, como la mente de la protagonista; el hielo que recubre su corazón o la cima del edificio desde el que fantasea con suicidarse. 

Una escenografía, creada por Paula Gómez Infante, discreta pero que funciona. Los elementos son los imprescindibles. Se desplazan, se reorganizan, generan nuevas formas y acompañan el recorrido del personaje, en ocasiones, literalmente.

Un espejo helado

Permagel plantea una cuestión que sigue plenamente de actualidad ocho años después de su lanzamiento como novela: la dificultad para habitar el mundo, la sensación de no encajar y la presión insoportable de algunos roles sociales.

En ese sentido, la obra sigue funcionando como espejo para muchas personas que, como la protagonista, tratan de resquebrajar ese hielo eterno que las mantiene separadas de la vida “normal”.

La obra no proporciona una respuesta clara ni reconfortante, ni pretende curar ni cerrar heridas. Se limita a exponerlas, a ponerlas en común, a hacerlas visibles en un espacio compartido. Y ahí el espacio teatral quizá sí que tiene una ventaja sobre la novela, el hecho de vivirlo en comunidad hace que este efecto se multiplique.