ENTREVISTA Coautor de 'Charlatanes'

Moisés Naím: “El charlatán no busca convencer, quiere viralizar, polarizar y fidelizar”

Neus Tomàs

6 de febrero de 2026 22:05 h

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Hay personas que se dedican al engaño sistemático, mienten a sus víctimas sin reparos y ni muestran remordimientos ni se sienten culpables por ello. Son ególatras y manipuladores con cero empatía hacia las personas que estafan. Buscan convencer sin persuadir. Han existido toda la vida pero ahora la tecnología juega a su favor y eso les convierte en más peligrosos. Son lo que con acierto definen el escritor y experto en relaciones internacionales Moisés Naím y el periodista y politólogo Quico Toro como Charlatanes, en el libro que acaba de publicar Debate.

A partir de una veintena de ejemplos, de épocas, ámbitos y países distintos, los autores describen comportamientos y estrategias parecidas y nos alertan de una conclusión: nadie es inmune a los charlatanes porque todos tenemos sueños.

Esta es la conversación con Moisés Naím, editada para facilitar su comprensión.

La primera pregunta es obligada: ¿qué es un charlatán?

En esencia, una persona que finge tener conocimientos, habilidades o poderes que en realidad no posee y que utiliza esa apariencia de autoridad, de conocimiento, de poder para engañar, manipular o sacar provecho de otros.

El charlatán se diferencia de los otros farsantes porque estos son de una sola transacción, mientras que él busca y muchas veces logra tener una relación personal, provocada con sus víctimas. 

Las técnicas de la charlatanería actuales no son tan distintas de las de personajes como Magnumà, un alquimista que en 1589 prometía a los nobles venecianos que se podían convertir metales comunes en oro.

Tienes razón. Sin embargo, sí hay innovación en el mundo de la charlatanería. Antes los charlatanes básicamente se circunscribían a un ámbito geográfico más limitado, ahora son mundiales. Son mundiales porque son digitales y esto les puede convertir en virales y, por lo tanto, estar en todas partes. Son internacionales, globales en su ámbito y son escalables. Por lo tanto, se hacen muy grandes. Ese paquete de diferencias es muy importante.

¿Eso les convierte en más peligrosos? 

Absolutamente, y lo estamos viendo en la práctica. Simplemente cuando uno ve la cantidad de dinero que se está gastando en proteger a compañías, a organizaciones de los ataques, de los ciberataques, ¿no? Sí, esto es grande y peligroso.

Además, ha llegado la era de la estafa a través de la inteligencia artificial. Más rápido y más fácil para que funcionen.

Ese es un dato importantísimo que se une a los deepfakes, que son estas capacidades, modalidades, softwares más potentes que nunca. Hay un mundo tecnológico que se está combinando con el mundo de los criminales, con el de los políticos, el de los extorsionadores, que se transforma en el mundo de los charlatanes.

En el libro explican que, hoy en día, un charlatán no puede triunfar sin una vena emprendedora.

Es que no son burócratas sentados en un cubículo, son gente normalmente muy inteligente, con acceso a recursos y con capacidades de prestidigitadores. Es gente que convierte la manipulación en método de la credulidad de mercado. Mientras más crédulo eres, más mercados existen para extorsionarte o sacarte dinero. 

Un ejemplo sería Arif Naqvi, un financiero paquistaní, cuya empresa fue referente para el Gobierno de Obama. ¿Cómo puede ser que en una administración tan grande –y se entiende que con más filtros– no sepan detectar a un tipo que es un estafador?

Demuestra que las víctimas de los charlatanes no saben cómo protegerse de esto. La empresa Theranos, que prometía grandes innovaciones en el mundo de los diagnósticos médicos, con una emprendedora, Elizabeth Hope, que está ahora en la cárcel, convenció a una junta directiva con nombres como Henry Kissinger, varios ministros de relaciones exteriores, hombres de negocios o importantísimos académicos. No fue por falta de educación que estos fracasaron y fueron engañados. El punto central es que nadie está por encima, ni alejado, ni totalmente protegido de los charlatanes y sus trucos. 

Eso lo que demuestra es que no hay, además, un único perfil de víctima.

Exacto.

Los charlatanes no son burócratas sentados en un cubículo, son gente normalmente muy inteligente, con acceso a recursos y con capacidades de prestidigitadores

En el libro apuntan los factores que influyen a la hora de convencer a las víctimas. Uno de ellos es el de la “mentalidad de rebaño”. ¿En qué consiste?

Seguimos ciegamente a quien nos lleva. Formamos parte del rebaño muchas veces. La moda es un buen ejemplo de esto. Seguir las tendencias es una tendencia innata del ser humano.

Luego están el famoso sesgo de confirmación y el “razonamiento motivado”, o lo que vendría a ser partir de una conclusión para después buscar los motivos. ¿No es lo que hacen también algunos partidos políticos?

Y algunas empresas, algunas universidades y algunos centros religiosos… La diversidad de instituciones y organismos que forman parte de este ecosistema es extensa. 

Lo que tienen en común las víctimas de los charlatanes es que comparten determinadas necesidades. ¿Se puede resumir en dos ámbitos: ganar dinero y tener salud?  

Son esos, pero son mucho más. Está afectando el ámbito de las relaciones internacionales, el ámbito de la religión, el ámbito de los medios de comunicación y cómo se utilizan y cómo se obtienen. Lo que buscamos en el libro es mostrar cómo esta es una tendencia mundial, que no hay país donde esto no exista y que no hay actividad humana organizada en empresas, en religiones, en instituciones que no sea vulnerable a esto.

Le comentaba el de ganar dinero porque un mercado donde han proliferado los charlatanes es en el de las criptomonedas.

Y ahí se mueven cantidades de dinero extraordinarias. Hay todo tipo de charlatanería que coexiste con la parte real y legítima e interesante que tienen las criptomonedas. Pero coexisten de una manera que genera también mucho riesgo que no está siendo bien calculado.

Citaba la religión. ¿Ahora también tendríamos ejemplos en las nuevas iglesias que están proliferando? 

Sí, porque se ha demostrado que es posible crear nuevas sectas, nuevas creencias, modificar creencias existentes y transformarlas en una secta.

Y después está la astrología. Aquí también los seguidores son de todo tipo. Esta la define como charlatanería “sencilla”.

Es creer que los astros, cuando tú naciste, definen tu destino. Es una creencia medieval. El problema es que antes lo transmitían unos señores que iban caminando de pueblecito en pueblecito y ahora tienes Instagram.

No hay actividad humana organizada en empresas, organizaciones, religiones o instituciones que no sea vulnerable

Algo interesante de los charlatanes es que no se esconden. Más bien todo lo contrario.

Claro, es que su credibilidad también sale de que otros, muchos, crean en ellos. Y entonces ahí es donde está la tendencia a creer, la propensión a creer que tenemos. 

Como todos podemos ser víctimas, ¿hay alguna manera de prevenirnos?

Sí la hay. Nunca completamente, pero al menos estar al tanto de que todos podemos serlo. El problema es que las redes sociales y los algoritmos premian lo que indigna y simplifica. El charlatán no busca convencer, quiere viralizar, polarizar y fidelizar. No pretende cambiarle la religión a nadie, lo que quieren es utilizar segmentos de esas creencias para aprovecharse de quienes las tienen. 

En uno de los capítulos describen a Berlusconi como el paciente cero de nuestra época, un Trump mediterráneo de los 90. Parafrasean a Marx para decir que Berlusconi es la tragedia, y Trump, la farsa. ¿Usted pensaba que Trump llegaría tan lejos como está llegando? 

No, yo pensé que no iba a ser elegido y fue elegido. Pensé que no podía ser reelecto visto su desempeño en el primer gobierno que tuvo. O sea que tengo una larga y rica trayectoria de fracasos pronosticando el desempeño de Donald Trump. Eso es una cautela para tus lectores.

Usted fue ministro en Venezuela. No podemos acabar esta entrevista sin preguntarle su opinión por lo que está pasando en su país

Mi país está mejor no teniendo a Nicolás Maduro en la presidencia de Venezuela. Por supuesto que queremos saber qué viene después. Sabemos que hay un proyecto andando en el cual hay una lista de cosas que ambas partes van a hacer. La que era la vicepresidenta de Maduro y ahora es la presidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, se reúne con los funcionarios estadounidenses con frecuencia y están tratando de cambiar las cosas. Hay cosas que no me gustan, evidentemente, y preferiría que hubiera más transparencia, pero entiendo y acepto que hay un mundo de turbulencias y que no es fácil hacer esto. Es muy temprano para diagnosticar. Existe una gran tentación de decir, 'bueno, vamos bien'. Yo creo que vamos mejor de lo que estábamos con Maduro, pero todavía no estamos bien. 

Falta mucho para la reconstrucción de Venezuela. Es un proyecto excitante, interesante, puede ser muy humano, puede ser muy social y puede ser de consecuencias fantásticas. Pero también hay que entender que Venezuela fue capturada por bandas criminales mundiales que operan dentro y que muchas veces tienen capacidades muy superiores a las del Gobierno. 

Algunos políticos y articulistas han comparado el proceso que inicia ahora Venezuela con la Transición española. ¿Es comparable? 

A mí me encantaría decir que sí, que por supuesto que sí, pero ahí falta el pequeño detalle de que la reforma en España no contaba con el petróleo que hay en Venezuela. El factor petróleo es muy importante en la economía de Venezuela y su estructura social. Ahora tenemos el vínculo con los Estados Unidos que se ha otorgado un paquete de posibilidades gracias a los hidrocarburos. Pero sí hay paralelismos.

Yo llevo años estudiando las reformas en diferentes países y en distintos sectores y cada uno es muy distinto, a pesar de que a todos las llaman reformas económicas y reformas institucionales. Cuando uno ve la ejecución es impresionante lo diferentes que son y al mismo tiempo lo parecidas que son.