El retorno balcánico al Liceu de Marina Abramović: una conmovedora incoherencia

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Marina Abramović siempre será la reina de la performance extrema del siglo XX. Gran diva de las formas más radicales de resistencia física y mental, siempre cuidando al máximo la vertiente estética de sus espectáculos, su impecable puesta en escena fotográfica combina con maestría el efecto que provocan las imágenes más impactantes y provocadoras. Hace dos años, en la exposición Veneradas y temidas de CaixaForum, una de las piezas de mayor valor que acogía la muestra era una foto de su cabeza totalmente rodeada por una serpiente pitón, emulando tal vez la Medusa esculpida por Bernini en 1630.

Es esta capacidad de sorprender, e incluso asustar o repeler, sin renunciar a la belleza de lo visual lo que ha caracterizado la mayor parte de su carrera, tanto en sus proyectos en centros de arte y museos como en puestas en escena en recintos más formales, como teatros líricos. En este sentido, no es la primera vez que Abramović estrena obra en el Liceu, pues en 2023 llevó al escenario del teatro The 7 deaths of Maria Callas, donde recreaba a la diva de la ópera en siete de sus representaciones.

Ahora ha vuelto durante unas semanas del mes de enero con Balkan Erotic Epic, que ella definió durante la presentación del espectáculo como una suerte de retorno después de una vida en el extranjero –con sumo éxito, cabe decir– a sus raíces balcánicas, a la tierra que la vio nacer y crecer hasta que en 1976 abandonara la antigua Yugoslavia, país extinto pero que ella reconoce como única patria.

De todas formas, en el concepto de tierra balcánica, la serbia incluye, además de los antiguos estados yugoslavos, a Bulgaria, Rumanía, Albania y partes de Grecia y Turquía. Esto es la unidad cultural que forma esta montañosa y convulsa zona del sur de Europa, de la que Winston Churchill dijo que genera más historia de la que es capaz de digerir.

Obsesión genial

El regreso a estos orígenes, a sus ochenta años, pasa en el caso de Balkan Erotic Epic por la figura de la madre de la artista, el recuerdo del funeral del mariscal Tito como la muerte anunciada de Yugoslavia o el repaso de las ancestrales tradiciones rurales de los pueblos balcánicos, relacionadas con la agricultura y la ganadería –también con el amor conyugal– que se vinculaban con prácticas genitales.

Precisamente estas prácticas, que implicaban el uso del pene o la vagina para conseguir beneficios agrícolas, climáticos o maritales, guía una parte importante de la obra, al menos en sus inicios, en los que por el escenario circulan falos gigantescos o bailarinas aireando sus velludas vaginas ante el público para espantar a los dioses de la lluvia con supuestas danzas ancestrales y, a su vez, evocar el cuadro El origen del mundo de Gustave Courbet.

La escena, una de las varias que componen Balkan Erotic Epic, resulta cuanto menos desconcertante si no grotesca e incoherente, ya que se alarga durante unos buenos veinte minutos de exhibicionismo innecesario. Este acto presagia a espectadoras y espectadores una noche decepcionante. De hecho, el personaje que dirige este tramo de la obra encarna a una antropóloga flamenca que estudia las tradiciones balcánicas relacionadas con los genitales.

Resulta más cómico que empático o conmovedor, en especial cuando pide un hombre voluntario entre el público para representar uno de estos ritos. Logra así que el desarrollo de la obra se parezca más a uno de los nefastos programas televisivos de sábado noche que poblaron la televisión pública hace décadas, que a una obra de arte.

Resurrección en torno a la muerte

Pero tras el bochorno, de un modo casi milagroso, la obra remonta el vuelo y alcanza los niveles esperados en las siguientes escenas-actos. Lo hace con la representación de la muerte, encarnada por un bailarín desnudo, inerte y llorado por su amada, rodeados ambos por otras parejas en la misma circunstancia. Se desarrolla entonces una danza que evoca La pietà de Miguel Ángel y, seguidamente, el entierro de los restos de un eccehomo de gran belleza estética. La escena prosigue con una convulsa coreografía de lucha contra la idea de la muerte.

Tras este acto, sin solución de continuidad, pues el evento no tiene pausas ni descanso, regresa –por fortuna por poco tiempo– la infame antropóloga flamenca y nos presenta una escena de taberna balcánica donde una sobria funcionaria comunista se deja llevar por los instintos y se entrega a la lujuria con dos hombres en una danza frenética. Se trata de una suerte de venganza de Abramović hacia su madre, partisana y heroína nacional yugoslava, comunista estricta que jamás se permitió el cariño con la artista.

Superadas las escenas de taverna, que también caben en lo más prescidible de la obra, esta regresa a los planos más altos con las imágenes de un cementerio donde los danzantes bailan y hacen el amor con los esqueletos

Superadas las escenas de taberna, que también caben en lo más prescindible de la obra, esta regresa a los planos más altos con las imágenes de un cementerio donde los danzantes, ahora de nuevo desnudos pero provistos de la dignidad de sus sugerentes y ralentizadas danzas, casi reptilianas, bailan y hacen el amor con los esqueletos del camposanto: Abramović en estado puro. Se trata de una escena fascinante, hipnótica que pone en relieve el gran trabajo del coreógrafo albanés Blenard Azizaj.

También destaca el trabajo de Azizaj –junto con el del director de performance duracional inglés Billy Zaho y la directora asociada de la obra Georgine Maria-Magdalena Balk– en la que será casi la última escena de la obra, con danzantes vestidos con curiosos trajes blancos con una suerte de melenas nivales, capaces de danzar sobre la música que produce su propio zapateo en el escenario. Finalmente, cerrarán Balkan Erotic Epic unos enormes espantajos, a medio camino entre tótems mitológicos y personajes de entroido.

Al final, tras tres horas –orginalmente el espectáculo duraba cuatro horas pero ha sido cercenado sin que se dé explicación alguna– de abstracción en las fascinantes danzas que diseñan Balk, Zaho y Azizaj, la propuesta se hace corta y deja con ganas de más. Tal es el poder de Marina Abamović, que todavía, a sus 80 años, sigue siendo una fuente de energía e inspiración.