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ENTREVISTA Autora del libro 'Feminismos enemigos'

Sophie Lewis, escritora: “Ser feminista y misógina no es un oxímoron”

Sandra Vicente

Barcelona —
8 de septiembre de 2026 21:59 h

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Una feminista puede ser también una enemiga. Esta es la tesis que defiende la escritora y pensadora crítica Sophie Lewis. Nacida en Viena en 1988, ahora radica en Filadelfia, lo que le da una mirada amplia del movimiento feminista desde Europa hasta Estados Unidos y le permite trazar una línea de sus evoluciones históricas. Y es ahí donde pone el hilo conductor de Feminismos enemigos (Bellaterra, 2026), un libro polémico en el que analiza cómo algunos movimientos que defienden los derechos de las mujeres pueden ser un caldo de cultivo para ideas fascistas.

Lewis parte de las colonialistas británicas y navega hacia el Ku Klux Klan hasta llegar a las tesis transexcluyentes, pasando también por las tradwives y la capitalización por parte del sistema liberal de la emancipación de la mujer a través de la figura de las girl boss. Apunta que hay feminismos que se basan en tesis racistas, excluyentes o directamente misóginas y sostiene que no todo lo que lleve la bandera violeta tiene que ser “inherentemente bueno”.

Una de las primeras cosas que quiere dejar claro a sus lectores es que “algunas tesis feministas pueden acabar llevándonos hacia el fascismo”. ¿Cómo?

Lo que digo es que algunos feminismos, aunque partan de la buena fe, pueden acabar siendo parte de la visión global del fascismo. Eso es importante porque no hablo necesariamente de tesis que sean intrínsecamente fascistas, sino de algunas posturas que pretenden, bienintencionadamente, emancipar a las mujeres, pero acaban teniendo una definición de lo que significa ser mujer que sí constituye un problema.

¿En qué sentido?

La definición de quién es mujer y quién no, dependiendo de dónde pongas la frontera, puede ser fascista, racista, supremacista o burguesa. Cómo concibes el cuerpo, el carácter y la situación sexual es muy importante y demuestra que, aunque mucha gente crea lo contrario, el feminismo no es el último baluarte contra el fascismo. De hecho, históricamente algunos feminismos han sido parte del fascismo.

Dedica los primeros capítulos a hablar de cómo el colonialismo europeo se sirvió del deseo de emancipación de las mujeres para sus propósitos. ¿Se refiere a eso?

Por ejemplo. Ambos movimientos se apoyaron mutuamente para construir postulados heroicos en pro del supremacismo racial, dando mucho protagonismo a mujeres que acabaron salvando proyectos coloniales en decadencia y estableciendo las bases de postulados fascistas.

Ese fue el caso de los primeros movimientos feministas mainstream de Inglaterra, que animaron a las jóvenes de clase media a ser independientes y a emanciparse, yéndose a las colonias a experimentar y vivir aventuras. Pero en realidad lo que se buscaba era higienizar la colonia, educarla y evitar que los trabajadores ingleses formaran familias con mujeres indígenas.

Pero esa relación entre el feminismo emancipador y las políticas racistas no tienen que ver con la definición de mujer que hicieran los colonos.

Depende. Yo entiendo el concepto de cisidad [cisness en inglés, término que hace referencia a la condición cis -sentirse identificado con el género asignado al nacer-, como la única opción natural y aceptable] como algo muy importante para entender la historia feminista. No quiero ponerme muy técnica para explicar la relación entre la cisidad y el colonialismo, pero creo que lo que es muy fácil de entender es que todo el mundo, hasta cierto punto, ha sido vulnerado por la cisidad.

Eso no quiere decir que todos seamos trans, sino que todos nos hemos visto afectados por lo que la sociedad cree y entiende que tenemos que ser. Lo que podemos hacer y lo que se nos permite, ya sea en base a nuestro género, raza, origen o religión. Y se nos pone en categorías estancas que no van a cambiar jamás. Ahí viene cuando la cisidad colonial daba derechos sólo a las mujeres que ellos consideraban que debían tenerlos, que no son otras que las mujeres jóvenes, de clase media, burguesas y, por supuesto, blancas.

Si una alta ejecutiva que lleva un traje de corte masculino, se le permite. Pero una de clase baja que lleva camisetas anchas y gorra se convierte en una enemiga

Relata que las feministas colonialistas estaban en contra de abolir la esclavitud porque temían que los hombres negros, en tanto que hombres, tuvieran más derechos que ellas. Temían perder sus escasos privilegios sociales. En ese caso, sí veo la relación con los postulados transexcluyentes actuales.

Es exactamente eso a lo que me refería. Y por eso los primeros movimientos TERF [Feministas Transexcluyentes Radicales, por sus siglas en inglés] surgieron en el Reino Unido. Tanto el colonialismo como el patriarcado se asegura de dar a ciertas mujeres, casi siempre blancas y burguesas, cierto poder. Mientras trabajen para el imperio o para el sistema, podrán gozar de una flexibilidad que a otras mujeres no se les permite.

Mira a una mujer que viste ropa masculina. Si es una alta ejecutiva que lleva un traje, se le permite. Pero una mujer de clase baja que lleva camisetas anchas y gorra se convierte en una enemiga. Esa es la paradoja de la cisidad: si aceptas reforzar la cisexualidad, la binaridad, la domesticidad, el feminismo patriarcal y colonial, el sistema te premiará pudiéndote saltar alguna de estas normas.

Por eso, a las jóvenes colonas les permitían adoptar conductas aventureras (siempre reservadas para los hombres) y salir de sus hogares, cosa que iba en contra de lo que ellas mismas postulaban.

¿Hacia dónde ha evolucionado esta instrumentalización del feminismo por parte del sistema?

Bueno, es un clásico lanzar a ciertas feministas contra algunos enemigos del sistema, como el islam. De esa manera, justifican políticas racistas, antiinmigración e islamófobas asegurando que es por el bien de la libertad de las mujeres. Pero hay un giro nuevo en la historia; ahora en el Reino Unido ha surgido otro tipo de feminismo que se autodenomina ‘reaccionario’.

¿Qué diferencia hay entre las radicales y las reaccionarias?

Dejar atrás el calificativo ‘radical’ no es baladí. Están en contra, por ejemplo, del divorcio y del aborto. Creen que la revolución sexual fue un ataque hacia las mujeres perpetrado por mujeres y que lo más feminista del mundo es proteger la idea de la familia nuclear. Si se denominan feministas es porque mantienen ciertos postulados sobre la importancia de los cuidados y la interdependencia. Y eso es algo que me asusta muchísimo.

Hay feminismos que critican la figura de la girl boss, no porque sea un invento capitalista, sino porque creen que las mujeres jamás deberían de haber salido de casa

De todo lo que me ha dicho, ¿lo que le asusta más es que reivindiquen la importancia de los cuidados?

Sí, porque debería ser la izquierda la que tuviera el monopolio de la reivindicación de los cuidados y la importancia de no comerciar con ellos. Pero cada vez hay más voces de derecha que destacan los fallos del sistema liberal y neoliberal. Y eso podría estar bien; el problema es la alternativa que proponen.

Critican la figura de la girl boss [mujer independiente y exitosa en su trabajo], pero no porque sea un invento capitalista, sino porque creen que las mujeres jamás deberían de haber salido de casa. Y, por supuesto, a la lista de sus enemigos también se suman las trabajadoras sexuales, las personas trans y las mujeres migradas, en lugar de verlas como colectivos vulnerables a los que ayudar. ¿Sabes por qué?

¿Por qué?

Puede parecer raro este póquer de enemigos tan ecléctico, pero si lo piensas tiene sentido. Todo gira en torno a la fertilidad y la demografía. No creo que estos odios vengan necesariamente motivados ideas supremacistas, pero sí creo que tienen miedo de la substitución, igual que pasó con las feministas de las colonias.

El feminismo alejó a las mujeres de sus hogares y las convirtió en seres independientes, que adoran sus carreras profesionales y que no tienen hijos. Todo eso nos deja en manos de ¿quién? Pues de las familias migradas, que tienen más descendencia. Y luego están las personas trans que, aunque no suelen tener hijos, también tienen un papel en la invasión, echándonos de nuestros lavabos y ocupando nuestras cuotas. [Ríe].

¿A eso se limita el rechazo a las personas trans?

Por supuesto que no, pero sí tiene que ver con la demografía. Recuerdo el libro de Abigail Shrier, periodista del Wall Street Journal, Daño irreversible, en el que hablaba de “la locura transgénero que seduce a nuestras niñas”. Pues la portada era, precisamente, una niña con un agujero en medio de su vientre. Era una manera de decir que hay preciosos úteros nacionales que están siendo eliminados. Es por eso que están obsesionadas con los tratamientos hormonales para niños.

Para ellas, la invasión de otras culturas y la falta de fecundidad de las personas trans son dos caras de la misma moneda. Y eso tiene un efecto curioso: las mujeres pasan de ser las oprimidas a ser las opresoras. Eso es algo que pasa desde las colonias y es una inversión de roles muy típica del fascismo. Si te fijas, los proyectos extremos emergentes suelen empezar reclamando el estatus de víctimas frente un enemigo imaginario al que acaban asesinando, contra el que perpetran un genocidio o poniéndolo en cámaras de gas.

En los últimos años, el feminismo se ha convertido en un posicionamiento de mínimos. ¿Cómo ha afectado eso en la manera en que las derechas se han apropiado de él?

Como ejemplo, recordemos a las feministas radicales que apoyan a Trump… Pero en general, es verdad que en los sistemas liberales hay una especie de feminismo mainstream que podría ser el que representa Hillary Clinton. Uno de los motivos por los que perdió contra Trump fue porque su campaña se basó, casi únicamente, en decir que era su turno porque era mujer. Nadie se emociona por la equidad...

Nos cuesta mucho más criticar a las mujeres poderosas que a aquellas que están realmente oprimidas. Miramos hacia abajo para encontrar culpables en lugar de a las mujeres que tienen el poder y que toman decisiones en base a sesgos de clase

Hay una frase, que se suele repetir de forma irónica y que se atribuye a la escritora Giovanna Giordano, que dice que, si las mujeres gobernáramos, no habría guerras. ¿Qué le parece esta máxima?

Es una tontería. ¿Por qué debería ser intrínsecamente mejor ser gobernados por una mujer? Sufrir una opresión no nos hace automáticamente mejores personas. Piensa en los abusadores; cuando nos dicen que ellos mismos fueron abusados de pequeños, eso no les exculpa, ¿verdad?

Pero, aun así, nos cuesta mucho más criticar a las mujeres poderosas que a aquellas que están realmente oprimidas. Miramos hacia abajo para encontrar culpables, a las prostitutas, a las personas trans o a las migradas, en lugar de mirar hacia arriba, hacia aquellas mujeres que tienen el poder político o social y que toman decisiones en base a sesgos de clase.

¿Por qué culpamos al oprimido?

Por la fobia a la feminidad. Esta postura forma parte de uno de esos feminismos enemigos que, en realidad, es misógino. Se trata de vindicar los derechos de las mujeres, pero asumiendo que, para triunfar, debes tener comportamientos masculinos. Que solo aquellas que renuncian a su feminidad salen adelante. En lugar de analizar qué nos ha hecho el sistema, se basa culpan a quienes que les gustan las pelis románticas, las que visten de rosa o aquellas a las que se considera unas guarras. Por eso, ser feminista y misógina no es un oxímoron.

La feminidad es muy compleja y oponerse a ella es darle demasiado crédito al opresor. Las mujeres han tenido mucho que ver en las estructuras de poder. No hay nada más misógino que pensar que la feminidad, cualquier cosa que nos relacione con ser mujer, nos aleja de la emancipación. Por eso, las trabajadoras sexuales y las trans siempre han estado al frente de la resistencia, entendiendo que hay un horizonte de liberación en la reivindicación de la feminidad.

Y, ahora, la feminidad está capitalizada por las derechas y su exaltación de la figura de la tradwife.

Y monopolizan el discurso de los cuidados. Por eso se quedan en casa y abandonan el mundo laboral. Podría ser una idea revolucionaria, pero viniendo de ellas, como decía antes, es terrorífico.

A nadie le gusta trabajar y es lo más natural del mundo no querer hacerlo. Pero, ojo: ellas sí que están trabajando. Y no me refiero al hecho de que los cuidados sean un trabajo, aunque no remunerado. Eso por supuesto. Me refiero a que están monetizando su vida a través de las redes sociales. A no ser que tu marido gane una cantidad ingente de dinero, ser tradwife hoy es una fantasía económicamente imposible. Es un engaño que sólo beneficia al sistema y a las derechas.

Pero en un momento en que la falta de mano de obra es acuciante, ¿en qué beneficia al sistema el tener a buena parte de la población en casa?

Al sistema no le interesa que dejes de trabajar para convertirte en una tradwife, sino que desees hacerlo. Al sistema de clases le resulta muy beneficioso orquestar el deseo para disciplinar a la gente. Puede que sea una imagen asociada a no trabajar, pero para obtenerla debes trabajar. Y mucho, porque, paradójicamente, es muy cara de mantener.

Su lista de “feminismos enemigos” es larga. Tanto, que llega a afirmar que no existe tal cosa como “el bando de las mujeres”. ¿Qué debería unirnos, pues?

Quiero aclarar que, para nada, quiero dejar caer la bandera del feminismo. Simplemente, creo que la categoría “mujer” no es algo a lo que nos tengamos que agarrar tanto. Nuestro bando tiene que ser aquel que se cuestione esta categoría y que no necesite tenerla clara ni delimitada para actuar. Cuando las derechas nos afean que, ni siquiera, sabemos definir qué es una mujer, yo les contesto: ¿Y qué?.

El mundo cambia constantemente y necesitamos un feminismo que cambie con él, que no sea estanco, que no vea traiciones constantemente. No quiero que sea serio ni radical, que no contemple el placer como una cuestión política ni que esté obsesionado con las definiciones.