La portada de mañana
Acceder
Sánchez y Feijóo encaran su duelo electoral más cruento
Radiografía económica de una legislatura
Opinión - La economía y la política se “maximizan”, por Enric González

BOTÓN DE ANCLA

Anatomía de otro instante

0

Contaba Alfredo Grimaldos en La CIA en España que, en los albores de la democracia, en esos tiempos en lo que solo Carrero Blanco se elevó por encima de la mediocridad política habitual, la Agencia trasladó a Madrid a agentes que, hasta la fecha, estaban destinados a países latinoamericanos como Argentina o Chile. Había que asegurar que la Transición no superaba los límites establecidos por la Comisión Trilateral y que el PSOE, que llevaba 40 años de vacaciones, acaparaba las ganas de cambio de la izquierda.

Los tiempos han cambiado. Sin duda, para peor. Ya no hace falta llenar la embajada americana de agregados culturales; ahora los patriotas (PP y Vox) se llegan a la calle de Serrano a postrarse ante Benjamín León a recibir instrucciones y negociar cómo vender España en cómodos plazos. Y eso pasa por un nuevo inquilino en la Moncloa.

Ese cambio de gobierno pasa por las urnas, por supuesto, pero eso es como tirar una moneda al aire y el resultado es difícil de predecir. Por eso hay truco: si sale cara, que gane la coalición PP-Vox; si sale cruz, que pierda la izquierda. Y eso se logra deslegitimando el sistema electoral por su parte más débil: el voto por correo. Débil, no porque sea posible manipularlo, sino porque, al ser un proceso más desconocido, es más fácil que la gente se trague el anzuelo. Por supuesto, no se trata de convencer a nadie, sino de dar argumentos a los que necesitan creer (o monetizar en redes) que el pucherazo es posible. La verdad la dejamos para otro día.

El argumento, no lo olvidemos, incluye un segundo truco, un win win de manual: si gana la derecha, se impidió el fraude y el resultado es legítimo; si pierde, vivimos en una narcodictadura bolivariana que se ha salido con la suya. Lo siguiente, se ve venir, es pedir un golpe a la antigua usanza que, con una Policía y un Ejército escorados a la ultraderechísima, hace tiempo que pasó de la categoría de imposible a improbable. La trola del fraude electoral es que digan de aparecer como un personaje más en Anatomía de otro instante, si a Javier Cercas le da por escribir otra novela de ficción sobre un golpe en el que no hay un rey campechano que nos salva en el último momento.

El bulo del voto por correo no ha caído de un guindo. Forma parte de una estrategia importada de EEUU que tan buen resultado le ha dado, de momento, a Trump. El famoso Proyecto 2025, el programa electoral no oficial del señor Naranja, tenía todo un capítulo sobre cómo reformar el sistema electoral para intentar inclinar la balanza en favor de los republicanos en estas elecciones y las que vendrán. No es casualidad que el autor del texto fuera Hans A. von Spakovsky, el poster boy de la Election Law Reform, chiringuito dedicado en cuerpo y alma a difundir bulos sobre el sistema electoral americano.

La fachoesfera, en general, va a tope con el bulo. Pero quien va más a full es El Debate, el diario de la muy franquista Asociación de Propagandistas. De los más de 45.000 trabajadores de Correos, el digital es uno de los que más pábulo ha dado a uno que dice haber descubierto cómo robar las elecciones, voto por correo mediante, pese a que cientos de voces ha dicho que es imposible. Da igual. Es muy burdo, pero van con ello. No es ninguna casualidad que El Debate sea la puerta de entrada de la Heritage Foundation en España, la organización que redactó el citado Proyecto 2025.

Pero que nadie se llame a engaño. Lo del fraude electoral es pura cortina de humo. Si no, Borja Sémper no recomendaría votar por correo electrónico ni Jorge Azcón (presidente de Aragón) habría dicho la gilipollez que sus hijos, que estudian fuera, volverán a casa —no por Navidad sino por las elecciones— para votar presencial. Ni siquiera entienden en qué consiste ese posible fraude que quieren evitar.

La mentira del fraude electoral solo tiene una explicación: es la venda antes de una herida que no se va a producir. El triunfo de la izquierda pasa por agrupar el voto, que algunos partidos no se presenten en ciertas provincias en las que no van a salir, por la unión de las izquierdas… La prueba de lo desnortados que están a la derecha es que se creen que esto puede pasar. En estos momentos, para la izquierda ganar las elecciones sería conseguir que PP y Vox no sumen mayoría absoluta; casi ganarlas, que no lleguen a los 210 diputados que permitirían modificar la Constitución.

Lo que hay en juego no es la democracia sino la cuenta de resultados, de la misma manera que el fascismo tiene más de doctrina económica que política

Pero el miedo de los vendepatrias es comprensible. Lo que hay en juego no es la democracia sino la cuenta de resultados, de la misma manera que el fascismo tiene más de doctrina económica que política. Está en juego, por ejemplo, que el dinero de las pensiones pase a manos privadas, reducir a la nada los impuestos a los ricos, como ha recordado esta semana el diputado de Vox de mal nombre Frigodedo.

Luego hay que seguir desmantelando la educación y la sanidad pública para financiar a la privada, que cada vez menos gente se va a poder pagar. Las próximas elecciones van, sobre todo, de dinero. Es el botín no la democracia lo que les preocupa. Y si lo consiguen, no será porque van a robarlas, sino porque las víctimas de esas políticas son los primeros en votar en favor, que no hay nada más fachapobre que colgar de un olivo y prestarse a pagar la soga.