Un hombre que pide una ensalada ligera mientras su acompañante mujer opta por un chuletón sangriento sigue rompiendo esquemas visuales en cualquier restaurante, y no es casualidad. Tendemos a pensar que un postre de chocolate es “un capricho femenino”, que la fruta es el tentempié de ellas y que la carne roja es el combustible necesario para la virilidad y la fuerza masculina. Estos prejuicios, que parecen sacados de un manual de publicidad de mediados del siglo pasado, siguen operando a pleno rendimiento en nuestro cerebro. Un reciente estudio de la Universitat Politècnica de València (UPV) confirma que, aunque el discurso social camina hacia la igualdad, nuestro subconsciente sigue sentando a hombres y mujeres en mesas separadas por estereotipos gastronómicos profundamente arraigados.
La investigación, liderada por el Instituto Universitario de Ingeniería de Alimentos-FoodUPV y publicada en el International Journal of Gastronomy and Food Science, ha analizado este fenómeno mediante una comparativa entre consumidores de España y Ecuador. Los resultados revelan que la segmentación de género en la comida es una realidad persistente en ambas culturas. En España, el estudio asocia de forma mayoritaria las ensaladas y las frutas con el universo femenino, mientras que los platos cárnicos se mantienen como el estandarte de lo masculino. En el caso de Ecuador, esta brecha se acentúa aún más, percibiéndose la carne no solo como un alimento, sino como un símbolo de poder y robustez tradicionalmente ligado al hombre.
Para desenterrar estos sesgos, el equipo de la UPV utilizó la técnica Product Personality Profile, un ejercicio en el que los participantes debían personificar los alimentos. Al dotar a una manzana o a un filete de rasgos humanos como la edad, el sexo o el estilo de vida, afloraron prejuicios que a menudo pasan desapercibidos en las encuestas de consumo tradicionales. Purificación García-Segovia, coordinadora del estudio, señala que estas asociaciones son automáticas e inconscientes. No determinan necesariamente qué compramos cada día, pero sí configuran un mapa mental de “roles alimentarios” que el marketing sigue explotando, a veces de forma involuntaria, reforzando la idea de que ciertos productos no son aptos o atractivos para un género específico.
Comidas de ancianos o de jóvenes
Además del género, la edad actúa como otro filtro distorsionador en nuestra percepción culinaria. El estudio detectó que en España existe una clara tendencia a envejecer ciertos platos; por ejemplo, los embutidos y los guisos tradicionales de carne con verduras se asocian de forma recurrente con personas mayores.
Por el contrario, los perfiles jóvenes se vinculan casi exclusivamente con el consumo de ensaladas y frutas. Esta desconexión supone un desafío crítico para la salud pública y el marketing, ya que si un joven percibe un guiso saludable como algo “de ancianos”, o un hombre adulto siente que una ensalada es un plato “femenino”, las barreras culturales acabarán boicoteando la adopción de una dieta equilibrada.
Impresión 3D de alimentos
Ante este panorama, el estudio propone soluciones tecnológicas que parecen ciencia ficción pero que ya están en los laboratorios de la UPV. Carmen Molina-Montero, autora del trabajo, plantea el uso de la impresión 3D de alimentos como una herramienta para hackear estos estereotipos.
Al diseñar estructuras, texturas y formas personalizadas que no recuerden a los formatos tradicionales, la industria podría presentar alimentos saludables de una manera neutra o atractiva para todos los públicos, sin el lastre de los roles de género. En última instancia, el éxito de las marcas del futuro dependerá de su capacidad para diseñar productos y campañas que hablen a las personas por sus necesidades nutricionales y no por los prejuicios que la sociedad les ha asignado.