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Don Alfonso, el canónigo de la Catedral de València que pagaba a chicos pobres a cambio de sexo y murió estrangulado

Lucas Marco

València —
30 de enero de 2026 23:55 h

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El juicio por el crimen del canónigo de la Catedral de València ha tenido tanto eco que hasta una diputada autonómica, aficionada a la literatura, ha seguido casi todas las sesiones en busca de inspiración para una novela. Y es que la historia lo tiene todo: un crimen cerca de la Catedral y del Arzobispado de València, un conocido religioso del que se sabía ampliamente que acogía a hombres sin recursos y sin techo para ofrecerles dinero a cambio de sexo, un guardaespaldas rumano y un conserje harto del vecino con sotana de la puerta 14. Alguno de esos chicos dejados de la mano de Dios, sin identificar, acabó con su vida, estrangulándolo hasta la muerte, según la acusación pública. Ha sido un crimen “muy mediático”, afirmó el único acusado por la muerte del religioso, Miguel Tomás V. N., un hombre de nacionalidad peruana sin antecedentes penales que se enfrenta a una petición de pena de 28 años de prisión por parte de la Fiscalía, acusado como cooperador necesario de los presuntos delitos de asesinato, robo con violencia y estafa.

El canónigo Alfonso López Benito, de 79 años, vivía en el número 22 de la calle de las Avellanas de València —a tiro de piedra del Arzobispado de València— y había conocido al acusado por la calle a finales de julio de 2023. Miguel Tomás, según el relato expuesto en el juicio celebrado esta semana ante un tribunal del jurado, acudió aquel verano al apartamento que el religioso tenía en el Perelló, pero negó que mantuviera relaciones sexuales con el anciano. En noviembre, don Alfonso bloqueó su número de teléfono móvil sin que el acusado supiera explicar el motivo. La noche del 21 de enero de 2024, el canónigo fue asfixiado por un tercer hombre mientras Miguel Tomás V. N. estaba presente, según la tesis del fiscal Antonio Gastaldi. “Es una muerte brutal”, dijo el representante del Ministerio Público.

Un amigo del canónigo, preocupado al no tener señales de vida del religioso, acudió a la mañana siguiente al hogar de Don Alfonso y accedió a la vivienda en compañía del conserje. En la habitación del canónigo, se toparon con el cuerpo sin vida de la víctima, “como una especie de momia, con la boca abierta”. Justo en ese momento, el móvil del finado envió un mensaje al del conserje. El testigo, según la declaración en el juicio recogida por el diario Levante-EMV, describió así el momento:

—Imagínense, acabar de ver a una persona muerta y recibir un mensaje de esa persona... Tanto el amigo como yo empezamos a gritar, muy nerviosos, y enseguida llamamos al 112 o al 091 y me bajé para comunicárselo al presidente de la comunidad. A partir de ahí ya fue todo caótico... Empezó a llegar la Policía, los periodistas.

El acusado fue detenido, al día siguiente, por la Policía Nacional en una pensión de la zona de Abastos en posesión del teléfono del canónigo, de su DNI y de su tarjeta de crédito (de la que previamente había tratado de averiguar el número PIN llamando en repetidas ocasiones a la entidad bancaria). El Ministerio Público sostiene que usó la tarjeta de crédito del religioso para compras por un valor de 2.327 euros. También habría usado la tarjeta de El Corte Inglés para gastos que suman 385 euros. “Está mal, lo reconozco”, concedió Miguel Tomás durante su declaración.

Restos de otro varón no identificado

Sin embargo, los investigadores de la Policía Científica que analizaron la vivienda de la víctima no hallaron vestigios de ADN del acusado. Sí que encontraron, en la almohada de la cama, restos de otro varón no identificado en sus bases de datos policiales (es decir, no fichado con anterioridad), así como siete huellas, también desconocidas.

¿Quién acabó con la vida de Alfonso López Benito? El acusado apuntó en su declaración ante el jurado a un tal Manuel, del que dio una somera descripción y al que habría conocido unos meses antes trabajando en la recogida de la naranja. También dijo que el enigmático personaje conocía a don Alfonso porque él mismo se lo había presentado previamente.

Tanto el acusado como su defensa, que ejerce el abogado Jorge Carbó, se escudaron en que “la Policía no investigó bien” (una versión que, según el fiscal, es un “clásico”) y destacaron que ni el ADN ni las huellas de Miguel Tomás V. N. fueron hallados en la vivienda de la víctima.

Por el contrario, el fiscal alegó que el acusado “no tiene por qué estar en la casa tocándolo todo”. Miguel Tomás “actuó con otra persona y los dos ejecutaron el hecho, el otro materialmente. Hemos cogido al que menos hábil ha sido”, apostilló. 

El posicionamiento de los teléfonos

Las señales de los repetidores de telefonía móvil situaron el terminal de Miguel Tomás V. N. el día de autos muy cerca de la vivienda del canónigo. “De forma indiscutible”, según el fiscal. Por otro lado, el teléfono del acusado nunca fue encontrado. En el juicio dijo que se lo robaron al quedarse dormido aquella noche tras haberse tomado unas copas. “Ese teléfono ha sido destruido, lo ha hecho desaparecer”, respondió el fiscal.

El tal Manuel, según la versión del acusado, le entregó los efectos robados al religioso después de haber estado en su casa. Miguel Tomás negó haber entrado a la vivienda y adjudicó la muerte de la víctima al ausente Manuel. Precisamente en el teléfono extraviado o robado estarían las pruebas de la existencia del tal Manuel.

El fiscal recordó que don Alfonso solo abría la puerta a conocidos, tras haber tenido malas experiencias y sonoros jaleos con personas sin recursos con las que mantenía relaciones sexuales. Lo cual era un secreto a voces: el trasiego de visitantes armaba tanto escándalo que hasta la comunidad de vecinos se quejó por carta. Por tanto, según la acusación pública, el acompañante de Miguel Tomás debía ser alguien conocido de la víctima, ya que el canónigo tenía bloqueado el teléfono del acusado.

Un canónigo con guardaespaldas

En la primera sesión del juicio declaró el conserje del edificio, que aportó todo tipo de detalles sobre la llamativa vida del vecino canónigo y los chicos jóvenes que solía llevar a su casa, “personas muy necesitadas” y con “adicciones a drogas”.

El portero confirmó la existencia de una suerte de guardaespaldas que protegía a Don Alfonso. Otro testigo, el vigilante del garaje donde tenía una plaza el cura, también aludió al guardaespaldas al que veía de vez en cuando sentado en el asiento del copiloto.

El gestor cultural de la Catedral, por su parte, también aportó detalles sobre el escolta del cura, a quien ayudaba con el móvil o con el ordenador cuando no se aclaraba con el antivirus o con la impresora, al igual que hacía con otros canónigos, “personas mayores que no son diestras en informática”, según dijo.

El testigo contó que en una ocasión acudió a la vivienda de Don Alfonso para ayudarle con un problema informático y el canónigo se fue a comprar un programa, dejándole durante unos tres cuartos de hora bajo la atenta vigilancia del guardaespaldas.

“Esa persona estuvo en todo momento sentado mirándome trabajar sin dirigirme la palabra, era una situación muy extraña, una persona completamente callada mirándome fijamente, era algo intimidante por ese silencio”, manifestó el gestor cultural.

El conserje: “Le gustaban adultos, lo más necesitados posible”

El conserje fue el testigo que conoció más de cerca las idas y venidas de los visitantes de Don Alfonso, que antes del domicilio donde fue asesinado, vivía en la cercana calle del Gobernador Viejo. “Cuando iba a venir a vivir a la calle Avellanas, vino una mujer de esa finca, que es muy religiosa, y espantada me dijo que nos preparáramos, porque al canónigo que venía le gustaban los chicos y los llevaba constantemente a casa. Yo al principio tuve miedo, porque en la finca teníamos en ese momento a dos o tres menores, y yo creí que era un tema de pederastia, pero no, le gustaban adultos, lo más necesitados posible”, afirmó el testigo, según la declaración recogida por Levante-EMV.

El conserje relató algunos episodios que dan cuenta de lo problemática que podía llegar a ser la convivencia con el vecino de la puerta 14. Una vez un chico “bajó muy enfadado” y amenazó con matarlos al cura y a él: “Decía que le había tocado el culo y que no podía ser, que era un sacerdote”. “Un chico negro salió llorando, desesperado. Se le veía humillado. Me dijo que Don Alfonso le contrató un servicio sexual, para que le practicara sexo oral, y que él aceptó por pura necesidad. Que le había prometido 60 euros, pero que solo le dio 40”.

El único acusado del crimen negó que él fuera uno de esos jóvenes necesitados que tenía sexo a cambio de dinero. El lado más oscuro de la víctima se coló irremediablemente en un juicio incómodo para la jerarquía eclesiástica, con un canónigo muy conocido. “Es un suceso un poco escandaloso”, afirmó el letrado de la defensa, quien criticó la investigación policial “un tanto precipitada” y recordó que habíacierto interés en pasar página pronto”.

“Este asunto ofrece demasiadas dudas”, espetó el abogado del acusado a los nueve titulares y dos suplentes del jurado que, a partir de este próximo lunes, deliberará sobre si Miguel Tomás V. N. debe ser o no condenado por el crimen del canónigo de la Catedral.