No era el calendario, era odio

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Me comentaba un amigo estos días que estaba enganchadísimo a la polémica sobre la Semana Santa de Málaga. En las redes abundaba la gente superlativamente indignada, como el humorista Manolo Sarria, por la instalación de gradas a lo Fórmula 1. Denunciaban las vallas, sillas y palcos de pago que habían colonizado el espacio público para que solo los privilegiados pudieran ver con comodidad las procesiones.

Pero no fue el único debate. Doy fe de ello. El Miércoles Santo se me ocurrió contar en X que mi hijo se puso la camiseta de Lamine Yamal para ir al colegio. “Pero antes de ponérsela, le enseñé lo sucedido anoche en Cornellà para que entendiera en qué no debe convertirse jamás”. Posteé… y se armó la de Dios es Cristo. Ni divinidad de Cristo ni dogma de la Trinidad. Aquí la herejía arriana residió en que ese día los colegios cerraron en buena parte del país. 

¡Con lo fácil que habría sido preguntar a Google en qué comunidades autónomas no era lectivo ese día! Pero ¿para qué contrastar si es más fácil insultar? Al escribirlo no fui consciente de que el tuit reunía todos los ingredientes para desatar un cisma. Deporte, islam y una mujer como autora. Así que el avispero estaba listo para que el algoritmo lo agitara. En cuestión de horas, una cadena de insultos me transmutó de madre contando una anécdota a una “bulera”, “feminazi”, “charo” y “fea”. 

Este tipo de ataques contra las mujeres son una constante. Pocos días antes del 8M, el Ministerio de Igualdad alertó del aumento de esta violencia digital, como una estrategia organizada que busca socavar la igualdad y el pluralismo. Según el informe, el 80% de las jóvenes entre 16 y 24 años ha sufrido acoso en redes, una cifra que se intensifica en perfiles públicos donde muchas mujeres han recibido incluso amenazas de muerte o violación. 

También los discursos de odio reflejan un repunte en las redes sociales. Según el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (Oberaxe), en febrero el 57% de los mensajes denunciados deshumanizaba a personas de origen extranjero, 14 puntos más que el mes anterior. Narrativas que vinculan migración con amenaza y encuentran en la política o el deporte un terreno fértil.

He aquí el quid de la cuestión. Algunos campos de fútbol se han convertido en catedrales del odio, pero también algunas instituciones públicas. Mientras el Gobierno de España intenta combatirlo con herramientas como HODIO, PP y Vox aprueban una propuesta en el Congreso que liga el terrorismo con la regularización y en la Generalitat Valenciana el sustituto de Mazón pacta con los ultras una norma urgente que vincula inmigración y delincuencia. 

Pero si alguien lleva la delantera es la alcaldesa de València. María José Catalá comparte gobierno con una concejala de Vox a la que la Fiscalía le pide tres años de cárcel por publicar mensajes racistas y homófobos en sus redes sociales. La misma Catalá argumentó que la bandera arcoíris no volvería a ondear en el balcón municipal el día del Orgullo porque “no lo pone por el día del ELA, ni el día del Alzheimer, ni el día del cáncer”. 

Yo solo conté que mi hijo se puso una camiseta para ir al colegio. Que le mostré un vídeo para que aprendiera a respetar. Y como en esa marcha acompasada de las tropas nazis que describió Simone de Beauvoir en su diario, el ruido se organizó y se repitió como parte de una estrategia que expulsa a las jóvenes del espacio público digital, que promueve la violencia que salta a las calles y se traduce en agresiones machistas, racistas y homófobas. 

La misma estrategia que ampara el PP cada vez que pacta con Vox. Cada vez que Feijóo se sienta con Abascal o que Ayuso llena la vida pública de insultos y amenazas para desviar la atención de su ático o de las 7.291 personas que murieron en las residencias. Pero también nosotros, cada vez que miramos hacia otro lado en los campos de fútbol o en las redes sociales y recurrimos a la equidistancia del “todos polarizan”. Porque el problema no es solo el insulto. Igual que no lo era el calendario escolar, sino quienes sostienen el odio.