Paradojas

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Hagan si pueden la prueba. Es un experimento científico muy sencillo. Cojan a un amigo de derechas recalcitrante, lo introducen como buenamente puedan en un tubo de ensayo. Embutan dentro unos bulos magnificados y unos recortes de noticias alarmistas de su cuerda. Remuevan todo el contenido, agitando la probeta. Pásenlo por el baño maría y déjenlo reposar unos minutos y sáquenlo de nuevo. Pregúntele quién quiere que gane las próximas elecciones catalanas. Le dirá seguro que los independentistas. Mira por dónde anhelan un triunfo soberanista para echárselo en cara al actual gobierno. Todo vale. El axioma de la paradoja ultra habrá resultado todo un éxito que podría validar cualquier científico acreditado por el CSIC.

Algunos de los que han asistido a manifestaciones contra el referéndum del 1-O, luego contra los indultos, con banderas con o sin aguilucho, que luego tomaron nuevamente las calles contra los indultos y que, recientemente, salieron -como un Fuenteovejuna patriota- contra el proyecto de amnistía les podrían confesar en voz baja que, en el fondo de sus corazones, ubicado a la derecha de su anatomía, quieren que Junts le dé un revolcón al sanchismo y a su gobierno cogido con pinzas. La pacificación no les conviene: prefieren la confrontación. Desean que se demuestre que la frágil mayoría parlamentaria actual del Congreso -mucha ubicada en el extrarradio del país- está equivocada, poseída por el diablo y a la deriva. No hay sosiego. Veis como Catalunya es ingobernable como la aldea gala de Astérix, argumentará el amigo ultra: lo volverán a hacer. No hay remedio. Hacen falta más piolines y muchos 155.

Con la insistencia con la que anuncian a diario con sus altavoces mediáticos el advenimiento de una dictadura bolivariana autoritaria antidemocrática parece mentira que algunos (los más obstinados) quieran ahora, siete años después, que ganen los separatistas. Pues, sí. Me parece que, aunque no lo declaren abiertamente, lo están ansiando. Si el recuento electoral en el examen del domingo no sale a su gusto, muchos se acostarán con una dosis extra de ansiolíticos. Son gente con sentimientos alterados: se apenan de los descensos del desempleo -aunque tengan un hijo en el paro-, les entristece que la ONU de la razón a organismos memorialistas o de que hayamos sido de los primeros en pronunciarnos por los derechos de un pueblo palestino masacrado impunemente. A ellos qué. Hay algunos, espero que no sean una legión, que se afligen cuando en Catalunya anuncian, por ejemplo, la instalación de una planta de coches eléctricos. Estos señores creen que la sequía es una maldición bíblica; todavía les pasa poco, predicen. El domingo, tras la contienda electoral, con un posible disgusto a cuestas, les sobrevendrá un humor de perros y lo pagarán con la hija adolescente. He dicho que no sales y es que no sales, ¿entendido? Esperan como agua de mayo que la amnistía no sirva de nada y quieren corroborarlo el domingo en las urnas. Allí no hay paz social determina un entendido en catalanología que dice que le han contado que en un colegio de las afueras de Martorell un maestro “supremacista” pidió a un alumno que hablará más catalán y menos castellano en la intimidad del recreo. Un sicólogo diagnosticaría que hay una patología oculta cuando un español de Almagro, de Utrera o de Benavente, adepto a la pertinaz derecha, desea fervientemente que Junts saque un excelente resultado en las elecciones catalanas y así poder soltar a viva voz que los catalanes no merecen ni agua. Las descalificaciones se generalizan: a mí no me sirvas cava catalán, las sardanas son ñoñas y el Barça cuando ganaba era porque compraba a los árbitros de saldo. Con los vascos ya tragaron quina, pero ahora el envite es mayor. Extrañas contradicciones.

Supongo que al contrario también sucede algo similar: la política muy polarizada lleva a eso. Para describir este desarreglo mental hacen falta muchos médicos: esos potenciales pacientes de la salud mental, pesimistas y exacerbados, aspiran a que las multinacionales se vayan de España, que unos inmigrantes le roben el móvil a un pariente, que las listas de espera quirúrgica bajen solo en las comunidades del PP, que a la salida de una discoteca en Lorca unos ecuatorianos se den de tortas, que TVE no la vea ni cristo y que la Fórmula I, el congreso de móviles y lo que sea emigren para Madrid. No me gustaría el día de mañana estar en una lista semejante: recuérdenme que cuando Feijóo sea el plenipotenciario primer ministro de las Españas, quizá con los votos de Junts, escriba otro artículo arguyendo si se tercia lo contrario a hoy. Cada bloque ideológico aporta un importante número de energúmenos por metro cuadrado.

Esos rebuscados personajes de los que hablamos no tolerarán un disgusto el domingo. ¿Qué se han creído? Todo del revés. El domingo se llevará cabo un test sicológico colectivo disfrazado de elecciones.