Borón de ancla
La religión no nos hace mejores
Se avecinan días de turra religiosa en los que, da igual la cadena y la hora, la televisión se llenará de películas de romanos y señores paseando muñecos de madera por toda España, algunos de innegable belleza, pero siempre de escasa originalidad. Una tradición que, en algunos lares, se cierra con el tradicional lanzamiento de niño contra muñeco de madera en un alarde de paganismo e idolatría que no se veía desde que en Babilonia cerraron la paraeta.
Son días de sacar la fe a la calle y, sobre todo, de hacer alarde obsceno de ello. Imposible distinguir al buen samaritano que vive en total coherencia con sus ideas del putero, el maltratador, el especulador o el votante de Vox, valgan las redundancias. Dime de qué presumes… Hay que derrochar religiosidad a la vista de todos, para demostrar la fe en un libro que casi nadie se lee porque aburre a las piedras y en un ser imaginario que cada cual crea a su imagen y semejanza. “Cuando oréis, no seáis como los hipócritas; porque ellos aman orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres (…). Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto”. Lo dijo Mateo, pero perfectamente lo podría haber dicho yo.
Cada uno cree a su manera, y que así sea. El problema es cuando alguien se autoconvence de que por consumir una determinada creencia está por encima de los demás, que su detergente lava más blanco que el de enfrente. Y no es así. La gente es buena o mala con o sin religión; lo que diferenciaba a un beato como Pinochet de un ateo como Stalin no era la fe sino la moral.
Pero todos sabemos cómo funciona el pensamiento mágico. Aunque la dinamita haya demostrado con creces su solvencia, hay quien sigue confiando en la fe para mover montañas. Es una fe, en este caso, en que todos somos idiotas, como vino a manifestar nuestra vicepresidenta Susana Camarero que —en un lapsus por el que pidió perdón—, aseguró que el Gobierno estaba lleno de prostitutas.
Ella, devota para lo que quiere menos para mostrar empatía con las víctimas de la DANA, olvida que cuando Jesús visitó a Simón el fariseo, a la única a la que perdonó fue a la mujer en situación de prostitución, como dicen los de Podemos, que le ayudó cuando los demás le rechazaban. Y no por casualidad fue entonces cuando los presentes se preguntaron “¿Quién es éste, que también perdona pecados?”.
Si Camarero tenía en mente a Ábalos, bien por condenar la hipocresía del exministro, pero yo me acuerdo (ella seguro que también) de un conocido político valenciano que cuando se iba de viaje oficial se hacía acompañar de jovencitas que no eran vírgenes pero, como decía Paquita la del Barrio, por lo visto obraban milagros. Pero más motivo tiene para creer en un mundo mejor la señora de nuestro president que, de manera a todas luces sobrenatural, pasó de sufrir el calvario de que le crearan una plaza en la administración casi ad hoc a conseguir multiplicar su sueldo por dos mientras atravesaba el proceloso océano de los aspirantes a una plaza mediante concurso de traslados con el mismo arte con el que Moisés cruzó el mar rojo.
Es evidente que el ser humano es trascendente y necesita su dosis de espiritualidad tanto como la de fútbol, café, cómics o lo que sea. Algunos, como Rosalía, necesitan además un poco de marketing y se nos hacen beatas con el mismo convencimiento con el que, para promocionar su próximo disco, igual les da por coleccionar sellos. Otros, lo que quieren es casito. Me viene a la cabeza el director Juanma Bajo Ulloa, que ha descubierto que, hacer siempre la misma película es como contar siempre el chiste de mis tetas. Al final, cansa. Así, le ha dado por dárselas de cristiano en las entrevistas para promocionar El Mal, su último tostón, y presentarse como una especie de víctima del mito de la persecución de los cristianos. No diría esas tonterías si hubiera leído El mito de la persecución, de Candida Moss, pero si no hubiera dicho esas tonterías no hubiera acabado de invitado en Milenio Cuatro en plan el fantasma de las próximas navidades.
Motivos para desconfiar de la religión deberían tenerlos los verdaderos creyentes cuando se cruzan en las noticias con Abogados Cristianos. Su última performance han sido los casi dos años de tortura a los que han sometido a Noelia Castillo, que pidió ejercer en 2024 su derecho a solicitar la eutanasia cuando comprobó que el coste de la vida no compensaba sus escasos beneficios. Su padre, que renunció a la patria potestad y que ni siquiera se puso en contacto con ella mientras alargaba su infierno, intentó impedir que ejerciera su derecho. Parece imposible no simpatizar con su dolor, pero algunos lo han conseguido. Como los que se manifestaron a última hora a las puertas del hospital para intentar revertir una decisión que la justicia había avalado por activa y por pasiva. Mucho rezaron, pero no les sirvió de nada. No es que la gente deje de creer en Dios, es que Dios ya no quiere saber nada de esos que se dicen de los suyos. Ni él les hizo caso, y se pasó sus rezos por el forro. Por suerte, Noelia ya descansa.
Esa forma tan tóxica de creer está, por desgracia, más extendida de lo que parece. Me viene ahora a la cabeza Nostradamus, tan famoso por sus profecías como por haberlas fallado todas, un récord que conservó hasta que Francis Fukuyama vaticinó el fin de la historia. Ahora parece que sí que asoma la colita ese fin de la historia que, para sorpresa de nadie, no será culpa de Alá, como nos obligaron a creer hasta hace bien poco, sino del demiurgo de los cristianos más radicales que tienen, en El Apocalipsis de San Juan, una especie de hoja de ruta. No solo creen en el fin del mundo, sino que les da buen rollo. Es el momento en el que el mesías volverá. Con la manía que tienen de adorar a muñecos de madera, igual va y el profeta es Pinocho. Y lo peor es que no tienen plan B. Pero, mientras, un talibán que cita la Biblia, como el secretario de Guerra, Pete Hegseth, y Trump, el peor presidente de la historia de EEUU (solo Netanyahu le puede arrebatar el título) han puesto todo de su parte para hacer un mundo peor. Y a su lado ya solo quedan los mercaderes del templo, los que de puro buenos parecen tontos, como Feijóo y los integristas que hacen una lectura literal de la Biblia. Lo único bueno que se me ocurre del Armagedón es que lo vamos a ver en primera fila; la pena es que no quedará nadie para contarlo.