Elena de la Fuente, nutricionista: “La comida cumple muy bien la función de distraernos, aporta placer inmediato”
La comida y los sentimientos suelen ir muchas veces de la mano. En algún momento u otro, quien más y quien menos hemos recurrido a la comida para consolarnos o incluso para celebrar algo cuando estamos felices. Tras un día estresante, de emociones intensas, un determinado alimento parece brindarnos cierto alivio. Es una forma natural y normal de consuelo y placer. Incluso más de uno nos hemos encontrado frente a la nevera, con la puerta abierta, buscando algo que ni sabemos si queremos, solo porque estamos aburridos, ya que, en el fondo, no tenemos hambre.
El hambre emocional: una búsqueda de goce rápido
A veces, comer no es solo alimentar nuestro cuerpo, también está relacionado en cómo nos sentimos. Como ese intento de remediar el aburrimiento de una noche de estudio con una bolsa de patatas fritas o terminarnos una caja de galletas tras un día particularmente duro. En todos estos casos, nuestras emociones, más que nuestras señales de hambre, pueden habernos impulsado a comer.
Elena de la Fuente Hidalgo, nutricionista, describe el hambre emocional como “el impulso de comer que aparece cuando sentimos una emoción, generalmente incómoda, y nos cuesta sostenerla o gestionarla. En ese momento buscamos algo que nos alivie rápido o nos distraiga de lo que sentimos. Y la comida cumple muy bien con esa función: aporta placer inmediato y una sensación momentánea de calma”.
¿Qué hace que nos pase esto? Como detalla De la Fuente, “tiene una explicación sencilla a nivel cerebral: comer, sobre todo alimentos muy sabrosos, activa los circuitos de recompensa y nos hace sentir mejor al instante”. Cuando esto ocurre, el cerebro percibe esta asociación de forma muy rápida y piensa “me siento mal, como, me alivio”, matiza De la Fuente. Es una fórmula que funciona a corto plazo y, por tanto, “tendemos a repetirla cada vez que aparece ese malestar”.
La alimentación emocional, por tanto, a menudo sigue un patrón repetitivo, un ciclo que puede perpetuarse. Puede crearse un hábito y acabamos “recurriendo a la comida porque en ese momento parece resolver lo que sentimos, aunque después sepamos que el problema de fondo sigue ahí. Es un alivio rápido, pero no profundo”, advierte De la Fuente. Muchas veces, detrás de este tipo de hambre puede haber “un hábito aprendido”, afirma la experta. Porque en el cerebro queda registrado si alguna vez comer algo rico nos ha calmado, nos ha distraído o nos ha generado placer si estamos incómodos. “Cada vez que aparece una emoción parecida, nos propone repetirla”, reconoce De la Fuente.
El hambre emocional no es más que “una búsqueda de recompensa inmediata detrás de la cual suelen encontrarse situaciones como el estrés, la ansiedad, la tristeza, la soledad, el aburrimiento o la frustración”, admite De la Fuente, para la que “la comida no solo nutre, también consuela, entretiene y acompaña, de ahí que sea tan fácil recurrir a ella”.
No habría nada malo en el hambre emocional, “es algo humano y bastante común”, afirma De la Fuente. Sin embargo, “el problema aparece cuando se convierte en nuestra única forma de gestionar lo que sentimos”. “Si cada emoción incómoda la resolvemos comiendo, sí puede generarse una relación poco saludable con la comida”, advierte De la Fuente.
Cómo distinguir entre hambre emocional y real
Comer emocionalmente suele proceder de la ansiedad de consuelo, sobre todo cuando experimentamos emociones intensas y abrumadoras, y nunca se satisface con el estómago lleno. Suele aparecer de repente y suele ir acompañado de un antojo de algún alimento en particular. Como explica De la Fuente, “el hambre emocional suele aparecer de forma repentina y urgente, con pensamientos del tipo ‘lo necesito ya’”.
Además, “suele centrarse en alimentos muy concretos y apetecibles, no en cualquier comida y no siempre guarda relación con el tiempo que ha pasado desde la última ingesta y a menudo comemos rápido o casi sin darnos cuenta”, afirma De la Fuente. Después, “puede aparecer culpa, pesadez o malestar”, advierte la nutricionista.
El hambre física, en cambio, se debe a la necesidad genuina del cuerpo de energía y nutrición. Este tipo de hambre “es más gradual, más flexible con los alimentos y desaparece cuando estamos saciados”, aclara De la Fuente. Así, además de que aparece de forma más gradual, el hambre física puede presentarse con síntomas como ruidos estomacales o sensación de cansancio.
“Aparece cuando el cuerpo necesita energía: notamos el estómago vacío, falta de concentración, cansancio o señales corporales claras. Surge de forma progresiva y, aunque podamos preferir un alimento sobre otro, casi cualquier comida nos saciaría. Cuando comemos lo suficiente, la sensación de hambre desaparece”, explica De la Fuente.
¿Podemos controlar el hambre emocional?
Todos necesitamos nutrir nuestro cuerpo con opciones alimentarias positivas. Y desarrollar una relación saludable con la comida requiere tiempo. Una relación saludable con la comida parte de saber cómo y por qué elegimos los alimentos que consumimos. Debemos entender qué nos hará sentir bien y qué proporcionará a nuestro cuerpo los nutrientes y la energía adecuada, saber cuándo tenemos hambre y cuándo estamos llenos y escuchar y respetar las señales naturales de hambre de nuestro cuerpo.
Dejar que nuestros sentimientos guíen nuestro consumo de alimentos con regularidad puede ser peligroso. Para evitarlo, “un primer paso es parar unos segundos y preguntarnos: ‘¿Qué necesito realmente ahora mismo?, y buscar alternativas que de verdad satisfagan esa necesidad”, aconseja De la Fuente. El cansancio lo solucionaremos descansando; el estrés, saliendo a dar un paseo o una actividad relajante; si nos sentimos solos, hablando con alguien; y si estamos saturados, desconectando un rato. “Se trata de ampliar nuestro repertorio de estrategias para cuidarnos”, afirma De la Fuente.
Para la especialista, “la clave no está en prohibirse alimentos ni en usar solo la fuerza de voluntad, sino en entender qué necesidad hay detrás de ese impulso porque el hambre emocional suele ser la punta del iceberg: debajo puede haber cansancio, estrés, soledad, aburrimiento o necesidad de descanso”.
“La idea es que la comida no sea el único recurso. Si sentimos que este patrón se repite con frecuencia o nos genera sufrimiento, pedir ayuda a un profesional puede ser un apoyo para aprender nuevas herramientas y mejorar la relación con la comida y nuestras emociones”, concluye De la Fuente.